
Una pareja de urracas está formando un nido en algún tejado cercano, quizá en una buhardilla o en una lonja abandonada. Las veo ir y venir con todo tipo de materiales prendidos del pico. Una nueva familia ha llegado al barrio.
Pienso en cuando, hace ya cincuenta y cinco años, llegaron aquí mis padres, pocos meses antes de nacer yo. Eran también dos aves, con un retoño de cuatro años —mi hermano mayor— a cuestas. El hogar en el que decidieron levantar su nido es el mismo desde el que ahora escribo.
La vida se celebra en una ceremonia discreta de idas y venidas. Hay una fuerza que toma forma en los gestos: el compromiso; su estela, inevitable, el sacrificio.
Observo el denuedo de esas urracas, siempre juntas, de aquí para allá, en la inminencia de lo que está por venir. Llevo días tratando de descifrar el sentido de su presencia.
Empiezo a intuirlo.
Y no estoy segura de querer saberlo.