
Y esa noche espectral, del 11 al 12 de septiembre de 2001, os acordáis, mientras caían los andamios del día. Yo, a la tarde ya engordada, con un transistor en la mano, recorrí el paseo hasta el pueblo, ida y vuelta. Todo lo invadía, como las voces radiales, un almíbar a nuez moscada de dunas y hálito ronco de mar.
En mi meditación anarajándose hoy, recuerdo que compré un ejemplar de la revista Planeta Humano que aún guardo no sé dónde. Volví, como siempre, por la playa y descalza. Esa arena sideral de baja marea entumecía de mis pies al alma.
Albergabais un siniestro al volver. En vuestros ojos cafeteados humeaban vapores que la noche aún no había hecho nacer. No era tan tarde.
Cenamos tú y yo tortilla hecha con patatas que habíamos comprado, creo, en Negrete unas mañanas antes, como siempre camino de la playa; y tú, otro puré más liviano con natillas y frutas. Yo te llevé a la cama como cada vez, exhausto.
La cerradumbre del día traía, liviana como si nada hubiera ocurrido, en el aire la huella de las conserveras recién levantadas en Colindres. En sus adentros había un silencio de hormigas. ¿Os acordáis?
Comentamos tú y yo mientras estabas ya en la cama que el día había sido de una naturaleza inaudita. Tú escuchabas desde tu habitación el rumor de un día desplomado. Y yo, al día siguiente, bien temprano, fui al hospital a comprar casi todos los diarios, aún hoy en los estantes de la casa.
Y en ese hoy, tan distante aunque no del todo, me invade un viento semejante al de entonces, un viento que dentro de igual tiempo no recordaré porque ya no estaré, sino quizá con vosotros.
He ido a visitaros. No he podido llorar. He arrancado con las manos algunas hierbas recién salidas. Otro día traeré una escoba para limpiar los restos. He recorrido sola el camino hasta casa. Como cuando caminé descalza por la playa aquella tarde del 11 de septiembre de 2001.