
A las tres de la madrugada del 24 de marzo de 1976 los militares tomaron Buenos Aires. En las horas siguientes, el resto del país. Los primeros detenidos llegaron enseguida: unos cientos, al principio, de los casi cuatrocientos mil que llegarían a ser. También los primeros desaparecidos, que más tarde serían treinta mil.
La junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla abrió aquella madrugada un tiempo que duraría siete años, ocho meses y dieciséis días. Lo suficiente para alterar no solo la vida del país, sino la manera de habitarlo. La violencia —los centros clandestinos, la tortura, las ejecuciones— no fue solo un conjunto de prácticas, sino una estructura que reorganizó la realidad desde dentro.
Lo ocurrido en esos siete años, ocho meses y dieciséis días pertenece a la historia de la Argentina, y también la desborda.
Cincuenta años después, la pregunta no ha desaparecido. Se ha desplazado. Ya no se trata únicamente de reconstruir lo sucedido, sino cómo pudo continuar en el tiempo. Cómo una maquinaria así se vuelve cotidiana. Cómo el terror deja de percibirse como una ruptura y pasa a formar parte del tiempo y el paisaje.
La literatura vuelve una y otra vez sobre esto. No para cerrarlo, sino para rodearlo.
Perramus, de Alberto Breccia y Juan Sasturain, publicado por la editorial Astiberr, es uno de esos intentos. No reconstruye la dictadura ni ofrece una explicación del horror. Trabaja, más bien, en sus márgenes: en la pérdida de identidad, en la fragmentación de la memoria, en la dificultad de narrar aquello que desborda cualquier forma comprensible.

El protagonista ha perdido su nombre. Perramus no es más que la marca de su gabardina. Ha elegido olvidar, o quizá ha aceptado que olvidar es la única forma posible de continuar viviendo. En ese gesto hay algo más que una estrategia individual: una forma de adaptación a un mundo en el que recordar puede resultar insoportable.
Su recorrido está marcado por una atmósfera en la que la desaparición no es un hecho excepcional, sino una presencia constante. Acompaña el paso del tiempo, como si formara parte de su ritmo. No hay lugar al que escapar del todo, ni frontera que interrumpa esa lógica.
Celdas sin número. Presos sin nombre. Cementerios que recuerdan más dentro de sus muros que fuera de ellos.
Después de décadas de juicios, interrogatorios y sentencias, queda todavía una zona opaca. La pregunta persiste: dónde están los desaparecidos, qué ocurrió exactamente con sus cuerpos. No es solo una cuestión histórica. Esas preguntan son aún una forma de presente.
En algunos casos, incluso, una forma de negación.
El libro de Breccia y Sasturain no responde a esa pregunta. Tampoco lo intenta. Se sitúa en el lugar donde la memoria empieza a fallar o a volverse inestable. Donde el relato ya no puede organizar lo ocurrido sin simplificarlo.
El trabajo visual de Breccia refuerza esa sensación. El blanco y negro extremo, los collages, las superficies raspadas construyen un espacio que no busca representar la realidad, sino tensarla hasta que su violencia se hace visible.
El guion de Sasturain se mueve en esa misma dirección. Mezcla lo onírico con el relato negro y la reflexión sobre la propia narración. La dimensión política no aparece como un discurso externo, sino integrada en la forma misma del texto.
En ese sentido, Perramus no pertenece solo a la Argentina de la dictadura. Apunta a algo más amplio: a la forma en que ciertas violencias atraviesan el tiempo sin desaparecer del todo, transformándose, adaptándose, encontrando nuevos modos de hacerse presentes.
Al cerrar el libro, no queda una explicación ni una forma clara de comprensión. Queda, más bien, una incomodidad persistente. La sensación de que hay algo que no termina de encajar, de resolverse.
Quizá la literatura no pueda hacer mucho más que eso. O sí. Es el caso de la novela reeditada por Siruela A veinte años, Luz, de Elsa Osorio. Si en Perremus el olvido era el mecanismo de aceptación de la realidad, en la novela de Osorio, es la recuperación de la identidad robada lo que mueve a sus protagonistas.

Luz va a descubrir que fue una bebé que dio a luz una mujer detenida por los militares en 1976 en un centro clandestino de tortura y ejecución. La operación la ha urdido el padre militar de la nueva madre, cuyo hijo recién nacido ha nacido muerto. El engranaje de suplantación se irá poco a poco quebrando cuando diferentes protagonistas al tanto e incluso su padre no biológico, requieran conocer la verdadera identidad de la madre asesinada de Luz.
Osorio teje con maestría técnica una novela coral que describe la intención de rescatar la luz de las tinieblas. La protagonista, Luz, hace un viaje introspectivo en el útero simbólico del país, y un viaje a Ítaca en busca de sus verdaderos padres, justo ene le momento de dar a luz a su primer hijo. Cruzando todo esto, hay miradas a los sueños utópicos de juventud, la camaradería, la identidad sobre la que se cimienta la familia. Y por supuesto sobre el amor filial.
Perremus. Alberto Breccia y Juan Sasturain. Astiberri, 2026. 471 páginas. 45 euros.
A veinte años, Luz. Elsa Osorio. Siruela, 2026. 428 páginas. 23 euros.