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El criminalista del país de las últimas cosas (I)

Revista Hincapié 6 abril, 2013     No Comment    

De la tierra surgen los desaparecidos. De la tierra atroz. Del atroz modo en que acabaron en la tierra y del atroz modo del que emergen. Este es el relato que de El  Salvador hacen Carlos Martínez y Bernat Camps, extraído de la revista salvadoreña  El Faro y que obtuvo el premio Ortega y Gasset en 2011.

Capítulo I: Un hermoso paisaje

Policías custodian una milpa en la que se descubrió un cementerio clandestino.

William está muerto y ahora se me deshace entre las manos cuando intento sacarlo del lodo. Está blanco y mínimo y desde su tumba me da la mano. Israel, a mi lado, sigue palmeando la tierra, metiéndole guante en el útero -cada vez más fétido-, haciéndola parir el cadáver de William y adivinando qué fue lo que pasó…

                                                                     * * *

 Mediados de 2009. Un grupo de hombres jóvenes camina en lo oscuro, por la angosta vereda que atraviesa una finca cafetalera en Santa Ana. Conocen bien el terreno y adivinan cada vez que el sendero se retuerce entre piedras o se lanza ladera abajo en medio de los arbustos. Esta noche uno de ellos va a morir, pero él no lo sabe.

                                                                      * * *

 Junio de 2010. Las llantas de la todoterreno hacen fiesta en un charco y brincan en un camino que evidentemente no fue pensado para carros; o más bien, que no fue pensado. Buscamos un sendero que nos lleve al corazón de esta inmensa finca. La comitiva está compuesta por un pick up lleno de policías, una todoterreno negra y un último vehículo en el que viajan dos periodistas convencidos de que se están metiendo en un terreno-trampa. Este resulta ser un camino sin salida, que acaba en un yacimiento de piedras, intransitable para el más fiero de los carros. Uno de los policías baja a examinar el lugar y lo recorre haciendo gestos de desaprobación. La solución, dice el policía, sería estacionar aquí y caminar los dos kilómetros que faltan para llegar. Los dos agentes que deberán quedarse al lado de los vehículos haciendo guardia se miran asustados. El sitio es ideal para una emboscada perfecta. Un oficial decide que será mejor probar suerte por otro flanco y los dos policías respiran aliviados.

Después de desandar el primer camino, la comitiva se detiene frente a una casa campesina, con su cerco de alambre y palos; con su pozo surtidor de agua; con un inmenso árbol de mango que le da sombra a la casa de bahareque. Un policía baja del pick up y abre el falso como si aquello fuera suyo. “Pasen, aquí pueden dejar los carros”. Una mujer se asoma por la puerta y vuelve a esconderse. Nadie nos da la bienvenida.

De la todoterreno negra bajan la fiscal a cargo de la expedición e Israel Ticas, el tipo que nos ha traído hasta aquí y cuyos talentos hemos venido a apreciar en persona. Dicen que habla con la tierra. Él se cambia las zapatillas deportivas por unas botas militares gastadas y lodosas y comienza a seleccionar el equipo que usará en esta expedición: dos palas regulares, una palita angosta y filosa, un azadón, algunos picos, una bolsa de guantes de látex, mascarillas y una caja blanca repleta de escobillas, pinceles, rastrillos y un sinfín de instrumentos que en otras manos definirían a un jardinero cuidadoso.

                                                                     *  *  *

Mediados de 2009. Poco a poco William va entendiendo el paseo. Mientras se adentran en el cafetal las cosas van cambiando. De pronto ya no es parte de un grupo, sino que está solo y rodeado. A veces la diferencia entre una cosa y otra es tenue, muy tenue. William cae en cuenta de que es prisionero y que tiene los caminos cercados; que ha caído en una trampa, en medio del lomo perdido de un cerro sembrado de café. Los homeboys no son sus amigos y, sin saberlo, él les debe su vida.

Antes de esta noche, William vivía en la comunidad de colonos dentro de esta finca santaneca y se buscaba la vida en los alrededores del mercado Colón. Según se dice, no hacía nada en particular, malvivía de lo que se puede malvivir por aquí: ora cargo esto, ora arrastro este bulto, ora ayudo a vender o a parquear o a limpiar, ora grito… lo que sea. Alguna vez intentó irse a Estados Unidos para escapar de la miseria, pero el camino de los sin papeles pudo con él y volvió a dar con sus huesos en la finca, saliendo a diario a procurarse el pan en los alrededores del mercado Colón. Hay otra cosa que decir acerca de los lugares vitales de William: están peleados a muerte. No hay un porqué claro. Posiblemente no haya uno, racional al menos, pero lo cierto es que están peleados a muerte: dentro de la finca, los homeboys llevan tatuada en la locura la garra de la Mara Salvatrucha; y el Barrio 18 considera que el mercado Colón y sus alrededores le pertenecen. Deambular entre ambos lugares es apostarle demasiado a la suerte, que suele ser un bien escaso en esta pugna. A alguno le ha parecido que William coquetea demasiado con el enemigo y eso se paga con el propio pellejo. Es cosa de invitarlo a dar un paseo entre los cafetos… total, se conocen desde niños, han crecido juntos, y quizás por eso William dijo que sí.

                                                                         *  *  *

Junio de 2010. El cielo amenaza chubasco, las nubes se han puesto ceñudas y una luz mortecina alumbra sin ganas el camino. Somos una caravana de andantes, palas en mano, cargando una caja blanca llena de instrumentos de jardinería.

Fiscales, policías, criminalista y periodistas forman la caravana que buscará un cadáver en una finca santaneca.

La  fiscal es una chica sonriente, con el ánimo impoluto, a prueba de mierda.  Sube sudorosa por el sendero, con su gorra y sus tenis blancos, como lo haría una turista. Al terminar una cuesta se detiene a tomar aire y abanica con las manos su cara enrojecida. “¡Ufff, ufff!», sonríe, y mira a su alrededor. «Es tan bonito el paisaje… si no fuera por lo que venimos”. Y se ríe.

Dos ancianos curtidos por el sol cuidan su milpa en las faldas de una ladera empinadísima, en la que ya crecen pequeñas plantitas verdes. Han conseguido que las semillas germinen en las paredes de este cerro duro y que las matas engañen a las piedras. Todo parece una labor imposible, como preñar a una cucharada de sal; pero ahí están, pequeñas y verdes, asomando por este cerro rocoso. “Por aquí deben de haber pasado”, dice la fiscal, asumiendo su papel de guía. Más adelante nos adentramos en el cafetal y seguimos cuesta arriba, entre las sombras cerradas de los cafetos, hasta llegar a un sendero estrecho que bordea un risco. Es obvio que ha llovido mucho recientemente y el terreno se ha lavado, reduciendo más el sendero. La expedición se detiene. Este es el lugar que buscamos.

                                                                  *  *  *

Mediados de 2009. No sabemos qué conversación tuvieron, o si tuvieron una. Si William trató de escapar o suplicó. Si alguien le explicó por qué, por qué, por qué se iba a morir en mitad de un cafetal, por qué desaparecería ese día. No sabemos si alguno de ellos realmente entendía por qué… No sabemos qué ocurrió antes de que cayera sobre su cuerpo el primer machetazo. Corte profundo. Sigue vivo. Otro machetazo. Vivo. Otro machetazo, otro machetazo, otro machetazo… Es de noche, y un grupo de hombres jóvenes despedaza con afiladas hojas de machete a otro, que caminaba con ellos. Los asesinos creen que es su deber, que él les debía la vida, que lo que hizo –cualquier cosa que haya hecho- era un agravio insoportable y no se detienen aun después de que el cuerpo dejó de moverse, cuando aún se retuercen solo algunos músculos, con espasmos involuntarios. Más machetazos, más machetazos, más machetazos. Han convertido al cuerpo en varios trozos: a la mano le faltan dedos, a las piernas les faltan pies… se llamaba William y vivía en una inmensa finca cafetalera en Santa Ana.

En el fondo de un risco bordeado por un estrecho sendero, los homeboys cavan una tumba profunda, y en ella dejan caer a William. Desde ese día su madre está molesta… el muchacho -cree ella- se fue para el norte sin despedirse, dejándola afligida… ya lo había hecho antes, y tal vez esta vez sí llegó y se estará buscando la vida, tal vez estará bien y de pronto llamará.

Tiempo después, la Mara Salvatrucha se volverá a mover, y la desconfianza apuntará a uno de los asesinos de William, posiblemente por razones igual de nimias que las que pesaron sobre este. Le decretarán luz verde, la pena de muerte pandilleril, y él buscará a la policía para salvar el pellejo. A cambio de protección tirará rata, denunciando a sus perritos, a sus ex hermanos de furia, que entonces ya lo buscarán para matarlo. La policía le asignará un código como testigo protegido y será prohibido mencionar su nombre. El pandillero convertido en soplón mostrará a los policías el lugar exacto donde enterraron a William y el caso llegará a la Fiscalía. Tarde o temprano –tarde, más bien- el caso terminará en el despacho de un tipo pequeño y nervioso, que se llama Israel Ticas.

                                                               *  *  *

 Junio de 2010. “Mire esas fincas», me dice la fiscal, que no ha dejado de abanicarse con lo que encuentra, «todas están llenas de muertos”. En el fondo de este risco los zancudos son inmensos y azules, y devoran a la pobre fiscal en nubarrones iracundos. Ella sigue enrojecida y sonriente, respondiendo preguntas.

-¿Habrán enterradas ahí unas 5 personas?

-¡Noooo, más!… Cuando metan máquina ahí para construir, van a tener que ir parando cada metro, para sacar los cuerpos.

-¿Serán unos 10 cuerpos?

La mujer vuelve la cara para ver al investigador policial y ambos ríen.

-¡Mááás, mááás!

-¿15?

-Más.

-¿Cuántos?

-Muchos, muchos. Todas esas fincas están llenas de muertos. Ja, ja, ja…

Ayudados por raíces y deslizándonos en el lodo, hemos bajado el risco, hasta el lugar señalado por el testigo protegido, “clave Luisiana”. El cielo sigue augurando tempestades aunque no se anima a desatar y todos padecemos un aura de mosquitos que, por su tamaño, bien podrían estar dentados. Israel y dos ayudantes limpian la zona con rastrillos hasta dejar el terreno libre de hojarasca.

El investigador policial se aleja para tener perspectiva de la escena porque algo no le cuadra; el lugar no es el mismo desde cuando vino aquí con “clave Luisiana”, pero no sabe exactamente por qué… algo se ha movido… quizá ese árbol… quizá solo sea el deslave.

Israel ve el terreno limpio y comienza a hacer su truco: donde todos vemos tierra húmeda, él distingue colores y formas. Texturas. Buscamos una tumba hecha hace un año de la que solo conocemos una ubicación aproximada y un dato que rescató la memoria del testigo: sobre el cadáver mutilado arrojaron una gran roca y luego lo sepultaron con tierra. Israel mira el lugar y mueve la mandíbula de forma compulsiva. Hay algo raro. Pica el suelo y sus instrumentos develan tierra compacta y tierra suelta; sigue la pigmentación y se concentra en un semicírculo que apenas se distingue. Cavamos unos centímetros y él ausculta minuciosamente el agujero antes de dejarnos seguir. Otros centímetros y vuelve a palpar la tierra, a hacerle acupuntura con unos palillos, a verle el color… así, hasta que conseguimos bajar un metro y la tierra se convierte en un lodo muy pastoso. Nada. Ni una señal de nada. Los policías insisten en que el testigo los ha engañado, que la tumba está vacía, pero algo en la tierra le hace guiños a Israel. Luego de unos centímetros más encontramos un promisorio montículo de rocas y bajo ellas… nada. Primera conclusión: la pandilla desenterró el cadáver y lo sepultó lejos. Suele pasar: se enteraron de que la policía husmeaba la zona y decidieron borrar las evidencias antes de que el desenterrador apareciera. Todos insisten en que ha sido trabajo perdido, pero a Israel la tierra la sigue diciendo cosas.

Suenan dos disparos y los agentes, nerviosos, desenfundan. Suben el risco y toman posiciones… silencio… y entonces… nada. Unos jornaleros que pasaban por el lugar se ven de pronto rodeados por policías con armas en mano; muestran sus mochilas a los agentes y siguen su camino refunfuñando. La pandilla solo quería decirnos que está aquí y que sabe que estamos deshaciendo su obra.

El cielo sigue amenazando con su berrinche, los pequeños terodáctilos nos devoran, el terreno  ahora se ha convertido en un micropantano, los policías insisten en que nos larguemos de este infiernillo y este suelo sigue diciendo cosas que solo Israel escucha… hasta que aparece el primer premio: pelo. Pelo humano. Un mechón mínimo y ligeramente encarnado, valiosísima fuente de ADN. Suficiente. Pero Israel olisquea el lodo, palpa el agujero y escucha ecos secretos… ¡hay más! Escarba con sus manos y le registra la entraña a esta zanja. “¡Pónganse guantes, yo solo no puedo registrar toda esta tierra”. En seguida el fotoperiodista y yo nos sentamos en el lodo, revisando con las manos cada puñado de este amasijo y así fue como, en la palma de mi mano, en medio de aquel desperdicio, vi por primera vez a William, cuando apreté con los dedos un trocito irreductible, blanco y mínimo. Después voy a saber que se trataba de un metacarpo, uno de los 27 huesos de la mano humana. Después aparecería otro, y luego un metatarso, los huesitos de los pies… en total 21 pedacitos de pies y manos. Luego aparecerían dos dientes y dos costillas que alguien olvidó al retirar el cuerpo de su tumba original. Para entonces ya la tierra había cambiado su olor, porque estaba pariendo un hijo muerto.

El foso topa con otro yacimiento de piedras cuando la tarde amenaza con racionarnos la luz. Pero Israel ya no puede parar. Ha aparecido una bota. Un zapato tosco y desgastado, pero que atesora dentro el último rastro de piel. En ella hay un pie aún en descomposición. Los asesinos olvidaron sacarlo todo, dejaron partes ínfimas del hombre que asesinaron, lo cubrieron con piedras, lo enterraron de nuevo, alteraron el sitio… pero William terminó naciendo otra vez, desde un útero de lodo.

Evidencias de que el cuerpo de William estuvo enterrado en este foso: Dos botas (una con pie dentro), dos costillas y varios huesos de extremidades.

Ahora que salimos de este lugar, la tarde pone ya sus colores más tiernos sobre la finca. Habrá sido la cuesta inclemente, o la duda con la que caminaba al venir, pero no había reparado en el lugar en el que estoy. Ahora se abre ante mí una anchura infinita, inmensa… El Salvador es un paisaje hermoso, hermosísimo, que se baña de una luz naranja, donde duermen unos cerros tibios y apacibles. El fin de esta tarde es bello y sobre una loma sembrada de maíz baja una caravana de andantes llenos de palas e instrumentos de jardinería. Ahí va William, que ahora es “21 hueso pequeño, 2 costillas, dos piezas dentales y una bota con pie”. Cabe entero en un puñado de bolsas de papel.

Capítulo II: El criminalista

Israel Ticas en el proceso de pulir un cadáver, utilizando un instrumento que le sirve para desmoronar la tierra de los cuerpos.

La anterior sede de la Fiscalía era un lujoso complejo de edificios con paredes de cristal azulado, cuyo alquiler mensual costaba 220 mil dólares. En la primera planta podía leerse un cartel que indicaba con flechas blancas el camino hacia las oficinas de ese nivel: “Resolución alternativa de conflictos”; “Unidad de seguridad”; “Sección de almacén” y…  “Criminalista”. Así, en singular. Un singular muy bien usado, por cierto.

Si de algo no se puede acusar a la Fiscalía es de ostentosa, al menos en lo que se refiere a su personal. El rótulo de la entrada tranquilamente hubiera podido decir “Israel Ticas” y apuntar con la flecha blanca la ruta hacia el despacho del único criminalista con el que cuenta la institución. O sea, el único para todo el país justo en esa función.

Se puede explicar la relevancia de la criminalística diciendo que es a lo que se dedican los protagonistas de la serie televisiva CSI… o aclarando que la criminalística es una ciencia de la que se vale el derecho penal para descubrir, explicar y probar los delitos, a fin de presentar pruebas incontrovertibles en los juicios. Los criminalistas son las personas que recaban esas pruebas: diseccionan escenas de crímenes, hacen retratos hablados, reconstruyen cadáveres, determinan la fecha del cometimiento de un crimen… De nuevo: la Fiscalía salvadoreña, que debe procesar 4 mil homicidios al año, sólo tiene a una de esas personas.

Parte de la oficina del criminalista: bajo un mural con fotos de cadáveres mutilados se encuentra un sofá-cama en el que suele dormir. Sobre el mueble descansa su colección de peluches y almohaditas.

De todas formas, al entrar a la oficina de Israel se despejaba cualquier duda sobre la naturaleza de su oficio. Si los primeros hombres decoraban sus cavernas con dibujos de su cotidianidad -o sea, un conjunto de animales, una caza de ciervos- Israel hizo algo parecido en su despacho, lo decoró con fotografías de su vida diaria: de un enorme terrón salen dos pies semipodridos… “Un ingeniero, que habían secuestrado”, explica Israel, a modo de pie de foto. En otra imagen, él mismo sostiene del pelo la cabeza de una mujer, de la que aún pende un pequeño tramo de la columna vertebral. En una más, el esqueleto de una mujer ha sido desenterrado y yace sobre su tumba con sus piernas abiertas de par en par. La cabeza de un tipo está hinchada y amoratada; antes de matarlo, sus captores le  mutilaron el pene, hicieron tragárselo hasta asfixiarle, y luego le cosieron la boca…

Toda una pared estaba decorada con un catálogo insufrible de torturas, de cuerpos macerados, estrujados, mutilados… 37 imágenes que no dejaban nada a la imaginación. Era difícil mirar aquel mural mucho tiempo. Israel perseguía con su mirada los rostros de los visitantes, para cerciorarse de que el decorado había conseguido su efecto repelente. “Esa es la verdad de las cosas, así son las cosas en este país y yo no quiero que se oculte nada”, explicaba, con una sonrisa triunfal. Colocados sobre un estante había una serie de huesos humanos cuidadosamente ordenados: un cráneo, un fémur y otros varios dispuestos según su tamaño. También estaba una maqueta del rancho donde fue violada y asesinada Katya Miranda. La niña estaba representada por una muñequita de plastilina tirada sobre la arena.

Israel Ticas no es criminalista de profesión. Se formó como ingeniero en sistemas para nunca ejercer como tal. Trabajó en la sección de investigaciones de la temible y extinta Policía Nacional y desde entonces le ha ido robando mañas a la empiria para entender de técnicas y de huesos; de estados de descomposición, de pigmentación de la tierra, de retratos hablados… detrás de su escritorio había 14 diplomas que acreditaban su participación en seminarios de investigación forense desde Israel hasta Argentina.

“Hace poco vinieron unos estudiantes para que les hablara de asesinos en serie, por un caso de un tipo que mataba indigentes… eso no es nada, era un loco. Ahora cada marero ha matado a un montón de personas, todos son asesinos en serie”, aventuraba Israel, haciendo ademanes, con sus gestos compactos, con la mandíbula siempre apretada. Aquella vez vestía como un oficinista, con zapatitos negros bien lustrados, con una corbata azul, con la camisa por dentro del pantalón y se colocaba unos atormentados anteojos para consultar su computadora. Le daba vergüenza lucir de aquel modo e insistía en mostrarnos fotografías donde aparece con su look más personal: él embutido en una especie de traje espacial –que en realidad es un traje sanitario- desenterrando unos cadáveres en descomposición; él en mangas de camisa comiendo su pastel de cumpleaños a la par de un cadáver momificado de mujer; él a punto de ser descolgado al interior de un pozo -de nuevo con el traje espacial- para sacar… sí, para sacar cadáveres.

Refunfuñaba sobre la labor policial, maldecía y vociferaba contra los investigadores de la policía que desentierran cuerpos como quien desentierra llantas y tiran a la basura ropa, carteras, navajas, botellas de vidrio que se encuentran en la escena del crimen. “¡Las tiran a la basura! Yo les digo: ¡puta viejo, pero aquí hay evidencia!”, recordaba. Contó un par de anécdotas, que incluían el cuento de cuando un inexperto desenterrador le partió la cara a un cadáver con la pala, alterando de forma grave la escena del crimen; o cuando se las ingenió para sacar 10 cuerpos de un pozo de 33 metros de profundidad, gracias a un cálculo trigonométrico que le permitió llegar al fondo del agujero… o las palabras con las que aconseja a las estudiantes: “Que no se vaya a fijar en ustedes un marero, no se vistan depravantes, no se pongan hilos dentales, ¡las van a matar!”. En el mundo de Israel, el sonido que hace la vida es así, un ritmo de gente que va a matar y de otra que se va a morir.

También es un artista, aunque su fuente de inspiración sea siempre una tonadilla con ese mismo sonido: de los que matan y de los que mueren. Es un retratista minucioso. Escucha a las víctimas y va sacándoles de la memoria el rostro del agresor y haciéndolo aparecer sobre un papel, a fuerza de trazos en lápiz. En su oficina también colgaban algunos rostros dibujados, que por obra y gracia de la vanidad están comparados con la imagen auténtica de los personajes a los que retratan. Cuesta creer que el retrato fue hecho antes de ver la imagen de los tipos reales. También es pintor. En su caverna había uno de sus lienzos: sobre una sesta de mimbre hay un tronco de mujer, con el pubis desnudo y un sinfín de pechos apilados.

Le sonó el teléfono y antes de contestar cambió el rostro y se le perdió en las mandíbulas su gesto fanfarrón. Meneó la cabeza con pesar. “Esta es una señora que me llama todos los días”… y puso el altavoz. Del otro lado de la línea llamaba alguien desde el infierno, con la voz que tienen las personas que viven desolladas.

-Hola, ingeniero, disculpe que lo moleste…

-Hola, madrecita.

-¡Ya no aguanto, ingeniero! -y se le desparramó la voz, y se le hizo llanto.

-Sí, madrecita.

-Ya no puedo, ingeniero… todos los días… todos los días…

-Sí, madrecita.

-Ponga esmero, ingeniero.

-Aunque sea la medallita le voy a llevar, madrecita. Cálmese, primero Dios lo vamos a encontrar.

-Me cuesta tanto, ya no aguanto…

-Sí, madrecita.

La conversación siguió así varios minutos. Con cada frase la mujer arrastraba más la voz, se quejaba de un dolor insoportable e Israel resoplaba entre dientes el impotente analgésico “sí, madrecita”, y algo vidrioso en los ojos le traicionaba el semblante de tipo rudo y cada vez que ella gemía su tormento, él endurecía la cara y volvía a resoplar lo inútil.

Israel Ticas en su despacho.

La que se desgarraba en el teléfono era una mujer cuyo hijo había desaparecido hacía más de un año; así, sin dejar rastros. Un día no volvió más, y pasado un tiempo ella tuvo la certeza de que el fruto de su vientre estaba muerto y sepultado en algún lugar de este cementerio que es un país y desde entonces se le aparece a Israel en cada excavación de la que se entera y llega con agua y con comida y la reparte para que la dejen estar y espera como un perro a ver si a los huesos de su único hijo los vomita la tierra… pero nunca los vomita. Y a ella se le va la vida y llama, todos los días, al único criminalista de la Fiscalía y todos los días él no ha tenido otra cosa que decirle que “sí, madrecita; sí, madrecita” y resoplar frustrado.

Israel sabe quién es el asesino del muchacho. El homicida es un pandillero convertido en testigo protegido. El homicida fue la pieza clave en el hallazgo de un cementerio clandestino en el que apareció ella, y el asesino comió su comida y bebió su agua… después, compadecido, le pidió a Israel que le preguntara a la mujer si su hijo cuando desapareció no andaba, de casualidad, una medallita en forma de delfín, y sí, sí la andaba. Desde ese día Israel Ticas espera que el laberinto legal, que el papeleo formal, que la orden de un juzgado, que una investigación policial, le permitan volver a hablar con el asesino para que él le cuente dónde mató al muchacho y dónde lo sepultó.

Colgó el teléfono con la cara terremoteada y resopló varias veces antes de poder hablar: “¡Puta, puta!…” y nos esquivaba la mirada, apretando la mandíbula… “¡Me va a valer verga y se lo voy a ir a sacar por mi cuenta!” Poco a poco, los músculos de la cara se le fueron relajando, y en los ojos se le iba apagando aquella antorcha insensata, y tal vez iba recordando que así es el ritmo de su vida: unos que matan y otros que se mueren.

Hubo un silencio que había que romper y a Israel se le ocurrió que le echáramos un vistazo a uno de sus tesoros: una agenda organizadora gordísima, que más parecía un acordeón, imposible de cerrar, donde las pastas casi quedan en juntura perpendicular. Dentro había un sinfín de garabatos, bocetos de excavaciones y otro aterrador compendio de imágenes. Israel tiene una obsesión con poseerlo todo, con retratarlo todo. Cada día de su vida está fotografiado. Si un día lo visitan en su despacho unos estudiantes, él les toma una foto, la imprime y la pega en su agenda; si va de paseo con amigos, también; si lo entrevistan unos periodistas, también… si desentierra un cadáver, también.

Ojear la agenda de Israel es casi un ejercicio siniestro: rostros irreconocibles, cadáveres momificados, cuerpos “saponificados” –inflamados, putrefactos, ennegrecidos-, cabezas sin cuerpo, miembros amputados… Señaló un estante y en él dormía una pila de agendas igual de gordas, con el mismo contenido de años anteriores, que preferimos no abrir.

Nos despedimos chocando palmas y puños, pero antes de salir nos detuvo: “No´mbre, no se van a ir así no más», dijo. «Pónganse contra la pared”, nos instruyó, mientras desenfundaba el aparato con que iba a dispararnos: una cámara fotográfica. Posamos para él y disparó un par de flashes. Días después nos mostró su agenda y ahí, junto a un sinfín de cadáveres anónimos, el fotoperiodista y yo engrosábamos su acordeón de papel.

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Autor:  Revista Hincapié

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