
Quién sabe si con Umberto Eco se ha muerto la última posmodernidad que iba quedando: la vacuidad. Los académicos chic en los 80 y ahora decó, se postraron ante él. Los lectores acomodados de domingo solaz saciaban el culturismo pop en sus columnas best seller. Todos ellos hicieron de Eco una especie de gurú de salón. Sólo sus más avezados seguidores reconocían descubrieron al verdadero Humberto Eco. Esa vacuidad posmoderna que afecta a todos los campos del saber, desde el cine y la moda, la novela, el urbanismo. Eco era un maestro de la cita y el más hábil manipulador del pasado cultural. Así lo definía el crítico Alfonso Berardinelli (1).
“Eco ha trabajado toda una vida para transformar una lección universitaria en un show televisivo, así como para otorgar a toda mercancía cultural la dignidad de objeto de estudio”.
Hasta el punto de convertirse él mismo en un preciado y diáfano artículo de la cultura de masas.
Con su novela El nombre de la rosa, Eco llega al sumun de la profecía posmoderna explicada a la burguesía liberal como un sucedáneo «facilón» de la Divina Comedia: un compendio de citas “y resúmenes extraídos de un manual de cultura europea. Ha unificado al público, los géneros, los niveles, fundiendo el oficio de periodista con el de docente, y, en definitiva, transformando uno y otro en la figura más atractiva de la industria cultural contemporánea: el autor de bestsellers” (2).
El bestseller en masa y de masas se convierte en el producto cultural por excelencia.Por supuesto, como en los supermercados, hay valdas con sus ofertas: la relación precio-calidad depara, aunque el comprador no lo sepa, fraudes considerables.
Umberto Eco es el ejemplo de que la cultura occidental, saliendo del academicismo, no tiene más que una influencia real en el cenávulo universitario y el ocio de masas. Pero de lo que en realidad estamos saliendo es de la posmodernidad. «siempre habrá algo que venga despuñes del Despues».
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(1) Revista Cul de Sac, 3-4, enero 2014
(2) Idem.