Bienvenido a la ciudad libre de Danzig
Desde la mismísma escalerilla de bajada del vuelo LOT356 se empezaba a ver claramente que en la llegada a Gdansk se estaba rifando un buen tortazo. No éramos muchos, apenas medio centenar de personas, si es que llegábamos, pero el campo, completamente cubierto de nieve, no dejaba lugar a dudas. En la invernal noche del 10 de Febrero a los 53 grados de latitud norte el descenso del viejo Embraer 170 había sido como la salida del cercanías de un túnel. La capa de nubes, densa como los discursos de Nochebuena de Su Majestad, se aclaraba a apenas 50 metros de altitud con lo que justo tuve tiempo de ver un montón de nieve, un puñado de lucecitas e inmediatamente el encontronazo con la realidad.
Delante de mi se contoneaba grácilmente una bella polaca mientras bajaba la escalerilla, peldaño a peldaño, calzando unos, me atreví a pensar, inapropiados zapatos de vertiginoso tacón de aguja, lo cual no le impidió tomar tierra con la facilidad que da el ser oriundo del lugar. Ojalá pudiera yo decir lo mismo. Mi primer contacto con la hermosa región que tan bravamente resistiera los embates alemanes en la segunda guerra mundial se saldó con un formidable patinazo de manera que quizá sería más correcto decir que puse mis posaderas (y no mis pies) en su suelo.
-¿Cómo rayos lo ha hecho el piloto para aterrizar sobre esta pista de hielo?- exclamé tratando de salvaguardar mi honor.
Afortunadamente, algún otro despistado besó también la pista dejando claro que el «mal de muchos» además de ser una epidemia es asimismo consuelo de unos cuantos. El aeropuerto tenía ese discreto encanto de las terminales pequeñas. En la aduana una funcionaria nos iba pidiendo, pasajero por pasajero, los pasaportes. Calculé que tardaba aproximadamente tres minutos por cada uno. ¿Por qué necesitará tanto tiempo? me preguntaba yo mientras la cola avanzaba a velocidad Wegeneriana. Al llegar mi turno lo comprendí: abrir el pasaporte: 3 segundos, leer el nombre y nacionalidad del titular: 5 segundos, teclear sus datos en su ordenador: 2 minutos 52 segundos. Claro, necesitaba una mano para sujetar el pasaporte y de la otra solamente utilizaba el dedo índice. Tengamos en cuenta que las uñas que gastaba la agente tenían casi la misma obra viva que muerta con lo que la pulsación debía ser bastante delicada y probablemente con un alto porcentaje de error. Pero lucía una tan encantadora sonrisa que, mira por donde, no me importó demasiado que tardara lo que diera la gana.
La recogida de equipajes fue rápida y en esta ocasión no hubo que lamentar retrasos, como en aquella ocasión en que fui a Delft (Holanda) para el congreso Eurosim y recogí en el vuelo de vuelta mi maleta extraviada en el vuelo de ida. Nada más salir de la terminal quise encaminarme hacia la parada de taxis, vano intento porque un parroquiano de amplios mostachos me cerró el paso «ipso facto» batiendo el record de ahorro de palabras en una pregunta al lanzarme un «¿Taxi?» mientras me señalaba vigorosamente para dejar claro que me preguntaba a mi y no al de al lado, por ejemplo. «Yes» le contesté para que viera que yo también sé mantener una conversación a base de monosílabos. La mayoría de las conversaciones con mi padre son a base de monosílabos y con algunos de mis amigos ya ni siquiera hablo conque a ver con quién se había creído el hombre que estaba tratando.
Tras zanjar el acuerdo así de fácil y así de rápido (por favor, tomen nota los ministros de relaciones exteriores) el hombre me arrebató la maleta de las manos en lo que yo tomé erróneamente por un gesto servil dado que los taxis estaban a menos de cinco metros de distancia. Efectivamente, con el bulto en sus manos me invitó a seguirle hacia el aparcamiento privado, cosa que hice con un conato de mosca subiéndoseme a la nariz hasta que vi que su coche tenía realmente el aspecto de un taxi, es decir, color de taxi, en el techo un pinganillo de taxi, taximetro de taxi e incluso olía a taxi (me remito a los muchos taxis que he tenido que tomar en otros tantos viajes por el mundo).
Durante la carrera hasta Gdansk me aclaró en inglés indio, tan grato para los que no disfrutamos de ese idioma como de nuestra lengua madre, que su taxi era perfectamente legal pero que hacía falta una licencia especial para el servicio DESDE el aeropuerto y por eso cuando llevan a alguien AL aeropuerto él y sus compañeros tienen que apostarse a la salida de la terminal para «capturar» algún cliente que les compense la carrera de vuelta a la ciudad. (Por cierto, voy a insertar aquí otra batallita ajena a esta historia pero que también va de taxis. En Atenas, durante la gestación del proyecto Easytex, el taxista me pidió permiso para subir a más gente en el mismo coche; accedí sobre todo porque me hizo mucha gracia la pregunta y así, el hombre llegó a llevarnos a tres diferentes pasajeros con diferentes destinos. El tío jeta se disculpó afirmando que aquello era una recomendación de la propia policía del lugar y le llamó jeta no por la jugada en sí, que a mi me parece fantástico compartir el taxi, sino porque al final nos cobró a todos de más y en especial a mi, que me vio cara de buenazo y se tiró a fondo. Esta historia aporta su contribución al fascinante mundo del transporte personalizado de seres humanos como una fuente inagotable de anécdotas y chascarrillos).
Por cierto, el conductor le pisaba con ganas. Y bueno, supongo que aquí es normal conducir con hielo y un metro de nieve en los arcenes de las carreteras pero es que, cuando ya mis dedos se amorataban debido al esfuerzo de clavarse en el cuero de los asientos, un adelantamiento a toda la máquina avante que poseía su rutilante Mercedes me hizo soltar un suplicante «We’re not in a hurry at all» que a él le debió sonar como «güirnotinajarriatol» teniendo en cuenta el caso que hizo de la indicación.
De camino al hotel vi la ubicación de las oficinas del Millenium Bank, mi objetivo laboral en esta ocasión y observé con alegría que se hallaba a apenas tres manzanas de mi residencia. Me gusta ir andando a trabajar, es un auténtico lujo. Puesto que ya era un poco tarde, dejé las cosas rápidamente en el hotel y me eché a la calle con la esperanza cenar algo antes de dormir. Durante el paseo aprendí dos cosas referidas precisamente a los extremos de nuestro cuerpo: la primera es que el abrigo largo en esta latitud es fundamental (no me volvería a pillar una segunda vez sin él) y la segunda que son necesarios tres pasos para avanzar la distancia normal de uno solo, los constantes resbalones te recuerdan un poco la sensación de cuando estás soñando y quieres echar a correr.
Lo único que encontré abierto a esas horas (las 22:00 más o menos, lo que para cualquier ciudad europea es lo mismo que decir en mitad de la negra noche) fue un restaurante griego, y de nuevo me retrotraje a los paseos similares que me di por Berlin durante el desarrollo de Mission, cuando también lo único que encontraba abierto eran restaurantes italianos y griegos. Quizá de ahí provenga esa desmedida afición que tengo por la lasagna con chianti y la moussaka con retsina respectivamente. Una cara una raza, como dicen los turcos cuando les interesa.
El diario de viaje de Gdansk continua en el Capítulo II: Puertas y corredores
