4 de enero
Hoy he comido en un restaurante chino de Galdakao. En otra mesa, las más cercana a la cocina, el repartidor a domicilio, un negro que dejó el casco de la moto colgado del perchero de la entrada, comía arroz tan blanco como el
cristalino de sus ojos. Bajaba la cabeza casi a la altura del plato y su cara se mezclaba con la alba montañita de fécula y almidón. El resultado, dada la penumbra diseñada por el local, era un fuerte contraste de luz y sombra que me llamó la atención. Alguna vez equivoqué la dirección de mi tenedor por mirarle. Y porque entre mi plato de ternera con salsa de curry y mi boca, estaba la distancia que mi madre decía que había que tener para comer como es debido.
5 de enero
Hoy he puesto la radio mientras calentaba las coles. Una voz preguntaba a los niños qué habían pedido a los reyes. Uno dijo que una tarjeta para el móvil. Hecho mis cuentas: para seguir creyendo en ellos no tendría más de siete años. ¿Qué hace un mocoso pensando en ese regalo?
También oí que los jóvenes cada vez se emborrachan antes, a los catorce años, dijeron.
Yo vivo en un entrecruce de calles donde cuento nueve o diez bares. Veo
desde mis ventanas a los padres en la calle tomando sus tragos, con sus bebés dentro de los coches azules o rosas o, recién estrenados sus pasos abrazados a sus piernas. Los papás, con sus pebeteros entre sus manos y el líquido como una llama ceremonial inclinándose por la cubierta agujereada del recipiente. Si los psicólogos dicen que los primeros años marcan actitudes y conductas, veo a los críos crecidos bebiendo nanoconversaciones y preguntando al fondo de su vaso si también le ha llegado la sequía del cambio climático.
6 de enero
Hoy he ido a sentarme en los bancos de la plaza. Un viento sur entonaba seguidillas plañideras y sombrías por las nubes sin agua. Con dos libros de hoja estrecha para que entren en el bolsillo me he convertido en piedra, una loseta más de estas plazas de barrio que son desiertos de cemento
Ya desentumecido comienzo a escribir como un vapor que sale disperso para convertir en líquido o sólido la voluntad de otro y sentir rítmicos hallazgos de taquicardias conjeturando comportamientos en el arranque de un motor silencioso que odia la combustión interna que nos lleva como animales semovientes a las redes de las palabras bellas para la rapiña
CIVILIZACIÓN LIBERTAD JUSTICIA SEGURIDAD
Juro no pronunciarlas detesto el jurásico donde aparecieron los grandes dinosaurios En este caso prefiero seguir al Conductismo y me dejo de introspección y conciencia que busco el conocimiento en la observación de la paloma urbana que ha renunciado a volar y pica el suelo pica el suelo en un pleonasmo de cabal sentido el suelo de la plaza hasta que lo hunde ya página pasada de la historia y duerme el sueño de los justos siglos injustos que aplican a los siguientes los remedios de la carne conservada por mucho tiempo
Pero las palomas dale que pinchan los sueños y minan robustos pasos de oca y de hoz y martillo mientras perifonean un discurso de alas como grillos de élitros endurecidos
Fueron alas fuimos sueños soy estatua sedente leyendo a Lacan y a Mestre soy ave doméstica pie de paloma que zurea un verso inocuo y recoge del suelo la hoja de un periódico viejo y lee que el creador de Facebook cede el 99% de sus acciones para la Responsabilidad Social Corporativa de la economía del bien común de Sampedro y Felber el rostro de fotografía trucada del capitalismo filántropos que emulan el tierno discurso de la piedad y de la caridad el falso altruismo lo dijo Conrad en El corazón de las tinieblas la pátina de bondad que enmascara la depredación de los colonizadores
También lo diagnosticó Vonnegut las grandes fortunas nacen de la especulación y de la herencia amasada con sangre corrupción y servilismo político
o la ideología invisible de Coca-Cola la de los anuncios solidarios y ecuménicos que es a la vez la empresa que despide trabajadores y esquilma los acuíferos de la India Hoy puede ser un gran día
y yo aquí
en la plaza del barrio
en mi alcándara
monjil
palabra sin hiel
apacible y quieto palomeo con la cabeza y el dorso con los pies calzados de plumas habito en el campo de otros que leo.
7 de enero
He pasado la noche como un festejo taurino bufo. Hay obscuridades grotescas y ridículas que aplauden tu embestida contra el capote rojo de una pesadilla. Esa que se adhiere perfectamente a la horma del charol lustroso de tu noche.
¡Ya vale! ¡Dí qué te pasa! Déjate de ahorquilladas piruetas, que solo las hacen las golondrinas de mar cuando vienen. Creíste que habías matado al Cisne de JRJ, o ¿era de Rubén Darío? Pero no, das vueltas al estanque de las palabras para no decir nada.
Ayer pasé por una floristería. Tenía fuera, entre otros, unos tiestitos de ciclámenes. Hojas acorazonadas, abigarradas de rojo. Flor elegante aislada del aliento de la bestia que toca el claxon por la carretera. No sé, pensé en unos labios de carmín que buscan y comen los cerdos. Así desperté, barnizada la noche de un rojo que me asustó. Hasta que recordé que el oculista me dijo que es uno de los síntomas de las cataratas en el cristalino del ojo que impide el paso de rayos luminosos. Me dormí otra vez pensando que mi pesimismo tiene un motivo físico. Prefiero pensarlo así.
