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Harom Wolfowitz y Judith Buber lanzan un SOS al mundo

Iñigo Elortegi 14 mayo, 2021     Comentarios cerrados    

Una mujer palestina busca algunos de los enseres de su hogar entre los escombros de los edificios destruidos por los continuos ataques aéreos israelíes en Gaza el 14 de mayo de 2021. (Ali Jadallah – Agencia Anadolu)

Harom Wolfowitz aún cree en la revolución a sus ochenta y tres años. Harom Wolfowitz aún cree en la revolución siempre que escucha el cuarto movimiento de la quinta sinfonía de Mahler. La ve posible solo unas pocas veces al año y durante esos concretos y eternos once minutos de adagietto. La ve imprescindible en su metodología: algo que nace en cada uno viniendo de un siempre vivo espíritu creador. Esas notas que parecen posarse con la luz iridiscente de la salita de estar de Harom, revolotean dando forma viva a todo lo existente. Todos los materialismos históricos y las teorías curvilíneas de lo humano se concentran en un aquí venidas desde un siempre, prestas a quedar más allá de Harom Wolfowitz y de esta su casa en el Prenzlauer Berg de Berlín.

Harom Wolfowitz a sus 19 años aspira desde hace muchos a ser el campeón del mundo de ajedrez. Es el número 26 del mundo. En enero el joven Harom ganó al campeón del mundo. Sus partidas parecen cuadros con un fuego azul que a veces rompe en una trementina de bosque joven. En el cuarto de su casa en Novocherkassk el joven Harom se pregunta si el amor al ajedrez y el arte purpúreo de la creación liberadora son el diástole y sístole sutiles de su corazón.

Harom Wolfowitz sujeta a su hija de tres años arremolinada en la eslora maltrecha de la patera que zarandea el mar de Alborán rumbo a la costa española. Harom cree en la revolución: la confianza en que la estadística cruel e indiferente sea derrotada en la próxima hora; su niña tiene un setenta por ciento de posibilidades de morir antes de llegar a la tierra que ansían todos los Harom Wolfowitz y todas las hijas de esta patera.

Harom Wolfowitz no tiene fuerzas para besar a Judith Buber, el amor de su vida. Qué liviano es el hilo extenuante que separa a dos labios que se ansían. Llevan doce horas tan lejos. Bajo el sol del trabajo, bajo la sed itinerante del esfuerzo cotidiano, tras otro largo viaje de abandono al alba y luego de regreso al encuentro uno del otro. Harom y Judith están escuchando a Mahler mientras las noticias les llegan: un joven de 18 años ha derrotado al campeón del mundo de ajedrez; una niña de tres años se debate entre la muerte tras caer al mar de Alborán al descuartizarse la patera en la que trataban de alcanzar la costa española su padre y otros cincuenta inmigrantes.

Judith Buber quiere ser a sus dieciocho años poeta. Su padre Harom cree que ha enfermado. Su madre Judith le propone que haga una carrera de bien o que se incorpore a lo que ellos llaman el mercado laboral, y escriba poemas en las horas que clandestinamente le permita su jornada. Pero Judith Buber a sus dieciocho años cree que la revolución ha de ser ese día en el que ella sea poeta veinticuatro horas por cada uno de los minutos que espiran en el interior del tiempo, y en cada segundo que como levadura insurgente eleva la vida celebrándola como el único y más infinito regalo del que disfrutar y en el que ser.

Judith Buber es la madre de cuatro niños hacinados en un infra gueto en Bangladesh. Desea que sus dos hijas mayores, de nueve y once años puedan trabajar doce horas al día en un taller de ropa a dos horas de camino a pie, y salvar así a la familia.

Judith Buber compra en la tienda de ropa de la Gran Vía un niqui precioso a buen precio tejido en Bangladesh para sus dos nietoss Judith de nueve y Harom de once años. La señora Buber pertenece a la delicada vanguardia de la burguesía concienciada con el desarrollo sostenible del planeta.

Más de 550 misiles de la artillería y los carros de combate más los que lanzan los 160 aviones del ejército de Israel sobre el gueto de Gaza han acabado con la vida de la pequeña Judith Buber de cinco años este 15 de mayo de 2021. Otras decenas de niños envueltos en mantas han acompañado a la pequeña Judith, mientras los cadáveres de 170 palestinos supuran el mercurio de la matanza en la gran morgue que el ejército de la estrella de David ha convertido las calles aniquiladas de la Varsovia de Palestina.

En esta noche, la vida, lo sagradamente creado y latente, lucha denodadamente contra el tánatos de la aniquilación. El cuchillo agudo del cinismo equidistante sesga por segunda vez la vida a quienes perecen: “Se recrudecen los enfrentamientos y la tensión entre las pequeñas Judith Buber y miembros del ejército de Israel”; “Nuevas pequeñas Judith Buber alcanzan la costa tras cruzar el mar de Alborán y saturan los centros de acogida”.

Los Harom Horowitz y las Judith Buber que perecen hoy y ahora y no escucharán a los 83 años a Mahler, los Harom y Judith que a los 19 no podrán ganar al campeón mundial de ajedrez ni aspirar a serlo, los Harom y Judith del mundo libran una batalla entre la vida y la aniquilación desde hace siglos. Tribunos del mundo, aspirantes al púlpito con lenguas calenturientas de radicalidad medida y calculada, les comunico que me veo obligado a sumarme a los Harom y Judiths que han sido y serán. Les recuerdo el poema de Kenneth Rexroth (Thou Shalt Not Kill- No matarás), dirigido a ustedes, los próceres de la muerte institucionalizada, ustedes, hijos de puta. El arte, la vida, lo humano que ha de sobrevivir pese al gas ciclón, les vencerá. Esa es la afrenta de nuestro siglo. Esa es la revolución que se está librando.

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Autor:  Iñigo Elortegi

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