Como si hubiera salido de los guiones de House of Cards o Homeland, una revelación publicada en Londres ha hecho temblar los hiératicos muros del Capitolio y la Casa Blanca en Washington. Toda la historia sobre el asesinato de Bin Laden ofrecida por Obama ha quedado desmontada. Oficialmente, el hallazgo y ejecución de Osama Bin Laden en Abbottamad fue llevada a cabo por un selecto grupo que interceptó comunicaciones entre el el lider de Al Qaeda y sus correos. Seymour Hersh, el incorrecto mucracker, desvela que nada de esto fue verdad. En realidad, Bin Laden, enfermo e inváido, estaba bajo custodia del servicio de inteligencia pakistaní desde 2006; un oficial pakistaní dió el chivatazo a la CIA a cambio de los 25 millones de recompensa; dos generales, Ashfaq Parvez Kayani y Ahmed Shuja Pasha, permitieron el acceso por aire de los helicópteros norteamericanos e incluso dejar a oscuras Abbottamad; los seals que llevaron a cabo la operación tenían orden presidencial de matar a Bin Laden, y fueron ellos quienes descuartizaron su cuerpo para lanzarlo desde el aire en las montañas de Hindu kush. Hersh pone al descubierto el montaje presidencial situándolo en un momento donde nunca antes la política norteamericana se había fundamentado tanto en la mentira y la manipulación, en las cárceles secretas, ataques indiscriminados con drones, razzias militares nocturnas llevadas a cabo saltándose incluso la cadena de mando. EEUU presentó la pista a Bin Laden como resultado de los brutales interrogatorios en Guantánamo. Nada más falso.
Tras la ejecución de Bin Laden y civiles que se encontraban junto a él, se puso en marcha una campaña que Hersh considera digna de Lewis Carroll. ¿Cómo era posible que Bin laden el hombre más buscado del mundo, se refugiara en un pueblo a escasos kilómetros de Islamabad y dirigiera desde allí los comandos de Al Qaeda? La razón es que el servicio de inteligencia pakistaní quería tener a Bin Laden controlado. Su custodia y protección otorgaba a Pakistán la posibilidad de llegar a ententes con los insurgentes afganos y Al Qaeda. Esta es una de las últimas revelaciones que Seymour Hersh publica y no precisamente en un medio estadounidense. Con los que habitualmente colabora, medios liberales como The New Yorker, declinaron publicar el desmontaje del asesinato de Bin Laden. El significado de este hecho tiene una poderosa profundidad: el periodista que consiguió publicar en los más oscuros tiempos de Nixon, ve ya cerradas las puertas en la época Obama. El reportaje de Hersh ha sido publicado por la revista London Review Of Books.
La Casa Blanca pensaba anunciar la muerte de Bin Laden una semana después y presentarla como el resultado de un ataque con drones en las montañas afganas. El anuncio de Obama echó por tierra la leyenda, crearía desconcierto entre todos los estamentos dedicados a la manipulación de los hechos, y daria inicio al cambio de versiones. Si con la primera versión se pretendía evitar conocer el papel de Pakistán en la operación y ocultar el oscuro intercambio geopolítico basado en la trasferencia de millones de dólares, el mismo presidente Obama puso a este país como merecido colaborador en el «éxito» de la muerte de Obama. Después vinieron las versiones del enfrentamiento armado en el interior del bunker. En la mismas, Bin Laden habría utilizado a mujeres como escudos. No hubo enfretamiento armado alguno. No era un bunker. No hubo escudos humanos. Nada se supo siquiera de los cuatro civiles que los seals mataron en el asalto.
El mecano de las versiones fue cayendo con los días. Pero en el tiempo ha permanecido con relativa aceptación que el cuerpo de Bin Laden fue enviado al navío USS Carl Vinson, de ruta en el mar arábigo. Hersh desvela que los seals descuartizaron el cuerpo de Bin Laden en las horas posteriores al asalto y lo arrojaron desde los helicópteros en las montañas de Hindu kush. La versión de un entierro en el mar desde el Carl Vinson pretendía dar cobertura a la ausencia del cadaver. Las versiones finales tenían todas un hilo hecho con mucha puntada: la pista del paradero de Bin Laden habría salido de los interrogatorios bajo tortura realizados en Guantánamo. Hersh demuestra que la localización de Bin Laden se debió a la filtración de un oficial pakistaní que recibió la gratificación de 25 millones de dólares. La versión causa-efecto entre la prisión de Guantánamo y la localización de Bin Laden tenía por objeto justificar la tortura indiscriminada efectuada allí como un instrumento útil para la nación norteamericana y su seguridad. El informe elaborado por el Congreso de 499 páginas pone de relieve lo contrario. Su conclusión es que la CIA ha mentido constantemente acerca de su efectividad. Los daños colaterales para el sistema de libertades son de una magnitud aún no calculada. La era Obama carga a sus espaldas este necrológico legado. Fuera y dentro del país, pues la merma de garantías generalizada en el «exterior» acaba implicando una aplicación similar en el interior del país. Es a tal eefcto así, que el artículo de Seymour Hersh ha tenido que ver la luz en Londres.
