
En la poesía de fray Luis de León, lo celeste, en su portentosa expansión cuántica y su inmensurable ser, nos ilumina en el canto y vuelo del colirrojo, del carbonero; en la danza de la albahaca o la lavanda recién brotadas; en el pasto, en ese edén de animales y aves; en los curtidos brazos de los árboles bendiciendo el viento. En la gruta interior donde lo creado penetra con su luz celeste en todos los seres. En la gracia del lenguaje, morada sin cúpula.
Hay en los poemas de fray Luis un momento en el que, como reivindica Chantal Maillard cinco siglos después, el suceso parece separarse del acontecimiento: aquello que tiene lugar entre el ser y el universo desde ese mismo acontecer. No se trata de establecer una genealogía imposible, sino de reconocer, desde nuestro presente, una afinidad de la conciencia y de la mirada.
Se ha leído muy mal y, aún peor, se ha obligado a leer de una manera coercitiva y encasillada a fray Luis de León. García Calvo llegó a cuestionar incluso el orden en que hemos recibido algunos de sus versos: cuestión que, en cualquier caso, remite a los complejos problemas de transmisión y fijación de su poesía. A ello habría que añadir los planes de estudio y sus sucesivas laceraciones a las humanidades.
Porque si algo alberga la poesía de fray Luis de León, leída desde nuestro hoy lleno de noche, es un haz de cometas, filamentos a los que poder asirnos en lo celeste. Les sonará a budismo, a mística, a meditada contemplación, a Dios, a Nirvana, a Deus sive natura. Puede resonar con todo ello sin agotarse en ninguna de esas palabras.
Y también a nuestra lengua, la de siglos después.
Fray Luis escribe en castellano, sí, pero en un castellano que ya está convirtiéndose en otra cosa: en el español de la primera modernidad. Ya no es el castellano medieval, sino una lengua renacentista a la que faltan algunos peldaños para convertirse en el español que se cosmohabla y se cosmopiensa en nuestro hoy. Una lengua que, mientras él la trabaja y ennoblece literariamente en la Península del Quinientos, ha comenzado ya su expansión atlántica y habrá de transformarse, durante los siglos siguientes, con voces, ritmos y mundos procedentes de América.
He ahí una doble comunión y una de las razones de la indudable actualidad de este fraile, maestro, encarcelado, poeta y humanista.
Y a fuer de vivir peregrinando con el idioma —que es a su vez una forma de ver y de hablar el universo—, las heterodoxias dispares, y fray Luis habita y promulga una de ellas, chocan con los dogmas escolásticos y cualquier pretensión de encerrar la fe, la imaginación o la vivencia en una sola forma de obediencia.
No es necesario reivindicar a fray Luis hoy. Basta leerlo.
Hay en él, leído desde nuestro presente, algo que podemos reconocer como un existencialismo sin fronteras: una interrogación sobre cómo vivir, dónde reside la libertad, de qué está hecha la paz y qué relación guarda el ser humano con aquello que lo excede. Es un deleite leerlo.
Buscamos ofertas en estos tiempos de veraneo, alquileres para las efímeras vacaciones a precio de riñón. Fray Luis de León nos dice desde hace casi quinientos años que la libertad y la paz en nosotros no tienen precio ni alquiler posible; que dependen de otra economía: la de la luz, nuestra luz.
Como decíamos ayer.

Fray Luis de León: fieramente humano. Sergio Fernández López. Cátedra, 2025, 558 páginas. Biografía reciente que aborda precisamente su formación, el proceso inquisitorial, las oposiciones universitarias, las rivalidades intelectuales y su defensa del conocimiento.

De los nombres de Cristo, ed. Javier San José Lera, Biblioteca Clásica RAE/Espasa, 2023. Esta sí es una edición filológica de primer orden y relativamente reciente: 1.056 páginas. San José Lera establece el texto estudiando las tres impresiones en las que intervino el propio fray Luis, las de 1583, 1585 y 1587.