
Después de ver la película Martin Eden es casi imposible no salir lleno de la belleza de sus imágenes; tampoco es posible sustraerse al contenido de las reflexiones sobre el principio de la escritura y el final de la palabra extraída de las propias vivencias.
Hay más cosas, pero quiero centrarme en esto último. Martin Eden, alter ego de Jack London escribía desde la vida y el mundo, no desde la cultura. Su pensamiento, en un principio, no estaba inspirado en los libros. Mircea Eliade decía que descubrir por medio de ellos determinadas verdades personales es algo completamente distinto, que todo pensamiento estimulado por otro pensamiento es provisional e ineficaz, que se tiene que buscar el estímulo creador y de la imaginación en su propia vida. Esto puede dar lugar a mucha discusión, pero dejémoslo. A Martin Eden le devolvían los primeros relatos que mandaba a las editoriales porque en ellos contaba lo que había vivido, pero no sabía interpretar esas experiencias. “Escribo mal por eso”, llega a decir. Luego la filosofía, Herbert Spencer en particular, le proporciona la significación de su vida aventurera.
Spencer aplicó las doctrinas darwinianas de la evolución de las especies a la vida de las sociedades. Uno de sus ensayos fue El hombre frente al Estado que Eden-London leyó y asimiló para poner algo de luz en la paradoja de su carácter, tenía simpatía por el socialismo, siendo a la vez individualista decidido y obstinado. Fue entonces cuando comenzaron a admitir sus relatos. Seguía escribiendo sobre sus movidos días, pero ya sabía el porqué de su principio vital de fuerza y lucha por la existencia.
Conocía sus cumbres y principios, sabía las motivaciones de sus alegrías y amarguras, sin olvidar que su éxito se debía a la vida azarosa, casual, fortuita y de desgracia imprevista. Había deseado con toda su alma ser escritor, ser publicado, llegar a codearse con aristócratas y burgueses enriquecidos. Y lo logró. Entonces vio el cinismo, la acomodación basada en considerar normal la riqueza obtenida por la explotación del pueblo. El arribismo de muchos componentes de la gente común y de la plebe. El amor interesado según el éxito. Su desazón fue total, unido al desasosiego natural que gastaba, todo le llevó a acabar con su vida.
Martin Eden no cayó en la cultura, entendida como algo alejado y elitista, algo estético y estático. Sus libros, también poesía, siguieron el estímulo de su propio descubrimiento, por su propia fuente. Los grandes autores que leyó le sirvieron como estimulante, luego quedaron relegados a un segundo plano. Por eso sus novelas siguen flotando intemporales, como corchos en el agua de esa mar que él navegó, porque ninguna interpretación las aplasta. Se sirvió de ellas para manejar la realidad, para apoderarse de todo o la mayor parte de aquello de que se habla.
El suicidio de Martin Eden sumergiéndose en el mar, brazeando hacia las profundidades, a la vez que pensando sobre su vida, es portentoso. Causa admiración y terror. Pero hay que leer el libro. Esto último la película lo obvia en una adecuada elipsis, por la complejidad de trasladar esta última acción a la pantalla.