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Azúcar: Dulce Veneno – Amargo Negocio

Patxi Ametzaga 10 marzo, 2013     Comment Closed    

Ocurrió con la industria tabaquera.  Primero escondieron los males que provocaba su consumo, luego desprestigiaron a los que exponían los estropicios que su empleo originaba.  Al sentirse desenmascarados en su oscuro negocio, los lobbies tabaqueros no dudaron en contratar científicos dispuestos a elaborar estudios a su medida.  Finalmente el clamor de la evidencia y las muertes ocasionadas por sus productos, acabaron forzando a los gobiernos a advertir en las cajetillas que el tabaco mata.

La industria del azúcar se desliza por parecida senda.  Durante décadas los intereses económicos que bullen detrás esta dulce industria lograron esconder los riesgos inherentes a su producto.  Valiéndose de dinero, la industria azucarera no dudó en taponar cualquier debate público que ayudara a dilucidar si el azúcar es un producto inocuo, perjudicial o tóxico.

Tuvo que llegar el conocido divulgador científico Gary Taubes (1956) (1), con un artículo publicado el 13 de abril de 2011 en la portada del New York Times Magazine bajo el título de “¿Es tóxica el azúcar?” (2) para que se descerrajase la primera de las cancelas que bloqueaban el debate sobre este aditivo.  O si se quiere ser más preciso, para que abiertamente se desenmascarasen los catastróficos efectos para la salud pública ocasionados por esta substancia.

Remontándose un poco más en el tiempo podemos encontrar el detonante que alertó a Gary Taubes para elaborar el referido artículo, que no era otro que la conferencia dada el 26 de mayo de 2009 por el doctor Robert H. Lustig (3), un experto en obesidad infantil de la Universidad de San Francisco, bajo el título “El azúcar: la verdad amarga” (4).  La conferencia habría pasado desapercibida para el gran público si no llega a ser por el hecho de que en julio de 2009 la Universidad de California colgó la conferencia en YouTube.  A pesar de tratarse de un video de hora y media de duración, deficiente en lo visual y un tanto árido en su presentación, dado que entre otros asuntos versa sobre fructosa, bioquímica y psicología humana, a fecha de hoy el vídeo se ha convertido en viral y supera ampliamente los tres millones de espectadores.  Nada mal para un tema invisibilizado, pero si un indicativo sobre la sensibilidad pública respecto a los problemas provocados por esta sustancia.

El doctor Lustig define en el vídeo al azúcar (bueno, en realidad en la conferencia habla de los azucares en general) como el “aditivo más demonizado conocido por la humanidad”, dado que el azúcar refinada no solamente son calorías vacías, cuyo aporte alimenticio es cero, sino también por constituir “un veneno en sí mismo”.  Introducida en Europa desde la India alrededor del año 1300 y llevada por Cristóbal Colón a América, el azúcar refinado es un producto que no aporta ni minerales, ni vitaminas, ni fibra, ni grasa, ni antioxidantes, ni proteínas, el azúcar es simplemente un aditivo que endulza y aporta muchas calorías.  En la mayor parte de las ocasiones su utilización desplaza otros alimentos más nutritivos y necesarios para el ser humano.  El Dr. Lustig, y un cada vez mayor número de científicos independientes, abogan abiertamente por un control gubernamental sobre el azúcar similar al aplicado actualmente con el tabaco y el alcohol. Basan su argumentación en el hecho de que también se trata de una sustancia tóxica de la que las personas abusan y a la que se enganchan.

Pero si el azúcar es dañino para los humanos, los expertos señalan a los jarabes de maíz de alto contenido de fructosa (High Fructose Corn Syrup) como aditivos todavía más perniciosos para la salud pública.  Descubierto en Japón en 1966, el jarabe de maíz no se introdujo comercialmente en el mercado alimentario hasta el año 1975.  Casi a mitad de precio y más soluble que el azúcar tradicional, el jarabe de maíz tiene mayor capacidad edulcorante y añade mejor consistencia a los productos.  También sirve como conservante alimenticio al aumentar el periodo de caducidad de los mismos.  Estas características tan beneficiosas para los intereses de la industria alimenticia han provocado que en los últimos treinta años su uso se haya disparado.  En el año 2011 la mitad del consumo de edulcorantes en los Estados Unidos provino de jarabes de maíz.  La aportación alimenticia de los jarabes de maíz, también llamados fructosas, son idénticos a los del azúcar refinado, cero, es decir de nuevo nos encontramos con un aditivo lleno de calorías vacías.

En un principio los jarabes de maíz parecían aportar solamente ventajas técnicas con respecto al azúcar tradicional, por lo que la industria alimenticia los recibió como si se tratara del ingrediente perfecto.  De ahí que pronto se comenzó a utilizar con profusión en las bebidas carbonatadas -algunas llegan a contener hasta un 65% de azúcares constituyendo auténticos caramelos líquidos- el kétchup, la repostería, las mermeladas y todo un sinfín de productos a los que el dulzor ayudaba a comercializarlos.  La mayor parte de las veces la fructosa y sus derivados se camuflaban en los etiquetados como azucares, jarabe de maíz, dextrosa, maltosa, galactosa, azúcar invertido, jarabe de glucosa, lactosa, azúcar de maíz…. y todo una caterva de tapaderas semánticas para evitar ser descubiertas por los consumidores conscientes, es decir los consumidores que se toman su tiempo para leer la lista de productos que se van a meter al cuerpo.

A principios de los años 20 del siglo pasado, el doctor canadiense Sir Frederick G. Banting (1891-1941) (5) observando las poblaciones en las que no se había introducido todavía el azúcar refinado y comparándolas con las que ya consumían habitualmente este producto, dedujo la relación entre el azúcar y la diabetes.  En 1923, a la edad de 32 años, el doctor Banting fue galardonado con el premio Nobel de Medicina por su descubrimiento de la insulina (6).  Cuando el cuerpo recibe mucha azúcar, jarabe de maíz o edulcorantes similares, y estos penetran en el torrente sanguíneo, el páncreas, para contrarrestarlos, produce insulina.  Se trata de una medida de auto protección, ya que por medio de la insulina el cuerpo consigue rebajar los niveles de azúcar en la sangre evitando de esa forma que lleguen altas dosis a los órganos vitales.  Cuanto mayor es el requerimiento de insulina al páncreas provocado por un exceso de consumo de azucares, mayor es la posibilidad de producirle agotamiento.  La incapacidad del páncreas para producir las ingentes cantidades de insulina requeridas, es lo que se llama la enfermedad de la diabetes.  Hasta hace poco tiempo al azúcar solamente se le perseguía por causar caries en los dientes, nadie osaba acusarle de nada más.  De pronto todo ha cambiado y en este momento ya se le señala como causante entre otras maldades, de la diabetes, la obesidad, los ataques al corazón, la hipertensión y el cáncer.

El síndrome metabólico es otro indicador de que el cuerpo no produce los niveles necesarios de la hormona de la insulina para defenderle.  Su reflejo externo viene dado por la inusual expansión de la cintura de los pacientes, aumentando exponencialmente el riesgo de padecer un ataque al corazón, hipertensión o hígado graso no alcohólico.  Hace 50 años los ataques al corazón los provocaban principalmente los elevados niveles de colesterol, en este momento en que la población tiende a ser más gorda y diabética, el síndrome metabólico se está convirtiendo en el problema más sobresaliente, debido a que nos encontramos con la paradoja de que en el mundo hay un 30% más de personas con sobrepeso, que personas desnutridas.

Mientras en 1960 el consumo mundial de azúcar sobrepasaba ligeramente las 50 millones de toneladas, en el 2005 la producción mundial se ha triplicado superando ya los 150 millones de toneladas (7).  Vivimos en un mundo más dulce, y como ejemplo palpable nos encontramos con que en los últimos 50 años en los Estados Unidos se han triplicado las enfermedades provocadas por el consumo del azúcar.  En el año 1900 las muertes producidas por la diabetes en los Estados Unidos solo eran de 12 por cada 100.000 habitantes, en 1971 esta tasa de mortalidad por la diabetes era ya de 18,5 por cada 100.000 habitantes, es decir que aunque en siete décadas las técnicas médicas mejoraran, las tasas de mortalidad provocadas por la diabetes continuaron disparándose.  Trasladando esta situación a números, nos encontramos con que mientras en 1980 cada norteamericano se metía 54 kilos de azúcares al año, en el 2010 aumentaron a 60 kilos al año.  Mientras que en 1980 solamente 2,5% de la población sufría diabetes, en 2011 el número de diabéticos norteamericanos ascendía al 8,3% del total de la población (8), lo que llevado a números significa que a los Estados Unidos la diabetes le cuesta 245 billones de dólares anuales (9).  Como daño colateral, los obesos adultos norteamericanos pasaron de ser un 15% de la población a un 35,7%, es decir interpretado de otra forma, pasaron de un obeso cada 7 habitantes a ser un obeso por cada 3 habitantes.  En el caso de los niños se pasó de un 5,5% de obesos en 1980 a 16,9% de niños obesos en 2010.  Estas cifras obtenidas de la oficina del censo y los departamentos de salud dibujan una tendencia preocupante, que de no ser interrumpida arrastra al país a un futuro mórbido.  El hecho de que un 75% de las personas que desean entrar en el ejército estadounidense son rechazadas por causas relacionadas con el sobrepeso, ha motivado a que las autoridades hayan declarado la obesidad como una amenaza a la seguridad nacional.

Al igual que ocurre con el alcohol y el tabaco, el azúcar crea dependencia psicológica y en cierta medida adicción.  El azúcar inhibe la hormona ghrelina, encargada de informar al cerebro sobre la sensación de hambre.  También interfiere con la hormona leptina cuya función radica en comunicar al cerebro que el cuerpo cuenta con suficientes reservas y por lo tanto se debe inhibir el apetito, es decir la hormona encargada de señalar al cerebro la sensación de saciedad.  El azúcar reduce además la hormona dopamina, un neurotransmisor que proporciona la sensación de placer derivado de los alimentos, esta reducción incita al individuo a seguir consumiéndola.

Las voces que exigen controlar, limitar o cargar con nuevos impuestos a los azucares para reducir su uso van en aumento.  Ante estas amenazas reguladoras dirigidas a la excelente salud económica de las empresas azucareras y de transformación del maíz, y en especial frente a la creciente divulgación de evidencias científicas cada vez más aplastantes, las asociaciones de las industrias edulcorantes se están poniendo las pilas para contraatacar   Tradicionalmente enfrentadas entre si las azucareras y las maiceras por lograr cota de mercado, y a la vez defendiéndose de los avances de los edulcorante artificiales, más baratos de producir que los provenientes del maíz, la industria del endulzamiento está sabiendo aparcar estas viejas pugnas para defenderse unidas del acoso que cada vez les posiciona más como alimento sospechoso.  Para esta lucha cuentan como fiel aliado en la sombra a la industria de las bebidas carbonatadas y el fast food (comída basura), principales compradores de azúcares y jarabes dulces.  La estrategia de defensa de la industria azucaril la lleva a cabo de la forma que mejor sabe, contratando científicos para sembrar dudas contra las investigación que salen a la luz evidenciando los efectos nocivos del azúcar o de los jarabes de maíz.

Valiéndose de científicos a sueldo y excelentes compañías de relaciones públicas comenzaron a desprestigiar a todos los que osaran atacar un producto tan inofensivo como el azúcar, definiendo públicamente a sus oponentes como oportunistas dedicados a explotar a los consumidores.  Uno de los más conocidos científicos a sueldo de la industria alimentaria fue Frederick J Stare (1910-2002) (10).  Fundador y presidente del departamento de nutrición del departamento de Salud Pública de la Universidad de Harvard, recibió ingentes cantidades de dinero, no solo de las asociaciones azucareras, sino también de Coca-Cola, Gerber, Kellogs y un largo etcétera de empresas basadas en el uso de edulcorantes.  El dinero recibido lo utilizaba para llevar a cabo estudios que exoneraran al azúcar de cualquier peligrosidad para la salud y para combatir a los que despectivamente llamaba “enemigos del azúcar”.  En 1975 Frederick J. Stare publicó una recopilación de las diversas investigaciones realizados hasta ese momento con respecto al azúcar.  La industria se encargó de difundir esta recopilación de estudios como si se tratara de un aserto en el que “los científicos disipan los temores sobre el azúcar”.  El nombre de Stare incluso se unió a la defensa del tabaco al recabar fondos para realizar un estudio que mostrara que el tabaco no provocaba ataques de corazón, trabajo que nunca llegó a realizarse.

Los documentos internos, memorándums, cartas e informes encontrados en archivos abandonados están ayudando a entender la importancia que la industria azucarera da a esta estrategia de desprestigio y confusión para salvar su situación, insistiendo siempre en estigmatizar los estudios que mostraban efectos negativos sembrando de dudas a la opinión pública al indicar sistemáticamente que esos estudios no eran definitivos o que sus conclusiones eran ambiguas.  Al igual que la industria tabaquera, no regatearon esfuerzos a la hora de influir en el gobierno para evitar a toda costa que señalara los efectos negativos de sus productos.  Así lograron que los organismos gubernamentales reseñaran hasta hace poco que el azúcar es un producto seguro y saludable, y que todo lo más que producía, eran caries dentales.  Cuando la presión del aumento de enfermedades relacionadas con el azúcar les fue acorralando, cambiaron su dialéctica hacía una vaga recomendación para que la gente no abusara del consumo de azúcar, aunque nunca aclararon a partir de qué cantidad se abusa del azúcar, es excesivo su consumo o produce enfermedades.

A estas alturas nos preguntamos ¿quién está detrás de la industria azucarera? ¿quién maneja el acorazado dulce? y nos encontramos a una familia cubana que vende dos de cada tres cucharas de azúcar que se consumen en los Estados Unidos y en muchos otros países.  Se trata de la poderosa familia Fanjul Gómez-Mena (11), radicada en Florida y cuyos ostentosos lujos contrastan con las precarias condiciones de sus trabajadores.  Los cuatro hermanos Fanjul nacieron en Cuba en el seno de una familia de origen asturiano dedicada por generaciones al cultivo y transformación de la caña, ostentando alguno de ellos también el pasaporte español.

Alfonso “Alfy” Jr (1937-), José “Pepe” (1944-), Alexander L. (1950-) y Andrés B (1958-) no salieron de Cuba despotricando de la revolución, pero si un tanto afectados por no haber dedicado parte de sus esfuerzos a colocar sus peones en la política, de tal forma que los acontecimientos no les hubieran tomado por sorpresa.  Una vez establecidos en los Estados Unidos enmendaron esta situación convirtiéndose en grandes donantes de fondos e influenciadores de los dos grandes partidos políticos.  Mientras Alfonso aporta fondos al partido demócrata, su hermano José contribuye al partido republicano, llegando a entregar 200.000 dólares a la campaña de reelección de George Bush hijo.  De acuerdo a los datos proporcionados por el Center for Responsive Politics, en la última década han aportado alrededor de 3 millones de dólares a las campañas políticas de ambos partidos.

Las industrias que poseen los hermanos Fanjul producen más de siete millones de toneladas de azúcar al año.  Para ilustrar la enorme influencia que sus aportaciones a los dos mayores partidos políticos les reportan y la forma en que los legisladores defienden los intereses de la industria azucarera norteamericana, citaremos el caso de la llamada telefónica de Alfonso Fanjul al presidente Clinton.  El 19 de febrero de 1996, mientras el presidente Bill Clinton estaba teniendo un affaire con la becaria Monica Lewinsky, se vio en la necesidad de interrumpir momentáneamente su relación íntima con la becaria para dar paso a una llamada muy importante.  Se trataba de Alfonso Fanjul, cuyo acceso al poder es tan sólido como para que el presidente deje lo que tiene entre manos durante 22 largos minutos para atenderle.  En aquella ocasión, Alfonso llamaba al presidente para tratar de convencerle de que evitara apoyar la propuesta de instaurar un nuevo impuesto a las plantaciones azucareras, impuesto en cierta medida verde puesto que se usaría para limpiar la contaminación del humedal subtropical de Everglades.  Esta conversación quedó reflejada en el informe independiente realizado por Kenneth Starr (12) e ilustra a la perfección la fuerte influencia que la industria azucarera tiene al máximo nivel para conseguir que el azúcar no sea declarada producto tóxico.

 

(1)  Autor de libros como “Why we get fat” (Por qué engordamos) y “Good calories, bad calories” (Calorías buenas, calorías malas).

http://en.wikipedia.org/wiki/Gary_Taubes

(2)  http://www.nytimes.com/2011/04/17/magazine/mag-17Sugar-t.html?pagewanted=all&_r=0

(3)  http://www.diabetes.ucsf.edu/members/robert-lustig

(4)  http://www.youtube.com/watch?v=dBnniua6-oM

(5)  http://www.nndb.com/people/843/000126465/

(6)  http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/medicine/laureates/1923/banting-lecture.html

(7)  Nancy Appleton, Ph.D., author of “Lick the sugar habit” (Vence al mono del azúcar)

(8)  http://www.diabetes.org/diabetes-basics/diabetes-statistics/

(9)  http://www.diabetes.org/for-media/2013/annual-costs-of-diabetes-2013.html?loc=hpcarousel3_diabetes-cost_mar2013

(10) http://www.sourcewatch.org/index.php?title=Frederick_J._Stare

(11) http://fanjulbrothers.com/

(12) http://www.usnews.com/usnews/biztech/articles/010806/archive_038081.htm

 

Documental sobre el poder de la industria alimenticia y las cortapisas para controlarla http://jman.tv/film/4909/Globesity%3A+Fat%27s+New+Frontier

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Autor: Patxi Ametzaga

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