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Cuando era Venezuela feliz sin saberlo

César Valdés 16 enero, 2026     Comment Closed    

Los ojos castaños en duermevela de Melba interrogan a la hoja aún en blanco a las 3.13 horas. ¿de dónde vino ese disparo? ¿del mismo de donde sonó el segundo? Después un grito de socorro. Era una voz de mujer. Desde su ventana, la noche de Bogotá tirita con una respiración impasible y ajena. Quizá sea esa mujer lejana una de tantas personas que vienen del lejanísimo San Antonio de Táchira en Venezuela a pie con un morral tricolor o con un hijo en brazos o con una maleta lo más parecida al pecio de un barco destartalado. Hay que estar aterrado para huir hacia acá, se dice Melba mirando a la hoja en blanco. Cientos de venezolanos han hecho de las calles de Bogotá la única patria posible. Son una nación errante sin país posible. Y sus fronteras quedan delimitadas por los cartones acomodados en portales o recovecos de parques y establecimientos. Mientras el ruido de una moto rasga el silencio opaco de la noche la mano larga y huesuda de Melba escribe: quienes viven de limosnas, de escarbar en las basuras, de limpiar parabrisas en los asustados semáforos, de pedir un paquete de pañales a la salida de un supermercado, o una bolsa de arroz, o un yogur para el niño, ¿dónde están? ¿Dónde han ido?

Esta cumbia ha cambiado de melodía. La migración de Colombia a la próspera Venezuela hace una eternidad viene con su espejo roto. Las utopías cambian de tierra y de tiempo. Para miles de venezolanos, Bogotá, toda Colombia incluso, no es la utopía que buscan. Está más allá, en Ecuador, Perú, Chile, Argentina o el Brasil.

La apariencia apocalíptica del presente continuo asoma sus colmillos. Los niños se asoman a la desnutrición, escasean las medicinas, se suceden ajusticiamientos sin juicio, los salarios alcanzan para una bolsa de leche y una bandeja de pollo. Y alguien le dijo un día sobre el andén a Melba que seguía pensando en bañarse con agua caliente y comer con cubiertos. Entonces, añadió, éramos felices, pero no lo sabíamos.

Las historias de estos venezolanos están recogidas en el libro Cuando éramos felices y no lo sabíamos, de Melba Escobar, publicado por Ariel. Melba Escobar hace el recorrido inverso del de los venezolanos en las calles de Bogotá. Visita cuatro veces Venexuela en 2019. Habla con personas de carne y hueso, de tuétano y tesón oficialista. Hay quien le habla a Melba del Plan de la Patria de Chávez hasta 2025. Del avance en la erradicación de la extrema pobreza y el analfabetismo. “Vamos a ser claros”, le dice Pedro, delgado y con el torso desnudo, residente en un collado antaño de chatarra y uralita, “el sueldo se lo come uno en un día. Y yo te digo que hay mucha corrupción. En eso los chavistas estamos claros. Todo se pierde, todo se desvía”.

Las consignas oficiales son cayucos en el océano brumos de la realidad de Caracas. Melba Escobar indaga en las olas brutas y batientes de esa realidad, encuentra náufragos rutinarios y de deshora. Buses destartalados cerrándose el paso unos a otros, las rejas de las ventanas ceñidas de madreselva en edificios desconchados, vendedores ambulantes en peregrinación, árboles de mango alzando sus brazos al cielo cálido, grafitis con consignas oficiales a cada hueco, perros famélicos de ojos neón. Caracas es América Latina, un poro más de su piel. Solo los “enchufados” tienen para comprar un carro nuevo, le dice Pedro a Belma. Son los intermediarios que cobran coimas por hacer trámites con el gobierno, desde obtener un pasaporte hasta el cobro de la pensión. Los “boliburgueses” son los nuevos ricos del gobierno, que son, al decir de Pedro, los mafiosos. Manejan camionetas blindadas y levantan sus casas cerca del Country Club.

En el comedor de La Isla, los niños que por acá aparecen comen una vez al día. Este comedor lo llevan evangelistas y cristianos. La FAES es la policía de Maduro. Fuerza de Acción Especial de la Policía Nacional Bolivariana. Realiza registros, allanamientos, está acusada de robos, violencia y desapariciones. Fue creada el 14 de julio de 2017 por Nicolás Maduro y su fin era combatir “el crimen y el terrorismo”.

Melba escobar dedica muchas páginas a entrevistarse con “la oposición” en el interior de Venezuela. Acaso existan varias oposiciones. Una es la de los sifrinos catiros, los pijos rubios, la de Guadió y los suyos que desean coger el auricular: “Mister Trump, send five thousand tropos now, please”. Dentro de esa oposición hedonista, Escobar contacta con la seductora María Corina en una de sus fiestas.

El reverso está en los campos de refugiados venezolanos en Maicao, muchos de la etnia Wayuú que viven sin frontera entre Colombia y Venezuela, saturado y gestionado por ACNUR.

Una y otra vez, Melba Escobar se encuentra un mismo testimonio con variantes vitales y en sus protagonistas:

– Prácticamente, señora, yo soy maestra jubilada y cuando a una persona no le alcanza el salario ni para comer una semana, entonces, una dice “aquí nos vamos a morir de hambre”.

Otra lamenta:

– Es doloroso por todo lo que hemos tenido que pasar. Tantas personas muertas. Si yo le contara…

La inflación alcanza hasta la luz. Los antaño cortes paritarios de luz de seis horas y pasos de otras seis, han dado paso a los apagones sin tiempo.

El bipartidismo desde mediados del siglo XIX entre adecos y copeyanos quedó quebrado por las medidas ultraliberales de Carlos Andrés Pérez en 1989 con su “paquetazo económico”. Esto fue lo que alzó a Chávez Frías al poder tiempo después. El reflujo revolucionario tardó en llegar, pero llegó. La comida comenzó a escasear en 2015. Hay un militar al frente de la justicia, un militar al frente de la salud, un militar al frente de la educación. Son 189 los ministerios. Hay un aire de otoño patriarcal. Es lejanísimo el culto militar ilustrado en Venezuela.

El gobierno, escribe Melba Escobar, trata como el marido abusador a su esposa. “Te quejas porque no hay agua? Ahora tampoco lu. ¿Te duele la falta de sanidad? Tampoco tendrás gasolina. Retórica y sed de poder. La lógica binaria que siempre está señalando al otro, un enemigo prefabricado”.

Héroes involuntarios en un comunalismo de la pauperización. En el obrero barrio de Catia, María Gabriela dice: “el socialismo sí cambió en que la gente de ahora es rica cuando antes era pobre o clase media. Porque ya no son las familias de migrantes europeos que llegaron e hicieron sus fortunas. Mucha gente hizo fortuna en Venezuela. Ahora los ricos son enchufados. Y pobres hay muchos más que antes. Pero los ricos de antes, esos ya no tienen”.

Las empresas de alimentación están obligadas, por el sistema de cuotas, a vender al Estado un tanto por ciento de su producción, que alcanza hoy el 70%. Los productores de alimentos se quedan sin margen si tienen además que pagar al ejército, a milicianos y funcionarios coimas para trámites y permisos. Los alimentos se han convertido, pues, en la quinta economía ilegal en Venezuela.

Cuando éramos felices y no lo sabíamos, de Melba Escobar, publicado por Ariel. 336 páginas. 19,90 euros.

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