
Al principio no eran numerosos, parecían un ejército sombrío. Sus pasos tintineaban en la noche gélida de un París desierto. Vagan desde hace más de un año por la ciudad. Hoy se asientan en torno a la salida del metro Stalingrad. Son la mayoría hombres; alguna mujer situada detrás. Los desarrapados de la mega urbe, los indocumentados migrantes procedentes de la pobreza globalizada con destino a la pobreza de la metrópoli. La policía deja la noche como si quisiera que el bastón del gélido frio hiciera de golpe eficaz. El presidente de la República confía en la policía para limpiar Francia de campamentos de pobres y migrantes. Algunos se arremolinan en torno a un puchero alimentado por un hornillo. Esa y la de algún movil encendido más allá son las únicas luces en este Belén en la ciudad de la liberté, egalité y fraternité.
Por el día los gendarmes se ganan el pan. El contribuyente que pasea por el distrito XIX, en los atiborrados alrededores de la estación Stalingrad, puede observar cómo la police cerca al ejército inmóvil de desheredados. A los Alí, Mohamed, Abdul, Khalid. Khalid es pakistaní.
– Al final seremos un pueblo desarraigado, errante.
Su familia quedó atrás, en la frontera con la invadida Afganistán, y él probó suerte. La obtuvo, dice: cualquier cosa es buena suerte excepto vivir en el caos de su país. Prefiere los golpes de los policías de París.
– Al final se pasan y no los recibes todos los días.
Esta ciudad es la del gesto y la pompa. Lo es desde Luis XIV. Lo será hasta el final del mundo. En París se celebran convenciones contra el apocalipsis del cambio climático o contra el apocalipsis de las guerras diseñadas a pocas manzanas de aquí. Esta ciudad reúne las manifestaciones engalanadas de lemas por la libertad de expresión, convocadas por patriarcas de una democracia con cada vez menor libertad de cualquier tipo. Je ne suis Khalid. Esta ciudad, de impolutas calles, incluso en este campamento de 300 excluidos. Hay normas que siempre se respetan, y la cólera, a excepción de contra la police, tiene un inexplicable decálogo de buenas maneras.
Esta noche, a decenas de kilómetros de aquí, en una barriada de los extrarradios han ardido varios coches y una patrulla de policía, como de costumbre, ha sido apedreada. Allí se libra una guerra contra miles de Khalid que a diferencia de él no salen de su gueto por nada del mundo. La madre de Khalid, pienso, quizá haya visto a su hijo en televisión. En algunas cadenas, Al Jazeera entre ellas, ha dado la vuelta al mundo este campamento improvisado. La llama cada dos días. Dos días es una vida en la frontera entre Afganistán y Pakistán, y un suspiro en este París tomado por la Police y el frio.
La policía se queja. No se siente querida. Tras los atentados contra Charlie Hebdo, la charcutería Kosher y la discoteca Bataclan, la población francesa, y la parisina en particular, se arrojó en manos del gendarme, convertido en protector pimpinela de la barbarie diaria. Fueron los días de los vítores y los saludos públicos, de los transeúntes que solicitaban un selfie con el gendarme de a pie. Un viento gélido como el de esta noche barrió ese amor, cuando la policía reprimió hace meses con una recobrada virulencia a los congregados en La Bastilla y días después a los manifestantes contra la ley estudiantil y la ley laboral.
– Los polis vuelven a hacer el trabajo de siempre.
El trabajo sucio de siempre. Dice un compañero de Khalid. Ocurra lo que le ocurra, me dice, no abandonará París a no ser que lo lleven en tren atado con grilletes fuera del país, o le tiren al Sena. Le digo que siempre serán un ejército. Dicen que hay 4.000 sin techo en París. Los sociólogos de la corte están preocupados por los hechos contingentes: que esa masa coincida en tiempo y forma con la flotante masa de iracundos excluídos, y París entonces bien valga una hoguera imposible de apagar.
– Hace un año, acampamos junto al ayuntamiento del distrito 18. La policía nos golpeó, robó mantas y ropa a la gente. Nos expulsaron. Hoy estamos aquí. Eramos apenas 100 entonces, ahora hay más de 300 personas aquí.
Todo es un impase en este improvisado campamento. París es la más refinada expresión de la burocracia jacobina. Por eso pienso que el campamento que aloja a Khalid no ha sido arrasado aún. Un burócrata ha de rellenar a instancias de un subalterno un informe que pasa el visto bueno de un pasante que lo eleva a otro técnico que lo entrega a un secretario que lo lleva a un ministerio. Ahí no acaba todo. Al mismo tiempo la orden de desalojo depende de otro informe que tendrá que ir y venir varias veces por diferentes despachos de la prefectura y los juzgados. De los millones de burócratas de Francia, la mayoría vive en París. Y votan. Su reinado recibe el pomposo nombre de: separación de poderes. El presidente Hollande les hace participar. En ciertos programas de noche veo estos días que los funcionarios debaten acerca del «procedimiento» de un posible desalojo del campamento de los 300 Khalid: hablan de normas, disposiciones, decretos. Ser estrictos con las normas les garantiza pasar ese gran examen de conciencia: no quieren tener la responsabilidad de una injusticia, de un desmán, ni de los heridos que resultarán, quizá algún muerto. Ese es el trabajo de la policía.
Así que la pelota de la «limpieza de migrantes en Francia» está en el tejado del palacio del presidente de la República. Para ayudarle a él y a la propia policía están los intelectuales. Y los sindicalistas de la police metropolitana. Los intelectuales como Bernard Henri Levy son los sesudos instructores públicos que lanzan el mensaje de la peligrosidad social de los migrantes en esta Francia siempre asustada. Su mensaje es que evitando la migración y combatiendo el islamismo en África o en Afganistán o donde sea, la grandieur impide que los migrantes puedan ser un peligro en Francia, pues no llegarían más que para trabajar. Ergo el migrante que llega sin trabajo es un potencial peligro para el asustado y mediano y asentado y no siempre limpio de conciencia francés. El poder está encantado con Bernard Henri Levy. Los militares están encantados con BHL. Ciertos jueces están encantados con BHL. La izquierda que lo miraba con recelo hace generaciones, habla hoy igual que él.
Clarea el día, con pesadumbre, soltando un denso aire cobrizo. No sé de dónde. Ha aparecido un batallón de jóvenes con petos de colores.Traen galletas, tapers con café para los acampados. Y sonrisas. El mundo puede ser un poco mejor con una sonrisa. La sonrisa de la onegeinización del mundo. París puede que sea la capital de las oenegés. Las oenegés, sus jóvenes, sus atareados jóvenes y sus cuidados paliativos, que van allá donde supura la gangrena con sus sonrisas, sus cucharas de plástico, sus cuchillos de plástico, sus termos de plástico, sus tiritas sufragadas por entidades privadas o departamentos ministeriales que tramitan en este preciso momento la expulsión de todos estos acampados, de todos los acampados de la ciudad.
Es cierto lo que me cuenta Adelle. Francia integra y acoge a los migrantes. Por lo menos a los de tercera generación, no como Khalid. La alcaldesa de París es nieta de refugiados republicanos españoles. El líder del principal sindicato francés, también. El candidato y ministro Valls, también. Adelle tiene la tez más clara que la miga de una baguette recién hecha. Ha venido al campamento porque padece, como el país, cargo de conciencia. Se le pasará. A los 26 años parece normal ese diagnóstico en una urbe tan racial como Paris. Adelle es ingeniera. Está emancipada. Lleva ya una vida de ciudadana burócrata parisina: se levanta a las 6; entra a trabajar a las 8 tras una hora de trasbordo en metro; sale a las 16; se acuesta a las 21.20. Aunque su gesto parece resistirse aún a fijaciones tan definitivas: una sonrisa cándida, un gesto serio y, tras sus gafas redondas, una mirada de preocupación por el «momento que nos está tocando vivir». Ella está aquí porque sabe que los migrantes son de algún modo víctimas. Le pregunto de quién, pero sin responder añade la segunda parte, y de más peso, de su razonamiento, la clave «del momento que nos está tocando vivir»:
– No podemos alojar a todos migrantes del mundo. Esa es una realidad objetiva.
Lo es. Aunque le digo que no tengo muy claro que sea así. Porque debe haber alguna razón por la que estemos nosotras dos aquí, tan inmóviles como Khalid, aunque con una taza dé café en la cafetería en la acera de enfrente. Adelle ha traído de su casa una manta para dársela a alguien, no sabe, a quien la necesite. Le pregunto si cree que el nieto de Khalid podría ser candidato a la alcaldía de París. Adelle no me responde; mira alrededor de lo que no existirá en unas horas, unos días a lo sumo.
– Me temo que todo va a seguir igual, ocurra lo que ocurra aquí. Aunque aquí va a ocurrir lo peor.