Escribe poemas y relatos, pensamientos y reflexiones con los que intenta clarear el líquido negro que en ocasiones enturbia las vidas. Vive en Bermeo y tiene ocho brazos, manos como ventosas que absorven con presteza todo lo que ocurre dentro y alrededor de él.
Dice: “ Las palabras son nuestras
y empiezan a valer
y a sabernos…”
Y sigue escribiendo como una contracción espasmódica, involuntario calambre que llama el cálamo estimado a personajes y situaciones, predicciones, amenazas, admoniciones, con un uso lingüístico intuitivo y espontáneo, rapido y ágil de buen narrador que tiene el entusiasmo estético, el deseo de compartir con los demás una experiencia que supone valiosa y que teme pudiera perderse.
En la última visita que le hice me regaló su nuevo libro y un cuadernillo dactilografíado. Llovía en Bermeo. Mayo pluvial. Ignacio Landa sigue escribiendo con abundancia, es una nube que recibe muchas solicitudes de su agua y de la luz solar suspendida en la atmósfera de Tremensburgo.
He aquí una muestra de su estancia en París. Era otro siglo.
En París me encontré con personajes verdaderamente pintorescos, aunque iban a pie de calle tenían marcas elevadas. Había allí un mexicano que se llegó andando a la ciudad luz desde Le Havre, donde había desembarcado. Era campeón de ajedrez en su país, le di cobijo en mi buhardilla, solo se quejó del agua y no de dormir en el suelo.Tenía aspecto de caucasiano y decía ser parte de un club selecto que tenía una caja de acogida en cualquier lugar del mundo. No sé entonces por qué durmió en mi buhardilla, sino por mi invitación a que lo hiciera al verle desamparado en la calle. Iba andando feliz cerca de la plaza de los Vosgos, donde se alojaba el poeta Octavio Paz y el pintor Miguel Barceló, con J., un vasco de Donosti que escribía desesperado, poemas de exiliado que no eran precisamente del siglo de oro, si no apuntes que daban una idea del país en los ochenta. Uno de ellos empezaba así: “ A quien me mató, me ha matado, o me matara, la diglosia es una perra que se muerde los labios”, era imposible mantenerse indiferente y hasta el más pasota quedaría impresionado a nada que los leyera. Yo me volví de París dispuesto a hacer las cosas bien pero se me ingresó en un manicomio como pronosticó J., en donde personajes especiales no me han faltado jamás, tanto es así que ahora me parecen normales. Curiosamente es ahora cuando más deseo el trato con gente normal de verdad, con quienes compartir palabras de verdad. Tambén había en París un violinista irlandes, vivía en una calle de impasse, que tocó una noche una melodía de establo irlandesa. A la vuelta no encontraba mi casa, tocó la pieza desde una cama mientras le abrazaba una mujer japonesa. Encima solo estaba el tejado. Escribo esto cerca de la locura pensando en que podría escribir un bestiario y tendría sentido, tal es la fuerza de los viajes, lo snob y los extranjerismos. También cercano a mi buhardilla vivía el sr. José Bofill, un valenciano, mayordomo jubilado que hacía un excelente arros de la albufeira y me llevó al mercado de las pulgas y a la misa del Gallo, al lado estaba un andaluz que escuchaba a Paco Ibañez en el Olimpia y que parecía de vuelta de todos los señoritos que iban a París en busca de un sueño. Aquí, en el manicomio solo tengo a una amiga que es más o menos normal y hace comercio justo en los trueques de café y tabaco. Los psiquiatras, en otro orden, también tienen algo de pintoresco y cómico si se les sabe mirar.
Es difícil hacer un trabajo serio con este material, cerca de la locura, los cantaores de la calle me dedican lindezas y conversación que es la de todos los parias. No me quería morir sin escribir este cuento hecho de una cruda realidad. A los personajes del manicomio no se les puede medir con el mismo rasero que a los de Paris o a los de la calle. Aquí al cabo damos un ejemplo de convivencia en diferentes. Aquí, en el manicomio de Bermeo, estamos cerca del mar siempre amado por el hombre libre, al otro lado está la tele y la tecnocracia. Créeme amigo lector, es difícil encontrar el norte.
Ignacio Landa Lara