España ha entrado en su apocalipsis coro-blade runner 2.0. La policía – los helicópteros lo harán desde el cielo vigilando los supermercados, fronteras – patrullaba las calles durante el fin se semana evitando que los súbditos salieran de sus casas. Las infecciones por coronavirus dan unos datos irrefutables: solo el 4,9% de los 9.700 infectados, es decir 315 personas – ninguna autoridad ha cuantificado las muertes por gripe en lo que llevamos de invierno en toda España -. El fin de semana el Orden decretó el aislamiento y la reclusión de toda la población. Pero el lunes 17 de marzo, el país debía ponerse a producir. Y el Orden que cercaba en sus casas a la multitud, de repente permitió que esa multitud se aglomerara en el metro, en los autobuses para ir a producir. El paroxismo está en la planta industrial de Mercedes Benz en Vitoria-Gasteiz. Se han detectado varios casos de empleados con coronavirus. La dirección planeaba la vuelta a la producción de los trabajadores que debieran estar en cuarentena. En la mayoría de las empresas y oficinas, la desifección de ordenadores, máquina herramienta y utensilios corre por cuenta de las personas empleadas.
Este lunes de crack apocalíoptico parece haber puesto de manifiesto la división plátonica en esta sociedad vírica. Los políticos, gestores, intelectuales, viven con asueto y ausencia deliberada de la vida pública; quienes están dedicados a la producción, incluídos comerciales y trabajadores de servicios, deben de ir al tajo bajo cualquier circunstancia.
Anselm Jappe, en su Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos escribe que «la actual descomposición del sistema no es en modo alguno resultado de los esfuerzos de sus enemigos revolucionarios, ni siquiera de cierta resistencia pasiva —por ejemplo, frente al trabajo—. Se deriva más bien del hecho de que la base de la vida de todos y cada uno de nosotros en la sociedad mercantil, es decir, la perpetua transformación de trabajo en capital y de capital en trabajo —en consecuencia, el consumo productivo de la fuerza de trabajo y la valorización del capital— está agotándose a ojos vista, a causa esencialmente de la sustitución de la fuerza de trabajo vivo por las tecnologías.». ¿Y si el coronavirus fuera a sustituir al avance tecnológico y viniera a sepultar el trabajo y el capitalismo mismo?
