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Árboles en escena

Txefe Martinez Aristín 18 agosto, 2016     No Comment    

Lunes 1

Artealdea comienza en la estación de Abando, Bilbao, 9:42 horas, tren destino Vigo. Destino al que no llegaremos. Ya son tres años que seguimos los dictados de Crísipo, y la razón que dirige nuestros pasos anuncia que nos bajaremos en Ourense. Pero todavía no. Parafraseo que la lombriz metálica se empieza a tragar lentamente los campos de cereales y girasoles, hasta convertirse en una mantis por cuyas escamas de cristal desaparecen engullidos.

A media mañana comienzan los nervios del tiempo, esos tiranos de la nueva sociedad: “vamos con retraso”, “casi llegamos antes andando” y otras apremiantes necesidades de velocidad, que se evacuan por la boca de los viajeros del siglo que quiere llegar pronto a todos los sitios. Yo quiero ser un viajero antiguo, recuperar la lentitud de los bueyes, “reconocer como urgente no tener prisa”. Quisiera no llegar. Escribir un libro enorme y vasto, como las llanuras castellanas, de poemas, decir:

Llano tiempo lento/un caracol su baba es mi carril/mi sitio el retraso/no llegar/donde la boca dice más rápido/y quedarme en todos los pueblos de paso/que resbalan por la ventanilla del tren/que empieza a recuperar su retraso/El tiempo reparado se traga veleidades de antaño/ mi destino sin prisa/Y llego.

Pero todavía no. Llegaré. El tiempo tiene sus señales, horas que se hincan en mi estómago y piden otra cosa más pedestre: comer. Un bocadillo sin agua. Voy a la cafetería. Vagón primero. Un botellín de agua dos euros. Me llamo idiota por mi falta de previsión. Por ese dinero podría comprarme un kilo de naranjas. No se por qué hago estas asociaciones. Tal vez por la costumbre de hacer otras cuando se mira de una forma, por ejemplo, árbol: puño que echa a puñados sombra. Sombra: un tutor que enseña lecciones umbrías; y así…

León, Astorga, O barco de Valdeorras. Nombres unidos al transcurso de las vías del ferrocarril. Llenarlas de paisaje en los ojos, de preparación del recital de poesía. Buscar tonos, pausas, no declamar los poemas, vivirlos. Leo los poemas a Anabel, versos que se entremezclan en los parajes de La granja con minas de carbón abandonadas, cargaderos, lavaderos, muros sucios, ruinas como prendas que se pagaron, guardianes de lugares pasados.

Empiezan a verse casas con tejados de pizarras donde se escribía otros días. ¡Señores viajeros, próxima estación Bembibre! Y Monforte de Lemos y Ourense. Ernesto está esperándonos y nos lleva a El Dorado, Piñeiro, Artealdea. Quedan rostros, conversaciones, trasiego de gente que sube y baja, maletas, mochilas. La mía algo más cargada de estos párrafos de viaje.

Martes 2

Dormimos en una casa de piedra de gruesos muros. El espesor de la pared no pudo con las voces de la cena, ni con las ganas de contarse cosas de quienes siguieron hasta casi el canto del gallo, el paso del ganado y los gritos que los arrean hasta los prados.

Fuerte café de western y la falta de sueño se evapora a la espera de un día que empieza con sus crías de luz. Mientras esperábamos la salida a la excursión de la mañana, Bel de Bil divertía con historias de pulpos y sirenas, ante la atenta mirada y regocijo de los niños.

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En esta tierra la gente se retrae a los espectáculos, la canícula de la tarde abraza y obliga a la detención forzada. Los primeros actuantes eligen las sombras de los árboles que estoicos la arrojan sobre los primeros bancos. Allí están Sara Rodríguez, Carolina Sampedro, Bel de Bil y su caldereta de cuentos, Sergio Otero, el mimo, que con su lenguaje sin recurrir a la palabra no se calla y plasmará con fuerza expresiva la tragedia de los refugiados y la hipocresía de Europa. También están los de la compañía de teatro Esprearte con su versión libre de un cuento de García Márquez. Miran el suave balanceo de las hojas que se estiran y bostezan despertadas por los pasodobles que el técnico de sonido ha puesto. Unos cuantos salimos a bailar y nos quitamos la modorra. Ocho de la tarde, una hora de retraso. No hay remedio. El calor desocupa cualquier protagonismo que se quiera subir al escenario. Solo queda esperar. El golpe de calor es un boxeador de pesos pesados que puede con todos los adversarios. Pero el atardecer llega y el fresco hace presencia de marchamo en los cuerpos, con la animación infantil, la cuentacuentos y los boleros de Abelardo y su farfana, que hicieron sudar la guitarra.

El cielo se iba andando por las gamas de azules y morados, la noche convergió en el punto exacto donde se encendieron los focos del escenario. Nuevos espectadores se iban incorporando: las estrellas.

Miércoles 3

 La espera queda esculpida en el viejo espejo de la parra. El grupo recogido se desmiga en una individualidad: una joven compite con los fragmentos de luz. Es un pedazo de ella. El primer relato del día se registra en el azogue, crónica borrada cuando la joven se levante del banco de madera en la mesa comunal.  Solo quedará la invocación de esa imagen debajo de la parra, convertida en árbol totémico.

Iniciamos la salida a la excursión de hoy. Terminamos en una poza, poema líquido. Las horas pasan como una carrera de fórmula 1 en un lugar de calma y lentitud. Calor sofocante, incluso entre la umbrosidad de la hondonada arbolada del río. Vemos un incendio a lo lejos, el humo pare sofoco de nubes. Luego en el bar del pueblo oigo una conversación de lugareños: “hoy llevaremos a la santa por los caminos calcinados”, en fin, quizá necesitamos ser algo frikis para seguir cuerdos.

Hoy hago el recital de poesía. Unas horas antes ensayo con Ernesto y su saxo debajo de un puente en un remanso del río. Momento mágico. La poesía está en el lugar. Incluso en los dos tábanos que pican a Ernesto.

Llegó el momento y la poesía Árboles poéticos, leída en el escenario, estuvo en un segundo plano. El poema estaba en otro sitio: debajo de un puente de la corriente aquietada y lenta de un riachuelo.

Jueves 4

 Cambio total. Niebla y lluvia. Se suspende la excursión. Desayuno alargado. Café y tostadas en un comedor decorado de chubasqueros, peces de monte pinchados en los anzuelos de los colgadores. Después damos un paseo hasta Piñeiro de Iglesia, que bien podría llamarse “Piñeiro del Único” bar de los dos pueblos. Televisión a tope, horada oídos. Un programa de entrevistas a políticos. A estas horas matutinas la tele es un cenobio de tertulianos con sus opiniones, palabras trepadoras que en ocasiones espantan a las moscas. Noticia: Un incendio ha sido provocado por un hombre que vivía en una cueva, quemaba el papel con el que se limpiaba el culo para no dejar huella de su existencia. Es un joven alemán del que se había perdido su rastro hace cinco años. Me quedo con las ganas de saber más, pero inmediatamente pasan a otra noticia. Aquí hay algo, lo que se sale; algo desenfocado, enfocado a la belleza de personas desviadas, raras, extremas, como el documental que veremos esta tarde de la fotógrafa norteamericana Diane Arbus que los retrató.

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Mientras yo miro la tele Bel de Bil prepara su actuación de cuentos. Volvemos a Piñeiro de Areas, y tres kilómetros contándomelos. Menos mal que por esta carretera, la PO 255 no hay tráfico. Llegamos a comer a salvo.

Por la tarde asistimos a los ensayos. En el escenario, dos perales y un manzano sobresalen por tres agujeros del escenario, como raíz filosófica de Artealdea: relación e integración con el entorno. Como la proyección de los cortos titulados “Cine no visto”, en los que Lotte Reiniger y su cine mudo de sombras chinescas, así como los de Alice Guy y sus cortos de 1906 y 1913, proyectan en una antigua cuadra, con acompañamiento de piano en directo, el más puro sabor añejo de este cine.

Viernes 5

 En los periódicos de Galicia, “El Faro de Vigo” es el que leo estos días, es habitual encontrar páginas enteras en las que se habla de la “Festividad del Cristo de la Victoria”, de “devotos que acuden a la concatedral para celebrar peticiones y ofrendas”, de “la Virgen Peregrina, de estreno, presenta el manto de siglo y medio de antigüedad”, y otros motivos religiosos mezclados con verbenas, fiestas, conciertos que tachonan la verde montaña, las Rías Baixas y la costa gallega. Es curiosa esta hermandad que por estas tierras no tiene nada de forzosa. Es como la herencia que un testador no puede quitar ni rebajar de otros momentos anteriores.

Nuestra excursión de hoy fue andar por El Camino de los Muertos, el antiguo que subía de Piñeiro de Areas a Piñeiro de Iglesia. Uno intenta imaginarse las procesiones con el ataúd a cuestas y las paradas con los salmos, pese a nuestras risas refrescantes después del baño en la poza al inicio del camino, vivificados, que dirían los cursis.

Estamos pletóricos y sentimos que llegaremos sanos a la muerte.

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De reyertas, pobreza y arrabales, cantan los tangos que fueron protagonistas de la velada de hoy. Más tarde descansamos en la tetería con denso mojito. Hay luz de velas. La magia del fuego en pequeñas hornacinas. Susurro de voces. Espectros que vuelven construyen una atmósfera irreal trayendo vasos de mojito en la mano. Fuera empezaban a sonar los acordes del “Sueño de Calíope”.  Más tarde teatro: “Bum, Bum”, obra interpretada por Eva León y Noelia Blanco, dos jovencísimas estudiantes del teatro musical de Madrid.

Sábado 6

Todo día empieza por el desayuno. Café y pan tostado, mantequilla y mermelada. Nada en el fondo de cualquier mala noche se resiste a este revulsivo. Se siente cierta presencia de alas en el cuerpo, se empieza a ver la mañana con una belleza de aleteo que culebrea por los nervios. Existe algo llamado voluntad que me lleva a una poza alejada de la carretera. Empiezo a pensar como el agua debajo de los altos que las rocas ofrecen. Los pensamientos se crean en la cabeza y se van por los pies. Vuelve la sensación agradable entre esos “vegetativos collares de palabras multicolores”, decía Agustín García Calvo en el librito que me he traído; pero aquí lo que pienso ya no forma argollas alrededor de la cabeza, son plumas de distintos colores que me rodean y se alargan ingrávidas. Me dejo ir y un recuerdo entra: esta mañana había un hombre desayunando. Sombrero de Panamá. Conversamos. Está en el halo de mucha gente en Artealdea: alma, espiritualidad, conciencia, amor, aptitud positiva, ecología. Los envidio, despiden calma, tranquilidad despide el hombre del sombrero. Puede ser también otra religión, y yo desde que dejé de creer en Dios, no creo ni en los smartphones. Las nuevas religiones pretenden salvarnos del abismo, el consumismo, hoy son los técnicos del Mercado los que pretenden revelar al mundo la plástica verdad del alma. Todo lo que ofrece consuelo tiene su verdad, así que un día comencé a cagarme en toda la congregación aérea, incluidas las ondas hertzianas, y a instalarme en el cuarto de esa fonda vacía que es el nihilismo. El hombre del sombrero de Panamá es José Pérez, productor y director de El sueño de Calíope, grupo de mujeres que cantan de maravilla.

Quiere el calor liquidarnos totalmente, no obstante las actividades comienzan: juegos infantiles, payaso, cortos en la sala-cuadra-gruta de audiovisuales, Bel de Bil y su historias que gustan en un retorno a la narración oral, baile español y jazz, cuarteto de saxofones.

Domingo 7

Último día. Churrasco popular. Día de los coros y bailes locales. Lo popular entra en escena y los árboles del escenario muestran su reconocimiento de la costumbre, y con la costumbre el conocimiento de lo ancestral hasta la médula de una forma de ser y estar. Y por fin, el Bruxo Queiman con sus “versos de terra” y la conservación de sugerencias que despiertan los orígenes del pueblo celta.

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El momento del Bruxo es la necesaria revelación de una identidad. Otros años le había visto. Estaba escribiendo esto cuando anunciaron que no podría venir. Quede sin borrar. Las llamadas naturales lo merecen.

Me separo con Anabel de la aldea, entre los matorrales de zarzamora. Nos sentamos en los claros de los bosques. Desde allí vemos el coro de gente en torno al escenario de Artealdea, bajo la luna creciente.

Artealdea termina en la estación de Ourense. Lunes, tren a Bilbao de las 11,10 horas. La ría baixa se hace río y se mete más  dentro, parece la manga verde de un jersey azul.

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Autor:  Txefe Martinez Aristín

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