
La alcaldesa de Madrid se ha envuelto ella sola en una treta vieja, la del lio del “todo es la ETA”, la del arrebato del “todos a formar” frente a cualquier palabra, en cualquier circunstancia. Un grupo de titiriteros representó en Madrid un vodevil escenificando un montaje policial en el que los protagonistas blandían un cartel: “gora alka-eta”. Pues los titiriteros han acabado con sus huesos en la cárcel, la alcaldesa va a abrir una investigación sesuda, y alguna diputada de Podemos pide con su bebé a cuestas más firmeza. El enredo toma rasgos de competición mayúscula: jueces, políticos y alcaldesa corren por presentarse a cada cual más intolerante frente a cualquier cosa que suene a condescendencia con el terrorismo. Carmena y el principal partido que la apoya, Podemos, han caído en la trampa que antaño urdían los defensores del statu quo frente a los sediciosos separatistas de provincias. La alcaldesa y Podemos han emprendido un auto de fe express. Lo llamen investigación, reflexión, su finalidad parece mostrarse tan oscura: la purga que lave a la alcaldesa y a Podemos de cualquier mácula de proximidad con el terrorismo, el chavismo y las siete plagas de Egipto.
Si para ello es preciso encarcelar a titiriteros – ¿será lo siguiente encarcelar a barrenderos que no borren con ahínco las pintadas anti-sistema? –, deponer técnicos o conseguir dimisionarios que comparezcan cabizbajos ante los reality de la política, sea todo por el ardor democrático de los nuevos gestores. De la alternativa a la alternancia, mantiene aún más si cabe el orden su decadencia. Blande los derechos que viola, para reproducir un discurso de entelequia que busca conseguir en el votante de medio consumo de titulares diarios la llamada de su atención instantánea: el terrorismo; sus colaboradores.
De esta manera se trenza una suerte de estalinismo democrático, similar al que describiera con soberbia Victor Serge en El caso Tulayev. Al igual que la conspiración de grupos y personas que el régimen estalinista veía en cualquier acto de expresión individual, artística o vivencial, el nuestro nos enseña que el terrorismo es algo que está ahí siempre y al que quizá nosotros pertenezcamos sin saberlo. Puede estar en una obra de títeres que veamos por la calle, y, lo que es peor aún, podemos llevarnos en nuestra mente esa obra a nuestra casa de donde puede no salir nunca. Puede estar en un libro subvencionado. Los jueces, los partidos, y las alcaldesas como Carmena, aun a pesar de su denuedo, parecen no dar abasto. La solución, al tiempo que se hagan más grandes, y con su debida reglamentación de ley, las cárceles, es delimitar de una vez por todas el pensamiento y la réproba expresión. Sí se puede.