
Hay dos yoes. Un yo que piensa, teme, planea y recuerda. Todos lo conocemos. Juan Arnau y Sans Segarra parten de caminos muy distintos para responder a una misma pregunta: qué somos más allá del ego. Detrás del yo habría otro yo que, en rigor, ya no es un yo, sino la unidad originaria que hace posible la diversidad del mundo: conciencia pura. Encontrar ese sí mismo es, para la tradición india, uno de los fines más elevados de la existencia humana. Es lo que Juan Arnau explora en Ātman. Presencia del origen, publicado por Atalanta.
La aparición del libro coincide con la edición de bolsillo de Ego y supraconciencia, de Manuel Sans Segarra y sus colaboradores, publicado por Planeta. Dos obras distintas en su lenguaje y discurrir, pero que convergen en un rio sinuoso: el ego no agota lo que somos.
Hay dos caminos de una antigua proposición: el «conócete a ti mismo» socrático y el conocimiento del sí mismo que muestran los Upanishad. Arnau se adentra en esta segunda vía desde la filosofía india. En cambio, Sans Segarra, médico y cirujano, lo hace desde los testimonios de pacientes suyos que han vivido experiencias cercanas a la muerte. A ellas añade enriqueciéndolas una explicación que aporta la física cuántica contemporánea.
Juan Arnau y Sans Segarra ante el problema del yo
En Arnau, el regreso al sí mismo es retorno al presente. El ego vive en buena medida retenido por los recuerdos o proyectando aquello que teme y desea. La conciencia solo vive en la presencia.
Sans Segarra distingue una conciencia local, vinculada al organismo y al cerebro, y una supraconciencia que no se agotaría en ellos. La mente posee una dimensión energética y la conciencia existiría más allá del cerebro. Las experiencias cercanas a la muerte no son para él un episodio marginal, sino indicios que le llevan a cuestionar que la conciencia pueda reducirse a la actividad cerebral.
La muerte adquiere así en su libro una importancia que va más allá de la supervivencia individual. Es la prueba extrema de su concepción del yo: si aquello que somos no se identifica enteramente con el cuerpo ni con el ego, la muerte dejaría de ser el fin para convertirse en un cambio de estado. De ahí su insistencia en que nunca alcanzaremos una felicidad auténtica mientras vivamos sometidos al ego y al miedo que este genera, incluido el miedo a desaparecer.
Aquí aparece, sin embargo, una diferencia fundamental entre los dos libros. Arnau se mueve en el terreno de la filosofía y la metafísica; Sans Segarra pretende además encontrar respaldo para sus hipótesis en la medicina y en determinadas interpretaciones de la física cuántica. Sus afirmaciones sobre una conciencia extracerebral adquieren por ello un estatuto más controvertido y exigen una demostración distinta de la que requiere una propuesta filosófica.
El ego, según Sans Segarra, nos mantiene sujetos a los dogmas que estructuran nuestro carácter y condicionan nuestros pensamientos y sentimientos. Puede proporcionarnos momentos de placer, pero no una felicidad duradera. Para alcanzarla sería necesario actuar de acuerdo con esa dimensión más profunda que denomina supraconciencia.
Arnau llega a un territorio próximo, aunque por un camino muy diferente. En la tradición que estudia, los fenómenos del mundo no son una mera ilusión, pero tampoco constituyen la realidad última. Son apariencias, manifestaciones y transformaciones sostenidas por una conciencia que las hace posibles. Lo real no queda reducido, por tanto, al flujo de pensamientos, emociones y percepciones con el que habitualmente nos identificamos.
Ninguno de los dos autores entiende ese desplazamiento del ego como un simple ejercicio intelectual. En ambos aparece la necesidad de transformar la atención y de reconocer aquello que habitualmente queda oculto por el ruido de la mente. De ahí la importancia que, por caminos diferentes, adquiere la meditación: no solo como técnica de bienestar, sino como práctica destinada a modificar la relación que mantenemos con nuestros propios pensamientos.
Del ego al sí mismo: viveka y supraconciencia
Es aquí donde cobra especial relevancia el viveka del que habla Arnau. El término significa discernir, separar, distinguir. Se trata de diferenciar al sujeto mental, al hacedor que se identifica con pensamientos, deseos y emociones, del sujeto que hay detrás de él y gracias al cual el propio ego puede existir.
Quizá la cuestión no consista tanto en destruir el ego como en dejar de confundirlo con el sujeto último. El ego piensa; el sí mismo conoce. El ego se mueve arrastrado por lo que ve, oye y siente; el sí mismo permanece. El ego se cree luminoso, pero su luz es prestada: la recibe del sí mismo del mismo modo que la luna recibe su luz del sol.
Sería excesivo identificar sin más el ātman de la tradición india con la supraconciencia de Sans Segarra. Proceden de marcos conceptuales distintos y tampoco es equivalente el modo en que Juan Arnau y Sans Segarra justifican sus afirmaciones. Pero ambos conceptos señalan en estos dos libros una dimensión del sujeto que no se agota en la actividad mental del ego. La coincidencia resulta tanto más sugerente porque los caminos son casi opuestos.
Ahí reside el verdadero diálogo entre los libros de Juan Arnau y Sans Segarra. Desconfían del mismo personaje: ese yo que piensa que es el dueño de la conciencia cuando quizá no sea más que uno de sus contenidos. Para Arnau, descubrir lo que hay detrás de él constituye una de las tareas más nobles de la vida humana. Para Sans Segarra, aprender a no vivir sometidos a él es condición de una felicidad auténtica. Dos caminos distintos hacia una pregunta que permanece abierta: si el ego no es el fundamento último de nuestra identidad, ¿quién —o qué— es entonces quien conoce?
Ātman. Presencia del origen. Juan Arnau. Atalanta, 2026. 312 páginas. 27 euros.
Ego y supraconciencia. Manuel Sans Segarra. Booket, 2026. 240 páginas. 9,95 euros.