¿Cómo explicar el sentimiento que se apoderó de nosotros cuando contemplamos de nuevo las casas de madera blancas, los lagos cubiertos de juncos y de hojas brillantes , los álamos, las dalias que miran desde detrás de las empalizadas cuando desde la tierra y el cielo nos sopló en la cara el suave aliento de Ucrania, y ella se alzó ante nosotros con todo su indescriptible encanto, con su infortunio, con su cólera, con su tierra pródiga , con los negros andrajos de lo que fueron hogueras, con la belleza de los ricos jardines entre el fuego y las lágrimas?
Vasili Grossman, 1943
¿Y si la odesita Anna Ajmatova hubiera sido la fundadora de ese país? ¿y si un poeta disidente como Osip Mandelstann hubiera redactado las leyes ¿y si Stalin hubiera quedado relegado a comparsa de una epopeya georgiana ya olvidada? ¿Y si Rusia viviera en la palabra y no en el puño?
Adam Zagajewski. 1985
De todos los reportajes, artículos y comentarios que se han hecho sobre Ucrania desde su invasión, ninguno tiene la luminiscente humanidad del ensayito de Marta Rebón, El complejo de Caín publicado por Destino. Ve la luz justo al mismo tiempo del descubrimiento de las fosas de Izium que pueden albergar 400 ucranianos ejecutados, y cuando el todopoderoso Putin anuncia la movilización hacia el frente de 300.000 rusos hasta ahora en la reserva o jóvenes reclutados forzosamente. Traductora y escritora, Marta Rebón rescata en su ensayo a escritores ucranianos de todos los tiempos, algunos integrados oficialmente en la literatura rusa, como Gógol, Chejov, Svetlana Aleksiévich, Luidmila Ulitskaia, Vasili Grossman, o Mijael Bulgakov. Reivindica Ucrania como un lugar metafórico de encuentro, de cruce, de fertilidad literaria y filosófica, de hibridez hermanada y creadora. El sempiterno tentáculo de hierro autocrático del patriarcal vecino ruso, con su marcha acorazada e imperial, ha cercenado desde 1917 esa fertilidad creadora. Ucrania, su lengua, su literatura y sus artistas, al margen del idioma en que estos se han expresado desde entonces, han sido víctimas de las caprichosas fronteras, de la prohibición de su lengua y la desaparición por millares de sus creadores. La invasión rusa iniciada el 24 de febrero parece ser el eslabón otra vez unido a esa tremenda cadena del guerrerismo imperial ruso: Checoslovaquia, Afganistán, Chechenia, Siria, Mali, Sahel, Ingusetia, Ucrania.

Una de las fuerzas estratégicas del aniquilamiento, señala Marta Rebón, con sus mentiras y brutalidades fue operar en un ángulo ciego de la imaginación. En los primeros días de abril, cuando las tropas rusas se retiraron de los suburbios de Kiev, dejaron atrás fosas comunes, calles sembradas de cadáveres de civiles con las manos atadas a la espalda, ejecutados a corta distancia. Nada de esto era imaginable. Como tampoco lo era Auschswitz, Dachau. En su novela El monstruo de la memoria, se dice que el éxito de Alemania fue perpetrar los asesinatos en masa en otros países para que Alemania permaneciera hermosa, limpia y hermosa.
Bajo el estruendo macabro del cese de las bombas, Marta Rebón ve a las embarazadas abrazadas a su vientre salir de los cascotes del hospital materno infantil de Mariupol. Toda esa inconmensurable violencia estaba, recuerda, en las luminiscentes crónicas de Vasili Grossman sobre el horror de Stalingrado bajo el atroz asedio alemán, en sus primeras crónicas de las fosas comunes y los campos de Treblinka. Rebón recupera a Vasili Grossman, de origen ucraniano, purgado por los regímenes del hielo y el deshielo ruso – Stalin y Kruschev -. Rebón recuerda a Grossman en la estación rumana de Ereván reflexionando sobre el nacionalismo: “el carácter nacional es un matiz, un color de la naturaleza humana, su forma cristalizada. La relación entre personas de nacionalidades diversas enriquece la conciencia humana y la hace más coloridas, pero la condición necesaria para ese enriquecimiento, la primera, la principal, es la libertad”. Solo renunciando a la idea de superioridad del carácter nacional se alcanzaría la dignidad del pueblo ruso, de su literatura, de su ciencia.
En el caso de las letras rusas, tan familiarizadas con la censura y la persecución, Marta Rebón recuerda que gran parte del pensamiento, la filosofía e incluso la conciencia democrática sobrevive en su literatura. El cálido alumbramiento de estas cumbres de origen ucraniano – Gógol, Chejov, Svetlana Aleksiévich, Luidmila Ulitskaia, Vasili Grossman, o Mijael Bulgakov – de la literatura rusa, sirve a Marta Rebón para describir literariamente el terror que ha dado origen a la invasión de Ucrania a las decenas de miles de muertos, millones de desplazados y heridos: el mito de Caín. “Caín, ¿Dónde están los que trajiste aquí?”
El complejo de Caín. Marta Rebón. Destino, septiembre de 2022. 126 páginas