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El clandestino Mahmud y los muertos en la frontera

Valentine Badiu 8 noviembre, 2015     Comment Closed    

El 6 de febrero de 2014 morían 15 personas al intentar pasar la frontera, en Tajaral, entre Marruecos y España. Cruzando a nado, se encontraron con guardias viciles. La  jueza del juzgado 6 de Ceuta archiva la causa que tenía imputados a 16 guardias por el uso de pelotas de goma contra los migrantes. Cinco cadáveres quedaron sobre el agua. Dice la jueza: «Asumieron el riesgo de entrar ilegalmente en territorio español por el mar a nado, en avalancha y aprovechando la noche, vistiendo gran cantidad de ropa y haciendo caso omiso a las actuaciones disuasorias de fuerzas marroquíes y Guardia Civil». Esta es la historia de Mahmud. Como otros muchos miles entró antes, en 2005, vistiendo poca ropa, pues al igual que casi todos la que tenía la vendió para poder llegar a Ceuta desde Dakar. En la noche en la que entró en el paraíso europeo de espinas y pinchos metálicos, otros cinco cadáveres quedaron colgados, como extraños frutos colgados del arbol fronterizo europeo.

Un dolor nuboso se ha instalado en lo alto de la noche. Mahmud lo sabe. Son las 23.30 del 28 de septiembre de 2005 en los alrededores de la valla de Ceuta. Mahmud exhala el aliento de las hazañas. Ha tardado 3 años en llegar aquí desde su natal Dakar. Todos los lamentos de esos más de mil días caben en el dolor que se avecina esta noche. Se encuentra en uno de los guetos cuyos jefes se han convertido en gobernadores, y los matones hacen de policías. Ha oído la señal de los cameruneses. C´est chaud, it´s hot. La primera tropa de irreductibles baja hacia el punto de encuentro. Los jefes de los guetos se dan cuenta y envían a las milicias para frenar lo que se está tramando. Lanzan piedras a los congregados. A Mahmud alguien le recomienda que se ponga prendas en la cabeza. Un malí arenga al grupo: “llevan demasiado tiempo quedándose con nosotros. Ni nos dejan salir, ni nos dejan comer. ¡Más vale morir que vivir de rodillas! Es la noche la que exhala un aullido que sale de cada una de las asustadas, y agotadas miradas. Todos se dirigen a un claro. Una improvisada asamblea decide, un malí traduce al baramba y a un camerunés al inglés.

– Si avanzamos todos juntos , no podrán coger a nadie

“Queremos legar a la valla a la vez, anhelamos derribar la valla bajo nuestro propio peso” recuerda Mahmud. Se acercan cada vez más. Lo más importante es que bajo esta noche ya abierta como un animal destripado, la policía marroquí no les vea. Arropados en la espesura, emprenden el camino a la frontera sin dilación. Mahmud exhala a duras penas. Su respiración parece querer quedarse quieta en el lugar, no abrir la puerta que la noche deja a la muerte; pero sus piernas caminan hacia la ansiada valla, no han caminado miles de kilómetros para no pasar al mundo, al único mundo.

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Al otro lado de la frontera una patrulla de guardias civiles increpa al grandioso grupo nada más verle. Atónitos observan como la tropa se precipita sobre la valla y levanta decenas de escaleras. Una primera oleada llega a la cima de la alambrada exterior. La escalera por la que sube se rompe de repente; no soporta el peso de todos los que suben junto a el. Mahmud trepa con pies y manos la valla. Mientras, escucha el latido de su corazón sofocado por una ola rompiendo contra la roca. No se dará cuenta hasta después pero sus manos comienzan a ensangrentarse.

En la pista que serpentea entre las dos vallas, los españoles gritan y disparan pelotas de goma al aire. «Cuando se les agotan los cartuchos, empuñan armas, cargadas con balas de verdad. Corren por aquí y allá repartiendo porrazos y culatazos a diestro y siniestro. Les oigo insultarnos entre jadeos: “Putos negros! Putos negros!” Pero somos demasiados. No dan abasto. Se repliegan, acojonados”

Mientras Mahmud escala la segunda valla, llegan más uniformados españoles. Son ya muchos los que tiene las manos rasgadas por las cuchillas adheridas a las vallas. Al volver la mirada atrás, percibe que ha cortado el tobillo nada más alcanzar la cima. Sólo piensa en el guardia civil que le espera del otro lado con la porra levantada. Exhala. De manera diferente. Está en la cima de algo: de la noche, la muerte o a punto de culminar el camino. En ese momento, dos malíes envueltos en varios pantalones y chaquetas que han escaldo la valla por la parte flotante, caen y arrastran a Mahumd que queda suspendido de un pie: una cuchilla secciona su pierna; al moverse, la herida se agranda como un rio desbordado y que estará a punto de desangrarle.

No tiene más tiempo al caer que huir del montón de camiones militares que llega: son la legión. Al correr, encuentra caras conocidas; todos ellos estaban en el gueto. Aún queda llegar a la segunda barrera.

Los muertos

Fue entonces, como si el alba llegara también a gritos, cuando se oyeron los disparos. “Al principio éramos mucho más numerosos, pero a muchos no les dio tiempo a saltar”. Un gran contingente de desafortunados fue interceptado por los marroquíes o por la Guardia Civil. “Yo paseé justo antes de que empezaran a disparar con balas de verdad; no sé quién tiró a dar, pero desde luego vi a los guardias civiles desenfundar sus pistolas”.

Sonó como un pistoletazo. Alrededor de la mesa se sientan esa noche del 28 de septiembre, tendida como un animal muerto, los representantes de La Cumbre hispano marroquí en la oscurecida ciudad de Sevilla. Nada de esto sabe Mahmud. Pero sí los policías marroquíes. Los miles de seres que se congregan en los improvisados campamentos en los alrededores de la frontera, son un preciado acicate para el gobierno marroquí. El ministro de exteriores marroquí se queja durante esa noche en Sevilla de que su país no ha recibido los 40 millones de euros prometidos por Bruselas dos años antes para el control de la migración. El ministro español coincide. y la mesa en forma de u se convierte en un ajedrez donde los peones se clavan en las vallas fronterizas. España recibe el golpe de Marruecos, pero le interesa trasladarlo igualmente a Europa. Y el asalto que está teniendo lugar a esas horas va a acelerar la llegada de dinero para España y Marruecos. La FAD-OCDE otorgará 165 millones de euros para infraestructuras, y España obtendrá 14 licencias en explotación de recursos en Marruecos. La propia frontera se habrá de convertir en un jugoso negocio. Su fortalecimiento, a través del contrato Frontex es ansiado por numerosos lobbies.

Hay cadáveres sobre las vallas. Caídos tras las balas, tras los golpes. Son cinco. Seis; puede que 10. Mujeres u hombres. Hicieron un camino y se quedaron a las puertas del continente que, sin asombro de su paradoja, los considera invasores.

Un camino, un negocio

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Mapa del viaje de Mahmud

Mahmud no ha dicho a nadie de su familia en Dakar que partirá hacia Europa. Ha decidido sumarse a Bambo ¿Quién puede asegurarle que llegará a buen fin? El camino se emprende siempre con el fin de mejorar. Regresar sin haber cumplido ese objetivo es fracasar. Otros muchos antes que ellos no regresaron. Al alba emprende rumbo a Bamako, a unos mil kilómetros. en la frontera con Mali, los aduaneros sacan de cada migrante una mordida. Será la constante en cada control, en cada aduana: en el camino para pagar esta cadena de chantajes, Mahmud y Bambo venderán sus ropas, entregarán los dineros ahorrados. En la resplandeciente ciudad de amarilla luz que es Bamako, Mahmud y Bambo están a punto ser engañados:  a los recién llegados les abordan personas que sugieren rutas, proporcionan noticias sobre guerras en diferentes países de paso para condicionar a lo migrantes. Uno de estos grupos ha comentado a Mahmud y Bambo  que hay un resplandeciente bus preparado para salir en dirección a Gao. El encargado del bar de la estación les alerta; es paisano suyo: el autobus no tiene motor, piden el billete y aseguran que saldrá en doce horas en cuanto las plazas estén llenas; nunca sale.

El paso por las fronteras tiene su ritual: los policías  y militares saquean sin miramientos a cada migrante: puntapies, registros. Piensan que cada uno de ellos llevá consigo un maná de dinero u objetos: el que no paga, no pasa. En la aduana, funcionarios mal pagados, son los que despluman a personas como Mahmud y Bambo. Pero es a grabad partir de aquí, cuando el viaje se convierte «duro de verdad». Al llegar a agadez, en Niger, y cerrado el paso por Costa de Marfil a causa de la guerra, Mahmud, totalmente pelado piensa

– Las promesas del norte nos atraen como imanes. Desde los tiempos del colegio tengo en la cabeza lo cerca que están las costas libias y tunecinas de las islas italianas. Esos puntitos bailan en mi memoria como cuando los acaricianba con mi dedo índice. Hoy me muestran las puertas del futuro.

Agadez es el cruce de caminos del grandísimo Sáhara. La ciudad más pobre de Niger. Sus habitantes viven de la reventa de productos importados e Libia y Argelia, del tráfico de viajeros, turistas o clandestinos. Y su policía vierte en los nigerianos toda la violencia. Mahmud comprueba que en todo el tortuoso viaje a Europa, los nigerianos reciben las mayores palizas. De los pocos que pasan, nadie dirá en los controles del pais que procede. «Bienvenidos, hermanos!», la voz de Buba y su abuelo es del poblado de Mahmud. Desplumado por la policía, permanece en Agadez. Buba les presenta al jefe de la casa de los senegalíes. Es el chairman. Sow, que así se llama, fue en su tiempo un migrante como Mahmud. Se ha asentado aquí y hace negocio alojando y orientando a los de su país.

En el camino de Mahmud habrá muchos guetos con sus chairmans. A veces, las ayudas entre senegales ayudan a pasar al sigueinte gueto. Para muchos, el final estará en quedare en uno de ellos y no regresar, o morir en reyertas o sin dinero con el que pagar la «estancia». Piensa en todos los guetos que ha recorrido en estos tres años de viaje mientras se arrastra con el tobillo inutil y ensangrentado; piensa en su familia, y mira atrás como si se estuviera despidiendo de ella para siempre. Se le ha nublado la vista; ha perdido más sangre de la que pensaba. Los disparos de la guardia civil y los que proceden de Marruecos suenan como las sirenas y las bocinas de su Dakar. Y al cerrar los ojos, una mano le alza para taparle la herida.

La historia de Mahmud está descrita en el libro Partir para contar, editado por Pepitas de calabaza, y de donde se ha extraído una pequña parte de su relato.

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Mahmud con el libro de su relato «Partir para contar», editado por Pepitas de calabaza.
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Autor: Valentine Badiu

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