
Carta encontrada en una botella por un lenguado
Hoy he ido a la playa y he visto que llega el mar lleno de objetos abandonados sobre el que flota nuestro siglo. Hoy he visto como los peces salían del agua andando con prótesis de plástico que se les han adherido como patas. Hoy he visto las máquinas limpiadoras peinar la arena para hacerles camino entre las basuras; eso y las luces amarillas reverberando encima de las cabinas como hígados inflamados en el henil del aire; eso y el sonido sincopado cuando las máquinas retroceden y espantan a las gaviotas que no pueden elevarse porque sus alas no aguantan la hipertrofia de su cuerpo, que es aplastado por las ruedas de cremallera; eso y las sirenas de alarma de la autoridad portuaria que planean sobre la pasta negra de los hidrocarburos.
Hoy he andado con cien ojos para ver a muchos peces que han superado las condiciones de adaptabilidad con el cambio de humedad de la atmósfera. Andan por las avenidas con sus extremidades donde la celulosa, las proteínas y las resinas comienzan a formar prolongaciones sintéticas. El tiempo las acompaña. Llueve como un proyecto que danza para asegurar el buen logro de su conquista.
Hoy he bizqueado viéndoles pasar semáforos en rojo mientras intentan, concienzudos, corregir las posturas deformadas de sus cuerpos. Les he visto mirar los escaparates de las tiendas con sus ojos vanos, vacíos, sin substancia ni párpados. Hoy se ha parado uno delante de una librería, ha levantado su cabeza acuática y desde su respiración branquial me ha parecido oír cosas ofensivas contra la difícil pronunciación de las vocales y las consonantes.
Sí, por ahí andan, renqueantes, entrando en las oficinas de información al ciudadano, pidiendo mapas celestes, terrestres, geológicos, políticos, para sus nuevos asentamientos. Los he visto entrar en las bibliotecas públicas y sentarse en sillas con respaldo de cuero rojo para desentrañar los misterios y las maquinaciones de quien les ha sacado de su medio. No he perdido de vista a un muble que se ha detenido delante de un policía local y le ha pedido una tabla de mareas con sus recién aprendidas palabras, pocas y torpes, pero se ha hecho entender.
Hoy he ojeado desde mis ojos cada vez más despestañados como maestros en paro enseñaban a los peces a pronunciarlas: m-a-r, char-co, ba-hía, már-mol, en plazas mojadas, con las máscaras de su generosidad escondiendo la sumisión al nuevo poder neptuniano. Los militares han inclinado sus banderas, los curas han celebrado misas de salida, el presidente ha cambiado la constitución para prohibir que los perros meen en sus órganos escariosos. Estoy empezando a ver a los peces en contubernio con los moluscos urdir monólogos, construir discursos que cimienten su futuro.
Mientras tanto, entre nosotros, todavía hay quien tiene sueños y esperanzas. Las proclaman como escupitajos, como mucosidades que depositan en pañuelos blancos de papel que tiran al suelo y los peces, que ya andan por todas partes, se los tragan como si fueran placton que los alimenta.
Me temo que cometerán los mismos errores que nosotros, que no podrán componer la abertura de ningún futuro.