
Una imagen y una aparición que, superpuestas, dicen sobre el nacionalismo vasco mucho más que algunos tratados de teoría política. La imagen: aficionados intentan ver en Bilbao la final del Mundial de futbol entre España y Argentina; algunos son increpados, perseguidos o agredidos por llevar la camiseta de la selección española. La aparición: la editorial Episkaia recupera Si Sabino viviría, novela de ciencia ficción escrita por Iban Zaldua donde este hace algo más civilizado y corrosivo: reírse de Sabino Arana, de la mitología nacionalista vasca y, de paso, también de la española.
El 19 de julio, en torno a la pantalla instalada en el parque bilbaíno de Doña Casilda, la Ertzaintza identificó a una veintena de personas relacionadas con los incidentes. Días después, la Policía Nacional detuvo en la capital a dos hombres de 29 años como presuntos autores de delitos de odio, desórdenes públicos y lesiones por la agresión a un joven que esperaba el comienzo del partido en una terraza, ataviado con la camiseta española. En las imágenes difundidas de otros episodios de hostigamiento aparecían personas con camisetas de la Euskal Selekzioa.
Un incómodo juego de espejos devuelve violencias en forma de truenos. Quienes claman por los derechos de ciertas minorías nacionales dispensan de ese derecho a quienes expresan otras identidades y sus rituales —en este caso, los simpatizantes de la selección española en las calles, barrios y pueblos del País Vasco—. La imagen que devuelve el espejo es la de un espacio público patrimonio de una “mayoría nacional”.
Es ahí donde la reedición de Si Sabino viviría adquiere una inesperada novedad política.
El nacionalismo que pega y el del que uno puede reírse
Zaldua publicó esta novela en 2005 en la editorial Lengua de trapo. La editorial Episkaia la ha recuperado en 2026. Su argumento ya contiene una pequeña bomba contra cualquier solemnidad patriótica: Cosmic Josemi recibe del Tecno Buru Batzar de Nueva Euzkadi la misión de regresar al planeta Tierra, convertido en vertedero, para recuperar los restos mortales de Sabino Arana. Su ADN resulta necesario para reparar la inteligencia artificial que gobierna el planeta Nueva Euzkadi.
Es difícil imaginar forma más eficaz de profanar un mito fundador.
Zaldua reconoce que quiso jugar con lo que denomina los mitos «inamovibles» y «rancios» del nacionalismo vasco. Su Nueva Euzkadi está poblada de tópicos – que no por tópicos son menos redundantes en la vida real – y deformaciones cómicas; incluso los aerotaxis destinados a los maketos funcionan peor. Pero la sátira no concede inmunidad al otro bando: el nacionalismo español aparece caricaturizado en el planeta Tauro, obsesionado con la unidad nacional, el Siglo de Oro, el imperio y cierta nostalgia franquista.
Zaldua lo resume con una distancia bastante higiénica respecto de cualquier patriotismo futbolístico: no se emociona cuando gana España, pero tampoco cuando gana Euskadi.
Hay dos maneras radicalmente distintas de relacionarse con la identidad: una consiste en considerarla tan sagrada que una camiseta ajena resulta intolerable; la otra es aceptar que incluso los símbolos propios, los héroes y relatos “heredados” pueden – y deben– acabar encima de una mesa de disección humorística.
La ikurriña también tiene una historia
La paradoja pasa inadvertida para los jóvenes y no tan jóvenes que hoy visten la camiseta verde, roja y blanca de la selección vasca. Muchos se proclaman radicalmente modernos, progresistas o secularizados. Pero esos símbolos que llevan encima tienen historia.
La ikurriña fue diseñada en 1894 por Luis y Sabino Arana como bandera de Bizkaia. No pretendían representar simbólicamente a todos los vascos. Sus elementos estaban dotados de un significado muy concreto: el rojo representaba Bizkaia; el aspa verde – la cruz de San Andrés – remitía al roble y a la Ley Vieja o fuero; y la cruz blanca expresaba la fe religiosa. No se trataba de tres ingredientes colocados casualmente. Estaban jerárquicamente relacionados: Bizkaia, su fuero y la fe.
En la genealogía de la ikurriña hay bastante más catolicismo político del que probablemente imaginan quienes hoy la utilizan como equivalente vasco de bandera deportiva, gastronómica, o cultural.
Los símbolos cambian de significado, es cierto. Porque las sociedades, e incluso las comunidades «ajenas» se apropian de ellos y los resignifican. Pero esa resignificación no obliga ni a ocultar ni falsificar su verdadero origen.
Dios, Ley y raza
Los mimbres intelectuales de aquel primer nacionalismo resultan aún hoy incómodos. Revisitarlos y releerlos hoy – por ejemplo, la obra completa de su fundador presente en muy pocas bibliotecas públicas – pone al descubierto sus costuras integristas.
El lema aranista, Jaungoikoa eta Lagi-Zarra —Dios y Ley Vieja— no era una ornamentación piadosa. Diversos trabajos historiográficos han señalado el integrismo católico, el antiliberalismo, el tradicionalismo y la concepción racial de la comunidad como elementos centrales del pensamiento de Arana. Para él la raza ocupaba un lugar decisivo en la definición del vasco, hasta quedar por encima de la lengua como criterio de pertenencia.
La independencia era para Arana un medio de preservar una comunidad católica pura de fe y sangre frente a un liberalismo industrioso percibido como amenaza contaminante. No es el suyo un nacionalismo emancipador en el sentido contemporáneo del término, sino nostalgia por un orden tradicional, confesional y jerárquico.
Su concepción de la raza resulta difícil de maquillar aún hoy en día. La historiografía ha estudiado el ideal aranista de pureza genealógica y su hostilidad hacia el inmigrante español llegado con la industrialización. Juan Aranzadi en Milenarismo vasco. Edad de Oro, etnia y nativismo (Taurus, 2000), resume esa férrea asociación de familia tradicional, pureza racial y religión católica dentro de una sociedad idealizada a cuyo retorno aspiraba el primer aranismo.
Resulta grotesco utilizar símbolos nacidos de aquel universo para decidir quién puede caminar por una calle o ver un partido de futbol en Bilbao ataviado con una camiseta.
La modernidad intolerante
La contradicción es aún mayor cuando la estética política del nacionalismo vasco identitario pretende presentarse como tremendamente moderna.
Buena parte de quienes hoy portan esos colores se sitúan en coordenadas políticas progresistas y secularizadas. Muchos probablemente desconocen que su arquitectura simbólica procede de ese nacionalismo vasco primigenio profundamente católico, antiliberal, tradicionalista y obsesionado con las fronteras genealógicas entre vascos y españoles. Puede incluso que lleguen a imaginar que la ikurriña representa por naturaleza una impugnación progresista de una España reaccionaria.
La historia, sin embargo, es menos complaciente.
La modernidad abandona la idea de que la pertenencia colectiva otorga derechos superiores en el espacio público. La libertad política empieza precisamente donde termina la obligación de compartir los símbolos del vecino.
Me pregunto si bajo una identidad ya completamente secularizada no sobrevive algo de aquella vieja lógica de exclusión: la convicción de que determinadas expresiones de identidad española constituyen una presencia ilegítima en el espacio propio. El grito “puta España, puta selección” permite, cuando menos, formular la pregunta.
Zaldua frente al guardián de las esencias
Por eso Si Sabino viviría es más subversivo que una pedrada.
Zaldua manda al fundador al futuro, convierte sus restos en materia narrativa, se mofa de la eternidad política del PNV y construye una Nueva Euzkadi donde los mitos vascos han alcanzado dimensiones galácticas. Y luego aplica el mismo procedimiento al nacionalismo español. Ninguno queda fuera del chiste.
Ahí reside quizá la comparación más interesante entre la reedición de Si Sabino viviría y las escenas y agresiones de Bilbao.
Unos parecen decir: la calle y lo público son nuestros, estos son nuestros símbolos y los tuyos nos ofenden. Zaldua responde, literariamente: ningún símbolo merece tanta solemnidad.
El dilema y su bucle se encienden como una antorcha en mitad de la noche. No desaparece pese al tiempo, sino que está más fuerte y presente que nunca, el identitarismo que necesita agredir para mantener su carácter sagrado. Quien se ríe de él demuestra que puede sobrevivir a la desacralización.
El dilema no es el nacionalismo vasco versus un nacionalismo español simétrico. Tampoco si la camiseta roja da un certificado de virtud constitucional. Aún menos la petición de oficialidad de la selección vasca. Es algo mucho menos épico y bastante más civilizado: el derecho a portar cualquiera de esas camisetas, a no portar ninguna y, sobre todo, a reírse de las dos.
El libro de Iban Zaldua tiene aristas huidizas. Es verdad que baja del pedestal la retórica nacionalista. La sátira, sin embargo, deja apenas rozada otra forma posterior de sacralización identitaria: la construida por la izquierda abertzale alrededor de su propia liturgia política, sus mártires, su vocabulario y sus fronteras de pertenencia.

Un pueblo y una sociedad —quizá en el País Vasco ambas vivan y caminen por desiertos diferentes— que no soportan una camiseta ajena tienen un problema. Una identidad que tampoco soporta que se rían de sus mitos tiene dos. Los dos problemas se encuentran en un símbolo nacido en 1894. La pregunta sigue siendo cómo se ha llegado hasta aquí.
Si Sabino viviría. Iban Zaldua. Episkaia, 2026. 249 paginas. 19,90 euros.