
Esta historia está dentro de una noticia. Un crítico de arte de un periódico, para poder escribir sobre la desaparición desanunciada de un programa en la radio pública en España, más bien una ejecución al amanecer, recurre a ensalzar la importancia de los programas de radio y la compañía que suscitan a sus oyentes (1). Todo un éxito. La noticia dentro del tema es la ejecución del programa Trópico utópico en Radio 3 de Radio Nacional. El periódico donde se ha publicado esta noticia es fidecomiso y auxiliante observador del gobierno que maneja las bridas en todos los medios de comunicación públicos. Así que la secuela de la noticia es que la censura ha sido salvada, no en los medios públicos, pero sí en el diario preclaramente proclive al gobierno.
Eso está bien. El pueblo tiene derecho a saber. Dentro de unos límites. Cuando no se pone límites, incluso un locutor de un programa musical en Radio Nacional que lleva 42 años en antena puede creerse que el campo hertziano es orégano. Y eso nunca. El campo es de su majestad, o, en su ausencia, de sus validos terratenientes. Que en España por algo se hizo jamás reforma agraria.
Por eso no es de entrañar lo yermo de algunos regadíos públicos. Parecen más acantonamientos militares. A donde escapa esto, existen páramos, sobre todo en la radio pública. Como vemos por las noticias, cada vez un poco menos.
Observar la televisión pública en España es instructiva. Los televidentes saben por lo que pasó el protagonista de Verne, Strogoff cuando le pasaron por los ojos un filamento ardiente. Informe sobre ciegos. RTVE ha salido al paso y su realidad alternativa es que Rodolfo Poveda, tras 42 años con su programa Trópico Utópico “se ha jubilado”. El reflexivo chirria como los railes cuando los pisa una locomotora de otro siglo.
Lo que el crítico de arte vino a desvelar con la desaparición del programa en Radio Nacional es que vivimos inmersos en un tiempo de desapariciones. Un día en el mercado, de repente han desaparecido las frutas con sabor ácido y solo sobreviven las edulcoradas. En los periódicos desaparecen las palabras impresas y en su lugar se lanzan a los ojos de los lectores ladridos. En la calle y hasta en la escalera no caminan ni viven personas, estas han desaparecido, sino suplantados milicianos repitiendo consignas y formando bajo modernistas y al tiempo caducas banderas. No se sabe en qué noche ni qué pelotón de uniformados secuestraron libros, espacios y hasta lugares. Desaparecidos los cafés y los teatros, no digamos ateneos, les toca el turno tunelario a las librerías y los parques. En su lugar se levantarán academias militares de cada milicia – según sus votos conseguidos o arrancados a punta de cólera -.
Al salir de casa y entrar en contacto con el viciado aire de la calle no nos preguntaremos qué sucedió durante la noche. Si una niña pregunta a su madre qué ha sido del arte, esta le responderá que de esas cosas no se habla. Los profesores en las escuelas y universidades que llegan por la mañana asisten a la desaparición de las humanidades sin osar preguntar a qué campo de concentración las trasladaron o en los muros de qué cementerio han sido ejecutadas.
En lúgubres despachos con fotografías de presidentes y jefes de estado en paredes y mesas, grises comisarios tararean la versión moderna que canturreaba aquel Astray y que ahora es “muera el pensamiento”. De ahí los charcos ensangrentados de las palabras. Al presidente del gobierno no le consta. No escucha Radio 3 de Radio Nacional.
(1) Radio, tiempo compañía. Javier Montes. El País, 1 de noviembre de 2025.



