Cuando en los periódicos aún se publicaban relatos, leí por primera vez a John Berger. Hace más de 20 años. La lúcida mirada de su prosa. Una luz cristalina envuelve un campo de olivos arrasados la noche anterior por los militares israelíes. Junto a las raíces aún demembradas, un niño se afana en devolver la mirada a Berger. Narrar es mirar. Luz. Aquel cuadro que retrataba John Berger aún está grabado en mi mente. Veo esa luz casi punzante; la expresión de Mohamed o era Abdul o era… Esa luz. Aprendí algo luminoso leyendo aquel relato de Berger. El escritor, el periodista, el cronista accidental o accidentado, da luz. Aún cuando los ángulos del espacio y la realidad sean cetrinos y de una crueldad abyecta. Mohamed, o Abdul aún me miran a través. Aún perecen los olivos junto a él. Quiere volver a plantarlos, porque Mohamed o Abdul es a sus 8 años una persona abruptamente consciente de que levantarse y caminar es el sino de la vida, de su familia, y de otros miles de familias. Miles de Mohamed, Abdul. Millones. Hágase la luz sobre toda esa ignonímica oscuridad.Adiós John Berger. Gracias por no caer en la tentación del ignominioso periodista del siglo XXII. Este obituario es de luz. Siempre luz. La luz no ha de respetar jerarquías en su exposición. A base de una elipsis obscena, al lector se le alecciona con un ilustrismo despótico y lo que se le ofrece es una inmensa paleta de sombras: se producen en masa cuadros de una realidad atroforme – valga el plabro -.
La paradoja de este siglo es que un prosista tan escueto como John Berger ha penetrado en la existencia con más agudeza que los adláteres del realismo mágico, giñoles de la industriosa porfía comunicativa. Algo parecido a aquello de que «el asesino sabe más del amor que el poeta». Luz. La propia luz es el centro de todo, el propio punto de fuga. La profunda política. Adiós de John Berger. Hola siempre a John Berger. Este siglo te ha de dar eternamente la bienvenida.
