Catalogado por cierta intelectualidad radical como un precursor, el filósofo Michel Foucault ocupa un lugar en el olimpo de los totems modernos. Sus disertaciones sobre las prisiones, la locura y el control en la edad moderna le granjearon un cum laude tras aquel mayo del 68. Poco importa que Foucault ni participara en aquel impruptus ni aportara nada al mismo, salvo la astucia de crear a partir de él una oportuna leyenda auto engrandecedora.
El libro de Jean-Marc Mandosio que publica Ediciones El Salmón, Foucault: la longevidad de una impostura, descubre el verdadero significado de las metáforas inventadas por el filósofo y elevadas a descubrimientos mágicos: episteme, biopolítica o los procesos de su bjetivación, «nociones huecas que una legión de epígonos e imitadores repite con machaconería» en los ambientes de radicalidad intelectual.
Mandosio demuestra que Foucault tuvo la habilidad de «seguir las modas: estructuralista antes de mayo del 68, izquierdista en los ’70, antitotalitario y haciendo la rosca al Partido Socialista en los ’80». «El principal talento de Foucault fue probablemente dar una forma filosófico-literaria a los lugares comunes de una época […] Como buen escritor posmoderno que aplica con celo las reglas del marketing de las ideas, Foucault se adapta constantemente a la tendencia del momento, pero su discurso nunca deja de ser reversible, de tal manera que se reserva siempre la posibilidad de desmarcarse de él y proclamar su singularidad».
El desmontaje de Foucault evoca al que los periodistas Olivier Toscer y Nicolas Beau hicieran hace algunos años del reality predicador Bernard Henri Levy. Pero la impostura se acaba convirtiendo en condición sine quanum para obtener el reconocimiento del poder académico e intelectual. Para el frikismo progresista – en su sentido progre y en su fe cibernético en el progreso – citar a Foucault está bien. Muy bien. Levanta manos a lo 15-M o recibe miles de me gusta en Facebook. Abrir la puerta trasera de la casa, como hace el libro de Mandosio, permite ver la casa vacía foucaltiana. Ese vacio que veo en otros muchos intelectuales que aportan, en el mejor de los casos como puede ser el de Bauman, ideas ya sabidas con métáforas nuevas. Ese aspecto los hace fundamentales para una modernidad que precisa vaciar la crítica presentando el vacío como una alternativa cargada de futuro, moderno, cool. Mandosio sita que los creyentes en los ciborgs – implantes tecnológicos en seres humanos – se apoyan en ciertas ideas foucaltianas.
Foucault: la longevidad de una impostura se publica después de que varias editoriales rehusaran atreverse. Una evidencia de la necesidad contar con espacios editoriales como El Salmón.