En las ciudades hay un código que más de emergencia ante los siniestros es de orden jerárquico: sirenas, alertas, patrullas policiales, bomberos, ambulancias… ante cualquier aviso. No es tanto actuar en lo que sucede como hacer ver que el Orden reacciona y sucede. Para inducir al común de siniestrados que sin el orden llegando, ocupando, abarrotando la escena de lo que ocurra no habría mas que desorden. La alerta y su perversa prima hermana la alarma, dan el paso ante el vulgo corriendo de aquí hacia el infierno: llegan los
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Ha llegado el ébola. Aquí estaba bajo otro nombre: el virus que mata constriñendo la vida, en lo poco de salubre que les queda a quienes sobreviven sean de la clase o suburbio que sean. Se trata de la bacteria que reduce cualquier vida a mercancía cambiable. El terror bacteriza por todos lados, según vociferan las agencias de información: Liberia, Madrid, Levante, quizá Bilbao. Mañana será alguien que vive cerca tuyo. Torredolones, Quintanilleja de los Azahares, tu propio cuarto de baño.
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Dejen actuar. Obedeciendo, cediendo. Por su propia seguridad. De la seguridad saben ellos, y de ella se deriva y administra la salubridad. ¿Tienen miedo?
¿A qué? Permitíos un lapso en la razón práctica cotidiana: si la vida y la muerte ya están administradas a diario y mediante decreto por
gestores, especialistas, expertos
a qué viene este vals desenfrenado de tóxicas noticias?
a crear mediante la catástrofe un poco de legitimidad perdida;
por profilaxis:
obedezca, siguiendo las instrucciones. Su código de ciudadanía es un prospecto médico. Saltarse las contraindicaciones conlleva efectos secundarios para usted y toda la comunidad. Colabore.
Por profilaxis:
rehúse; preguntarse por todo no tiene sentido en un momento como este. Póngase a la cola del consenso. Atienda las indicaciones.
Está usted todavía vivo: dé las gracias. Gracias por su colaboración.
