
Hay un algo como de eclipse en la reñida decisión del senado argentino declinando legalizar una ley sobre el aborto. Falta dilucidar qué astros han eclipsado a cuales: si la moral uniformada del país frente a las mujeres que son ya un país diferente desde hace décadas; si un reducto de políticos frente a la modernidad que viene con retrasos; si la Argentina que mira a su Papa como un mástil en cenizas al que aferrarse frente a otra Argentina que parece negarse a transitar en las clandestinidades de la vida.
Argentina es un mosaico de clichés entre dos mares. Lo que ya es complejo. Son dos mundos procedentes de dos océanos diferentes. A los que hay que sumar un tercero: el interior. Pero cada cierto tiempo asoman, o asolan como solía suceder en el siglo XX, otras Argentinas. Las de siempre. La que quiere mandar, la que quiere obedecer y otra que quiere más bien vivir. El Senado argentino, siendo más bien espejo de las dos primeras eligió hacer algo tan argentino: cobijarse en el miedo al cambio. Y es ahí donde reside la paradoja nacional. Una ley del aborto haría de Argentina nada más que un país del siglo XXI. Democracias latinoamericanas con igual tradición han legalizado la interrupción del embarazo. Incluso al vieja España lo hizo hace décadas.
El debate que viaja por buena parte de la nación, especialmente en los núcleos urbanos, está encendido. Es una antorcha con varias cabezas de fuego. Para explicar el no del senado se proyectan las explicaciones más complejas, resultado de un cruce de variables casi infinito. Que si burguesía con alianza histórica frente a movimiento feminista emergente. Que si dialéctica izquierda-derecha en el seno de la estructura política en un cambio de correlación de fuerzas. Que proceso de desetabilización hacia el presidente Macri cuyo partido necesita el apoyo de los sectores más conservaodres antes de afrontar otra graves crisis política y económica – o la grave crisis económica y política de siempre y de todos los días en la Argentina -.
Hago acopio de certezas para cargarlas en una mochila. Es evidente que hay una fuerza en el país: mujeres, luego hombres, después partidos a su rebufo y de políticos a sotavento en favor de una ley sobre la irrupción del embarazo. Pero esa fuerza la hubo desde hace ignominiosas décadas. Pienso en las librepensadoras del siglo XIX. En las caídas en los años de las hogueras del aciago siglo XX en todo el cono sur americano.
La ley, la reglamentación. El parlamentarismo. Cartílogos que hacen que el hueso continúe moviéndose, aunque sea en la dirección errónea. Cada vez que la Argentina se encontraba con una puerta que abrir optó por poner más cerraduras. Pero esas últimas cerraduras son muy antiguas. Se caerán de la puerta por viejas, roñosas, atascadas.