Las elecciones en España han devuelto el poder institucional al partido socialista. La derecha, dividida, no suma pese a que un 15 del electorado ha dado su apoyo a la extrema derecha. Podemos, el partido del sueño centralizado, pierde cerca del 40% de su apoyo popular y se contenta ahora de hacer de la carencia virtud, ofreciéndose al partido socialista para formar parte del gobierno. Pedro Sánchez necesitaría la abstención de los nacionalistas vascos y catalanes o el apoyo de la marca creada por el IBEX 35, Ciudadanos, para gobernar. Pese a las apariencias, España sigue siendo un espejo machadiano. De los campos de la política patriotera que sembró la derecha, se han recogido endebles mazurcas. La izquierda, consistente en ser más bien lo que no siembra con ahínco la derecha, sube en representación. Vence sin convencer, sobreviviendo a los vaivenes del vacío político gracias al castañeo de dientes que provoca la derecha desbocada y trabuquera. Pero a derecha e izquierda les ocurrió la noche de ayer, y antes muchas noches anteriores, lo del lobo de las periferias y su llegada. El apoyo independentista en Euskadi y Catalunya ha borrado del mapa al PP en estas dos comunidades. Los partidos PNV, EH Bildu, ERC y JxCat serán determinantes para formar gobierno en España. Así es como este país amaneció el lunes con su camisa arrugada. Y el traje sin planchar, estirado por los extremos.
Una mirada progresista llevaría a deducir que los resultados electorales en España, con más del 75% de participación, son el reflejo de la pluralidad del país. Una mirada más pesimista concluiría que son el resultado de un fallido país. A ambas teorías habría que sumar que izquierdas y derechas en sus pluralidades evidencian una vacuidad política evidente. Ni siquiera el reformismo más pueril articula los discursos. La derecha se ha refugiado en los autos de fe patriótica; el partido socialista en escaramuzas simbólicas tardías, como la exhumación de Franco del Valle de los caídos; y Podemos en leer de carrerilla los derechos de la constitución violados por el sistema establecido y articulado en la propia constitución.
Este vacío cuántico es al mismo tiempo un mar de plástico y un campo yermo. El viento agita los mismos elementos, una vez a un lado, otras al otro. Pero la inmensidad solo cambia con el cambio de las estaciones. Ese mar de corrupción oceánica aún existente en la metrópolis y todas las periferias, junto a un establishment cada vez más seguro gobierne quien gobierne, dibuja un país pusilánime y entregado a la mediocridad y al servilismo cotidiano. El descalabro del partido popular, bajo cuyo reinado la corrupción y las cloacas del Estado afloraron por las cuatro esquinas, no significa que se hayan puesto los mimbres para una insumisión de valores. No es el partido socialista, ni su joven líder Pedro Sánchez, los llamados a una regeneración de los valores civiles y a una revisión de las relaciones entre el establishment y la clase política. Para ver eso, habrá que volver a un mañana muy lejano como diría Mariano José de Larra de esta España, pero hace dos siglos.
