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Diarios de viaje: Gdansk (y III)

German Garcia de Gurtubay 6 mayo, 2013     No Comment    

Ver el diario de viaje de Gdansk

Capítulo I: Bienvenido a la ciudad libre de Danzig

Capítulo II: Puertas y corredores


Estás invitado a un té

Continuamos el curso con bastante fortuna. La gente era muy maja y muy espabilada así que fue un verdadero placer compartir la jornada con ellos. Para el siguiente parón, yo ya me había «coscao» de la jugada y la propuesta no fue «¿qué tal si paramos cinco minutos?» como hice la vez anterior sino «¿qué tal si paramos cinco minutos PARA UN CAFE?» confiando en que esta vez me invitarían a ir con ellos a la habitación numerada con ese propósito. Los tres hombres repitieron la emulación a Houdini pero la chica, más sensible gracias a Dios, me dijo que podría conseguirme algo de beber si quería.

Bajamos las escaleras hasta el primer piso y entramos en la habitación 56. Allí, dos hombres y otra mujer trabajaban con sus ordenadores. Ella cruzó unas palabras con el mayor de ellos y él entonces se giró hacia mi y me dijo «Estás invitado a un té. Por favor, siéntate». Sacó unas tazas de un cajón, unas bolsitas de Lipton, una jarra de esas que calientan el agua a toda pastilla y salió de la habitación (supongo que fue al triángulo a llenar la jarra de agua). Mientras tanto, Iwona, mi alumna, había conseguido la colaboración de Elvira, la secretaria (habitación 52), y cortaban unas rodajitas de limón que le dieron muchísima gracia al té, una vez que regresó el portador de la jarra con el agua hirviendo.

– «Pensé que íbamos a ir a la sala del café a tomarlo con los demás alumnos» le dije a Iwona.

– «Aquí no hay sala de café.» respondió ella «Cada habitación tiene su cafetera, sus tarros de café o te y sus tazas».

– «Pero entonces, a dónde váis cuando hacéis un descanso.»

– «No hacemos descansos. Los demás alumnos están ahora en sus respectivas habitaciones.»

– «Pero pararéis para comer y tendréis algún lugar donde desconectar un rato».

– «No. La gente se trae la comida y cuando tiene hambre retira un poco el teclado, se la come y sigue trabajando.»

– «Pero entonces, el curso… ¿no esperaréis que lo hagamos todo de un tirón sin comer nada?»

– «Bueno, la gente seguramente estará comiendo algo ahora y así aguantamos hasta el final de la jornada.»

Huelga decir que yo no había llevado nada para comer. Supuse (y esto demuestra que nunca debe darse nada por supuesto) que comeríamos juntos todos los del curso, o casi. No te digo que vayan a darse el lujo de los cursos que antaño daba el BBVA, que te invitaban a comer al mediodía y a un pintxo con bebida a media mañana, pero qué menos que comer algo ¿no? Pues nada, curso ininterrumpido como un campeón. Menos mal que me había cebado bien durante el desayuno, si no juro que no aguanto.

El agua del Báltiko no es salada

Lo malo de estas salidas en invierno es que para cuando sales de trabajar ya es de noche y no ves nada de los lugares que visitas. Es una mierda pero también inevitable, ¿qué le vamos a hacer? Estando en una ciudad costera lo que más me apetecía era pasear por la costa y meter el pie en el agua del mar Báltiko. En Gdansk no había mucha posibilidad porque tiene un gigangesco puerto comercial fácilmente reconocible por las caracteríticas gruas picudas de carga y descarga. El lugar más cercano con playas agradables es Sopot, un pueblecito al cual me dirigí en cuanto logré a hacerme entender por la señora que vendía los billetes de tren a base de señalar como un poseso sobre el mapa de bolsillo que me habían regalado en el hotel. El precio del billete viene a ser la mitad de lo que te cobran en España, más o menos, comparado con la distancia recorrida. Además hay una frecuencia muy buena de trenes.

Me senté frente a una madre y una hija (bueno, esa es la impresión que me dió pero podían ser tía y sobrina, o abuela joven y nieta mayor, o hermanastras de mismo padre y diferente madre o viceversa o cualquier otra combinación que les guste, lo que era casi seguro es que eran parientes por el cariño que se profesaban, aunque ahora que lo pienso quizá era amantes al estilo griego clásico) y comenzamos el viaje. La sinfonía de chirridos que llenó el vagón debió hacerme poner una cara muy divertida porque la más joven de mis compañeras de asiento apenas podía contener su risa y no paraba de mirarme con el más absoluto descaro. Si no estuviera la mayor le habría dicho alguna cosa pero me corté de hacerlo.

Veinte minutos más tarde me bajaba en Sopot y enfilaba rumbo este (demora real 090º) hasta que encontré la playa. Primera impresión: la nieve no deja ver la arena. Sí señores, aquí, al nivel del mar, hay una capa de nieve que te rilas durante todo el invierno. Qué lástima que fuera de noche. El espectáculo diurno debía de ser maravilloso. Mar adentro se distinguían bien las balizas rojas y verdes del canal de entrada a Gdansk y algunos puntos flotantes de color blanco que en mi delirio llegué a pensar que podían ser esos pequeños trozos de hielo flotante que tanto temen los navegantes y que los británicos llaman «growlers». Los puntitos empezaron a aproximarse y pronto observé que eran… ¡¡cisnes!!. ¿Cisnes en la mar? ¿Nadando en agua salada? Realmente no sé si a los cisnes les afecta el agua salada pero como siempre los he visto en estanques pensé que era extraño. Metí la mano en el agua y la probé. No era salada o al menos tenía un porcentaje de sal bajísimo. Claro que es comprensible con la cantidad de agua dulce que debe proporcionar la nieve acumulada a lo largo de tantas millas de costa.

Los cisnes ya estaban a unos cinco metros de la orilla. Debían esperar que les echara algunas migas de pan o algo así. Era obvio que estaban acostumbrados a que los paseantes los alimentaran. Seguían viniendo: primero cinco, luego diez, quince, veinte… empecé a acojonarme un poquitín. Era una versión acuática de la película de Hitchcok. Opté por retirarme de la orilla y buscar algún sitio donde reponer fuerzas, aún no había comido nada desde el desayuno. Busqué el Bar Przystan, que pasa por ser el lugar más famoso del norte de Polonia para comer pescado y pedí la especialidad de la casa: lenguado. Siento decir que no compite ni con la peor taska del casco viejo de Donosti o Getaria. Ciertamente, cada vez que salgo de Euskadi me doy cuenta de cómo comemos los vascos, chauvinismos aparte. Pero la comida era abundante, estaba caliente, fue barata y el local era muy mono con una decoración muy del gusto marinero así que en conjunto, muy bien.

En Sopot, al igual que en Gdansk, vi un montón de unos automóviles enanos de marca desconocida para mi que son una verdadera preciosidad. Mucho más bonitos que la mierda del Smart, igual de funcionales y seguro que a la tercera parte de su precio. De vuelta a casa tengo que averiguar marca y modelo… quizá me compre uno algún día…

Zapatos grandes y precios pequeños

De vuelta al hotel estuve un rato mirando la TV. Mirando solamente porque no entendía absolutamente nada de lo que decían. Aparentemente, los programas son igual de soporíferos que en el resto del mundo occidental, incluso aunque nos prestes atención . A última hora estuve viendo una película norteamericana (una de Christian Slater) y lo que tomé al principio por un error mío de percepción resultó ser una muestra del bajo presupuesto con el que cuentan los directivos televisivos. En pantalla el «chico» y la «chica» de la peli mantenían una conversación. Cuando hablaba él se empezaba a oir muy bajito su frase en inglés y, superpuesta y con más volumen de manera que tapaba a la original, la voz en polaco de un hombre. Luego, cuando hablaba ella, también se oía en bajito sus frases en original y, superpuesta, la voz en polaco… ¡¡del mismo hombre!! O sea, que la misma persona dobla a todos los personajes de una película. Además, no era ni siquiera actor de doblaje porque no entonaba absolutamente nada. Si en pantalla el personaje estaba furioso o melancólico o preocupado o traslucía cualquier emoción, el doblador traducía con la misma entonación plana con que narraría, digamos, una carrera de caracoles. Y claro, la historia así narrada, pierde mucha gracia. Me quedé con las ganas de comprobar si el cine también está narrado de esta manera pero entrar a la sala solamente para oir los primeros cinco minutos me pareció una tontería, ergo, sigo con la duda.

Los días siguientes fueron más o menos repetición de lo mismo pero la forma de vida ya no me impactaba tanto. Afortunadamente siempre he tenido una capacidad de adaptación al medio muy respetable y para el segundo día ya tenía mi taza de té y mi bocadillo para no pasar hambre. Ambos productos fueron adquiridos en céntrico supermercado junto a un montón de paquetitos de cosas que no sabía lo que eran. En principio entré al supermercado solamente a comprar algo de comer que pudiera llevar al trabajo y la taza, pero había tantas cosas que se ofrecían atractivas a mis ojos que me dio un ataque de consumismo y empecé a comprar cajitas que estuvieran solamente escritas en polaco y sin dibujos ni fotografías reveladoras. Luego las guardé en la maleta para abrirlas cuando estuviera en casa tras tratar de adivinar qué contenían. Emocionante ¿verdad? a lo largo de los años he encontrado a otros viajeros que me han confesado hacer lo mismo o cosas muy parecidas.

También quise comprar algo de ropa, aprovechando que era un poquito más barata que en España, tampoco mucho pero algo más sí. Mirando escaparates observé que había muchas zapaterías y curiosamente, los zapatos que mostraban eran de tamaños descomunales, mismamente tumbas de filisteos, que decía Don Miguel, no entendí la razón porque tampoco me pareció que el polaco medio sera un tío muy morocho. Acabé por ver algo que me agradó y me metí en la tienda con el empuje de una bola de billar tratando de hacer carambola con las tres dependientas de la tienda, dispuestas en triángulo al fondo y en animada charla. «Buenas, ¿Alguna de vosotras habla inglés?» «No». Vaya, esta situación era un poco más complicada que la del billete de tren porque no se resolvía escribiendo cosas en un papelito. Era el momento de recurrir, una vez más, a la mímica. Le hice a la más mona un gesto para que me siguiera y la conduje hasta el escaparate señalando la prenda en concreto que interesaba. Ella sonrió y se fue a por una de mi talla, volviendo enseguida con una compañera que me dijo que «yo entiendo un poco de inglés pero casi no lo hablo» lo cual me pareció definitivamente el nivel estándar de inglés en este país.

La semana que viene toca Varsovia y unos mis alumnos, Janusz, repite la asistencia. Casi media hora antes de despedirme de él se descolgó conque la informática es su segunda profesión; sus estudios son de… oceanografía. Toma ya. De ahí a hablar de veleros y experiencias marineras no medió ni un milicentón, por supuesto. Y menos mal que estábamos limitados por la hora de salida del vuelo porque si no igual seguiríamos hablando, pero seguro que encontraremos algún rato para departir con calma en Varsovia.

Fin del primer encuentro y retirada a la piltra o, como se solía poner en los cortometrajes polacos de animación que nos echaban en la tele franquista, Koniek (lo cual resume todo mi vocabulario en la lengua de este país).


Los diarios de viaje continuarán en Varsovia…

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Autor:  German Garcia de Gurtubay

A veces hormiga, a veces cigarra, lector apasionado, escritor aficionado, viajero incansable, diletante confeso, marinero velero, amigo universal, mayormente inofensivo, duro de pelar, analítico sentimental y agnóstico rojillo. Cuanto sé de esta vida se resume en una frase "todo es ilusión"...

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