
Más que una carrera, lo que implica correr sobre tierra horizontal hacia una meta concreta, la de Donald Rumsfeld fue una oscura usurpación de espacios en la alta corte de la política norteamericana. Como el Falstaff shakesperiano con Enrique IV, Rumsfeld hizo de su carácter pendenciero el arte con el que abrirse paso siempre al abrigo de personajes en apariencia más fuertes y crueles. El joven Rumsfeld se alió con Gerald Ford para desbancar del liderato en el partido republicano a Charles Halleck. La conspiración se consumó con un eficaz éxito. Pero los enemigos que hizo en en el Congreso truncaron el sueño de ser el portavoz parlamentario del partido. Así que a principios de 1971, pidió al presidente Nixon un puesto en el ejecutivo. El astutuo y hurdidor Nixon, el Ricardo III en la cresta de su imperio celeste, admiraba la proyectiva ambición y la demostrada astucia instrumental de Rumsfeld. Fue así como el joven Donald se hizo con el cargo de ayudante especial del presidente de la Oficina de Oportunidades Económicas.
Aunque instalado en un torreón accesorio del palacio nixoniano, Falstaff Rumsfeld se mueve familiar por los despachos de personajes cortesanos con una moral tan voluble como la suya. Por eso su heterodoxo pasado no le cerrará puertas ni candados. Años antes había sido asesor del congresista Rockefeller, denostado por los nixonianos como un liberal irredento. Incluso hubo un joven Rumsfeld idealista, confidente y próximo al activista antibélico Allard Lowenstein. Todo esto se convierte en la mazmorra olvidada, sellada a perpetuidad, de la que no quedará rastro ni en memorias ni wikipedias. A partir de ese año de 1971, a la vez oscuro y sombrío como los sótanos donde los hombres del presidente urdían toda clase de conspiraciones, el joven Rumsfeld es un lancelot cada vez más altivo y ambicioso, comforme el aire viciado del Washington bajo Richard Nixon es una catapulta para los nuevos halcones depredadores.
Para conformar su equipo de trabajo en la oficina de Oportunidades Económicas, Rumsfeld contrató por consejo de un conocido al que sería su socio de ascenso en la corte washingtoniana más de un tercio de siglo después, Dick Cheney. Taciturno y lacónico, Cheney sería el Sancho Panza del ambicioso Rumsfeld, aunque su perspicacia taimada acabaría convirtiendo años después a Rumsfeld en uno más de sus lacayos servidores.
Fue una suerte que durante el último año de la caída imperial de Nixon, tanto Rumsfeld como Cheney estuvieran fuera de Washington. Hubieran podido caer con él, como cayeron todos y cada uno de sus asesores, a excepción del intrigante Kissinger. Rumsfeld había sido enviado como embajador de la OTAN; Cheney asesoraba a empresas. El primero consguió convencer al nuevo presidente, el pusilánime Gerald Ford, para ocupar un puesto en el departamento de defensa; el segundo se convertiría en el nuevo jefe de gabinete presidencial. Juntos urdieron la dimisión del jefe de la CIA, William Colby, a quien consideraban poco agresivo, y mantuvieron después en secreto las operaciones ilegales de espionaje que la CIA hacia a disidentes, intelectuales, actores o funcionarios norteamericanos.
El padre de la postverdad
Rumsfeld fue el creador de la postverdad. Como un dios griego salido de un cielo de crepúsculos iridiscentes subvirtió, quizá también para sorpresa suya, la credibilidad de toda una nación. Él y Cheney hicieron de demiurgos de la democracia norteamericana. Se convieron en los duidras que otorgaron a un país sacudido y asustado la pócima por la que entraría en la más obtusa posmodernidad. Ya nada sería verdad o mentira. Todo se miraría bajo el oblicuo prisma de la utilidad.
Cuando el electo presidente George Bush le designó secretario de Defensa, Donald Rumsfeld puso a funcionar lo que se denominó en clave el equipo B. Una docena de expertos de la industria armamentística y halcones recibieron la orden de subvertir las estimaciones del potencial bélico de Rusia. Con carta blanca, su objetivo era reescribir el potencial peligro de un ataque ruso sobre Estados Unidos.
Rumsfeld formuló antes del ataque terrorista del 11-S lo que era su doctrina y que sería la doctrina Bush para la invasión afgana e iraquí en mayo de 2002: «En pocas palabras, tienes un conjunto de pruebas. No confías en ellas, o tal vez no te gusten. Entran en conflicto con otras creencias que tienes. Así que creas otras evidencias que respaldan tu punto de vista alternativo. Estoy tentado de decir que es una visión alternativa de los hechos. Pero los hechos son exactamente lo que se cuestiona«.
En la corte de Bush II, nadie vendió el prestigio y la moral colectiva de una nación al bajo precio de salvarse a sí mismo como Donald Rumsfeld y Dick Cheney. Su aura seductora, para el periodista Bob Woodward, «fue un ejemplo andante de lo que el novelista Wallace Stegner llama» resiliencia ante la decepción «, la persistencia del impulso, el trabajo duro e incluso la terquedad cuando la ambición no se ha realizado plenamente«.
Los subalternos, tiempo después sacrificados en la ignonimia del olvido o de la condena a prisión – Paul Wolfowitz, el subsecretario de Defensa, y Lewis “Scooter” Libby, jefe de gabinete del vicepresidente Dick Cheney – , recurrieron a las más conspicuas colisiones para subvertir la verdad. Violaron la ley que estaban obligados a cumplir, y al igual que hicieran los fieles de la guardia de Nixon treinta años antes, procedieron a convertirse en una gestapo a la caza de funcionarios, militares y periodistas heterodoxos con el plan de invasión burdamente planeado.
El aliento entusiasta de la nación, o al menos de una parte que reclamaba la invasión sin más razón que el orgullo de poder llevarla a cabo, la pusilanimidad racional de la intelectualidad y la Academia, y la entrega de una prensa necesitada de reconciliarse no con la verdad sino con el patriotismo, hicieron del país un espejo áun más deformado de lo que Ronald Rumsfeld y Dick Cheney y Bush II significaban. En el presupuesto para 2002 George Bush presentaría una inversión militar de 620.000 millones de dólares. Uno de cada cuatro dólares que cada norteamericano pagaba al fisco fue destinado a la industria military la guerra continua. Las partidas para atención social bajaron su importancia de los presupuestos posteriores a la invasión de Afganistán e Irak.
El panorama parecía imaginado por Dante, a quien Rumsfeld nunca leýó: el mantenimiento de tropas en cada uno ascendía a 160.000 millones de dólares cada año desde 2002. Más de 4.400 militares estadounidenses muertos, 208.000 civiles iraquíes, 150.000 afganos, el Medio Oriente convulsionado y la crisis de refugiados más grande desde la Segunda Guerra Mundial. Las empresas petroleras y las adjudicatarias de reconstrucción nortemaericanas inglesas y españolas aún no han dado cifras de sus beneficios en Irak.
En 2004, cuando el senado hizo público su informe sobre los ataques del 11-S, la nación quería saber áun menos la verdad. Poco, pues, importó que quedaran desmentidas algunas de las ideas fuerza que sostuvieron la invasión de Irak. Por ejemplo que Muhammad Atta había ido a Praga en abril de 2001 para reunirse con un agente secreto iraquí llamado Ahmad Khalil Ibrahim. Samir al-Ani. Si la retórica de Rumsfeld fue una Pompeya sepultada por la lava de la farsa, el país reelegiría a Bush II para prolongar la guerra infinita .
El eclipse de Rumsfeld ni siquiera tuvo lugar al abandonar por los pasadizos secretos el castillo medieval en el que se había convertido la casa Blanca. El presidente Obama heredó sin remilgos el caos infinito de la guerra infecciosa que ya se extendía de Siria y el Kurdistán al Sahel africano. El proyecto postmaquiavélico de Rumsfeld dejó también en eso que se llama política interior rasguños estructurales que el presidente Obama tras ocho años de poder, no restañó en modo alguno. Solo así se comprende que pudiera irrumpir Donald Trump y su postverdad como bandera. El pais lo reconoció como el heredero del grial que Rumsfeld y Cheney y Bush II tras ellos ofrecieron al pueblo norteamericanos y a sus élites.
Por eso la muerte de Donald Rumsfeld el 29 de junio de 2021 en Taos, Nuevo México, no tiene carácter funerario. El país no pregunta por qué ni cómo, ni desde cuando. Y olvida con desazorada prontitud por los protagonistas más oscuros de su historia. Por eso, desde ese enigmático y simbólico angulo, siguen gobernando el país donde el futuro huele a cenizas.

Comprender la relación de George Bush II con su padre, también presidente de los EEUU diez años atrás, así como la influencia que todos los protagonistas de los que se rodeó para gobernar ejercieron sobre él durante ocho años, principalmente Ronald Rumsfeld y Dick Cheney, ayuda a Jacob Weisberg a dibujar el trágico legado político en su presente e histórico en la historia de los EEUU. Los entresijos del poder colusionan con los principios legales y políticos por que la república norteamericana afirma regirse o aspirar. Esta subversión como ejercicio del gobierno convierte a Bush II más una consecuencia natural que una excepción anómala.
La tragedia Bush. Jacob Weisberg. RBA, 2008. 331 páginas. 8 euros.

Negar la evidencia es el último tomo de la trilogía que Bob Woodward dedicó a George Bush II y la invasión de Irak. Describe el ambiente de decadencia que reinaba en la Casa Blanca, de desintegración y caos, que supuso el desmoronamiento de las «evidencias» que no se encontraron en Irak, además del desastre geopolítico que supuso la cáida de Sadam Husseim y la perturbadora administración aliada en un Irak más sectario que nunca.
Negar la evidencia. Bob Woodward. Belacqua Ediciones, 2007.. 704 páginas. 24 euros.