
Me invitaron a una despedida, y en vez de negarme como de ortodoxa costumbre, acepté. Se trataba de algo sin urgencia, pero de suma importancia. El encuentro es mañana, cinco de noviembre de 2025 y bien puede ser una vida resumida y a corazón entero. No he sido el protagonista de sus historias. Sí el diletante observador atrapado por la viveza sin tiempo del significado constante de sus canciones. Para entendernos, esos acordes me preguntan y su desquebrajada voz me interroga tantas veces de qué lado estoy al otro lado del telón de mí mismo. Farewell Joaquín.
Mi primer encuentro con Joaquín Sabina fue un sábado tres de abril sin robo de mes a las nueve de la noche de un 1993 en el Polideportivo de Fadura.
Lloré, oscuro y febril, cuando aquel Joaquín recitó Así estoy yo sin ti esa noche. Y al otro lado del tiempo, treinta y dos años después, así estoy a punto de estar este 5 de noviembre cuando por última vez veré al flaco Sabina en su ante última ciudad antes de retirarse del escenario para siempre en Madrid.
Joaquín fue antes juglar que poeta. Acomodado en la pícara facilidad de los ripios y el ajo amargo de sus historias. No había sensiblería en sus canciones, ni afección. No había diatribas ni manierismos. En cambio, rebosaba un realismo que de tan bastardo era original y propio. Ni cantautor ni pop cantante adherido a movidas y modas en una España, la de los 80, cursi y yuppie sociata. Si en esa década de altibajos, Sabina tiene una constante es el progresivo duelo al que le emplaza el lenguaje. Sus trabajos en adelante toman envergadura poética. En 1999 da a luz 19 días y 500 noches que, aunque no estaba producido por Pancho Varona, es en realidad un poemario musicado. La gema: De purísima y oro.
Las comparaciones en España son el goyesco bastonazo con el que se resuelven las envidias, que decía Unamuno. Pero si creen que voy a asegurar que Joaquín Sabina, el poeta, el cantante, el artista, es el Bob Dylan español, aciertan. Y si el flaco no tiene sillón en la Academia de la Lengua es porque ocupa taburete en la de las palabras y las letras cantadas. Versos, cebolla y pan…
El Sabina comprometido me ha resultado siempre disonante. De una ortodoxia algo impostada en un artista verdaderamente tan libertino. Sus adhesiones de partido, naifs. Y era de prever que cuando, nunca a deshoras y mangas verdes, anunció que ya no se sentía “de izquierdas”, los militantes de uniforme, hálito tísico, y escupidera fácil intentaran demonizar al personaje y restañar un miligramo de su prestigio – acostumbrados a conseguirlo con personajes de materia mucho más deleznable –. El Sabina y el Joaquín pueden ser dos personajes stevensonianos. Pero yo me quedo con el Joaquín que un amigo vio llorar en el escenario. Y no salgo del asombro porque sé que es verdad que una vez le llamó San Juan Lennon por su nombre y Joaquín no quiso contestar. Arenas movedizas.
Quedan horas. A las 20.30 del 5 de noviembre Joaquín dará el primero de los dos conciertos en la ciudad de Barakaldo. No habrá nuevos discos. Al aguardiente de su voz se le escapará un adiós. Yo veo, escuchando ahora en Spotify a Joaquín, a un crio de diecisiete años escuchar un casete, El Hombre del traje gris, que un amigo suyo le ha pasado grabado a su vez por otro colega. Todo empezó cuando aquel amigo me trajo una manzana y dijo prueba…
Llevo dos terceras partes de mi vida emocionándome con el flaco Joaquín. Aquí hay un debate como el que entablan Arjuna y Krisna en el Bhagavad-gītā. Qué va a pasar después de la batalla. Soy incapaz de enumerar el contenido proteínico en mi vida aportado por las canciones que sonarán en unas horas. Luz y energía colapsada. Veremos qué pasa. Mañana les digo.



