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El inefable juez que no cabía en sí mismo

Valentine Badiu 12 diciembre, 2014     Comentarios cerrados    

El ex juez Garzón ni se aparta, aún menos se retira, sino que reocupa con todo su volumen desagraviado el brumoso lugar mediático del que fue maniático y adicto. De vedette nacional a espúreo juzgador juzgado, se niega al juicio inexorable del olvido. El juez, bregado como partícipe en los bajos fondos de la judicatura y el poder tan corruptos como conexos, hace bolos modestos en los saraos menos sospechados. El deshonorado Garzón ocupa toda una página del último número (diciembre de 2014) de la revista Mongolia. El mensual satírico, en su hacer bien pensante, reproduce el prólogo que el carnoso juez hace del thriller al uso del periodista Yoldi – deportado hace unos años de la tribu progre del diario El País -. La propia revista es la editora del libro. Garzón vive ahora arrimando sus carnes a las hienas que un día quiso enrejar. En la presentación del mencionado libro, nuestro ilustre se sentó al lado de Gonzalo Boyé, editor de la revista Mongolia, encausado en su día por el magistrado. Ver para creer

Gonzalo Boye, Baltasar Garzón, José Yoldi.

En el prólogo del libro de Yoldi Garzón escribe de sí mismo, sin caber casi en su prosa, ofreciéndonos, al revés que la misma luna, su sintaxis más legible. Huye de sus prosaicos sumarios zurzidos con sospechosos de trena preventiva por si acaso y de las extravagantes sentencias cerrando medios de comunicación, haciendo verónicas al artículo 20 y a los que se tercie, olé el arte de su merced el juez. Baltasar habla de cómo conoció al autor del libro publicado por Mongolia. Fue una noche de agosto en 1988 en Estrasburgo, donde ambos habían ido a un Congreso de jóvenes por los derechos humanos. No podían ser más extraños al caer la noche: ni eran jóvenes y al menos el juez, que investigaba con significancia el GAL, tenía una idea tan laxa de los derechos humanos como dureza de oído ante las decenas de denuncias por torturas que ante él denunciaron decenas de detenidos allá en los nortes vascos de maporro y razzias. En la soledad nocturna de Estrasburgo, Baltasar cantó a Yoldi para que este comprendiera mejor al gran Garzón:

Serían las doce y media o la una de la madrugada, cuando terminamos. Camino del hotel, por algún motivo, le canté la Campanera que popularizó Joselito, ya saben» ¿Por qué ha pintao tus orejas, la flor de lirio real? ¿Por qué te has puesto de seda? ¡Ay, campanera! ¿Por qué será?». Recuerdo que acompañé la tonada con algunos volatines (…) Pero lo cierto es que llegó a admirar lo ágil que yo estaba.

Todo fue un vodevil de buen fario.  Qué años. Volatines, trajes de luces mediáticas. Baltasar el alegre engrandece a Garzón el personaje. El juez demostró que donde los discípulos de Montesquieu decían que había un inmenso vacío, una separación de, él navegó agujeros negros concomitantes, abrevaderos de poder legislativo y judicial dispuestos y transitables en oscuras redes de telaraña. Donde se es araña, puede cada cual convertirse en insecto.

Recuerdo una entrevista muy dura que me hizo cuando dejé la judicatura para participar en las elecciones generales de 1993, como número dos de las listas del PSOE por Madrid (…) Yoldi fue también junto con su compañero Pablo Ordaz, quien relató mi salida tiempo después del Gobierno …. con pelos y señales.

Garzón el grande, al mirarse en el espejo que él cree de la historia, retrata sin pretensión pero con la holgura de Velázquez la menina judicatura española. El suyo es el paso reincidente por los pasillos comunicantes carcomidos por una termita de Estado. Son años de pugna en los meandros y Baltasar instruye, no pintando como Velázquez, sino tribulando conjeturas con el trazo de un Kandisky. Si la sucesión panegírica de fiascos es notoria, se avalan sus campañas contra la ETA que ha pasado a ser, por el logos casi heiddegeriano de nuestro juez, todo lo que se mueve en la tierra indómita vascongada. Nunca estuvo Garzón absorto en una naúsea tan kafkiana. Persiguió a quienes fueron detenidos e interrogados por los criminales del GAL que él mismo investigaba. Grabó las propias conversaciones entre detenidos y sus abogados, con el arrojo con que hubiera actuado cualquier tirano sudamericano. Le amparó un tiranismo sudamericano ya instalado y bien atado en aquella España de tribularios consejos del poder judicial, de ternas en la audiencia nacional, de cotas de boandos y duras en los banquillos de los ministerios. Hasta que la araña cayó como un insecto en la tela que creía suya pero no era suya. Y Garzón el juez fue condenado por violar lo que antaño era su mayor y reconocida eficacia. Fíjese usted al mirar los muros de la patria mía que dijo Quevedo, convertido nuestro juez en el coronel patibulario a quien nadie escribe.

Baltasar, por navidad, sigue haciendo bolos. Presto a la menor oportunidad. La suya es una  muy particular ley de memoria histórica. La revista Mongolia, editando este libro de Yoldi, presta capa a Garzón, el cantaor torero juez cerrajero. Ha sido apartado, nuestro coronel juez. Pero no ha dado cuentas de cuantas tropelías con su razonar sumario y ejecutor se cometieron. Es el thriller que les falta a Baltasar y a Garzón prologar.

No es una manzana, sino el barril de la justicia española, en donde la voluminosidad del juez no cabe, lo que ha quedado corrupto en su totalidad. La corrupción que rodea el barril nos tememos que es todo lo demás.

 

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Autor:  Valentine Badiu

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