
Donald Trump parece estar cada vez más cercado. El exconsejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca Michael Flynn reconoció que mintió al FBI sobre la injerencia rusa en las elecciones de noviembre de 2016 y en concreto sobre sus reuniones con el embajador ruso en Washington, Sergey Kisiliak. En los mentideros washintonianos, se da por cierto que Flynn y Kisiliak acordaron que la nueva administración Trump levantara las sanciones a Rusia impuestas por Obama. ¿A cambio de qué? El Congreso que trata de desenmarañar el Russiangate, tiene una pista de la que tirar para llegar al mismísimo Donald Trump: quien dirigía las conversaciones entre Flynn y Kisiliak era el propio yerno del ahora presidente, Jared Kushner. El periodista Luke Harding sostiene en su libro Conspiración: Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones que Rusia tiene información sensible sobre las andanzas del hoy presidente relacionadas con el dinero y las mujeres.
Es un frío 8 de noviembre de 2013 en Moscú. Donald Trump acude a la fiesta de cumpleaños del magnate Agalarov. Después de la fiesta de cumpleaños, Trump se fue a la suite presidencial del hotel Ritz-Carlton. El sábado 9 de noviembre asistió a la gala de Miss Universo, que se alargó hasta altas horas de la madrugada. Según el periodista Harding, Trump habría pasado aquella noche del 9 al 10 de noviembre con dos prostitutas rusas en su habitación del Ritz. El servicio secreto ruso, FSB, tendría la grabación con la que el Kremlin extorsiona a un cada vez más acorralado Donald Trump.
Lo ocurrido aquel fin de semana en Moscú está integrado en un informe que redactó un exespía británico, Christopher Steele, que en 2013 trabajaba para una compañia de inteligencia privada de Washington. Años después, esta compañía seria contratada durante las primarias del partido republicano por un contrincante de Trump. De ahí que desde entonces el memorandum Steele haya corrido de una esquina a otra de Washington y de ahí a todo el país.
Según relata Steele en su informe, un productor británico llamado Rob Goldstone, envió a Donald Trump hijo un email en junio de 2016 para ofertarle un dossier del FSB sobre negocios turbios de Hillary Clinton. Poco después, Trump junior se reuniría con Natalia Veselnitskaya, una abogada cercana a Putin. A aquel encuentro acudió además, Jared Kushner, yerno de Trump y jefe de comunicación durante su campaña.
Después de aquel encuentro, todos los contactos con los rusos los llevó Kushner en persona. El yerno del presidente se reunió tras la victoria de Trump en diciembre de 2016 con el elembajador Serguéi Kisiliak. Unos días más tarde recibió a Serguéi Gorkov, un banquero con relaciones en el espionaje. Para coincidencias, Gorkov había sido directivo del Sverbank —el banco que patrocinó el concurso de Miss Universo en Moscú en 2013 y la fiesta del fin de semana que dió origen al informe Steele.
El periodista Harding sostiene que los servicios secretos rusos llevan años «trabajando» a Trump. Pero poco a poco van saliendo las condiciones que los rusos pusieron sobre la mesa en todas las negociaciones que tuvieron con los hombres del presidente: el levantamiento de las sanciones a Rusia y un trato de privilegio hacia sus intereses. Kushner dejaría la interlocución con los rusos a Michael Flynn, consejero de seguridad nombrado por Trump. Hasta ahora Flynn ha venido asegurando que actuó «por su cuenta» en los contactos. Ahora reconoce que mintió sobre la injerencia rusa. El punto de mira gira hacia el yerno de Trump, Jared Kushner.
Es un secreto a voces que Trump podría destituir al fiscal Mueller que investiga en el Congreso el Russiangate. Trump ya despidió James Comey, director del FBI, para evitar su cerco. Pero lo cierto es que el cerco existe. Un cerco nixoniano.