Se desploma una tarde gélida en atardecer.
Las olas se remueven tímidamente sobre la tersa
arena y el viento se consume en ácida tristeza.
El día transcurre melancólico, silencioso.
Sombras de lo que alguna vez se fue, residen en el
ecosistema.
Asi, desde este punto es cuando se vuelve difícil la
adaptación a lo dañino.
Los ciclos ya sólo se crean y destruyen con rigor
monótono.
Sólo las especies más fuertes se aferran al hilo de vida
perecedero, empujando a las débiles hacia la lúgubre
orilla espumosa.
Las playas perduran inertes y ahora simplemente se
han limitado a sobrevivir bajo el manto de la realidad
sin resonancia.
Se esperan cambios y nada pasa. Empeora más con
el tiempo y la vitalidad ambiental recae en una
situación azarosa.
Es establecida una orden de restricción y entonces la
afectación comienza importar.
Importa hasta que se desgasta lo que nos ha servido
desde hace tiempo.
Importa hasta que está al borde de la destrucción.
Ahora si importa,
Pues intervienen buenos samaritanos y los abogados
inquietos exigiendo justicia por un lugar sin nombre.
Ahora,
Todos somos ecológicos.
Todos queremos ayudar.
Todos nos humanizamos.
Y la mira social se postra sobre la locación.
Entonces, predominan aires de resignación y molestia
por algo que no se supo acoger y respetar a su tiempo.
Una alarma se enciende y no somos capaces de
prevenirla, mucho menos, de apagarla.
La destrucción se avecina,
Y perfila con el semblante de la catástrofe.
