
La novela El cordero carnívoro, de Agustín Gómez Arcos, publicada por Cabaret Voltaire y traducida por Elvira Rodríguez, quema los ojos y desasosiega el espíritu, incluso cincuenta años después de haber sido escrita, por supuesto fuera de España. Esta novela narra la relación homosexual incestuosa de dos hermanos en el seno de una familia de la alta burguesía terrateniente andaluza venida a menos en pleno régimen franquista.
Gómez Arcos desgrana una prosa poética – asoma Miguel Hernández tantas veces entre tantas caricias de sus protagonistas –, con una estructura casi de teatro, pero de una narración oscura y detalladamente cruel. La relación prohibida de los hermanos Antonio e Ignacio es el símil de la vida bajo el yugo de la asfixia vital y la desquebrajada moral de la España bajo Franco y el clero inquisidor.
El hermano mayor, Antonio es un alter ego del padre ausente, represaliado por haber sido de joven republicano. Ignacio, el hermano pequeño y narrador, es la contra sombra de la castradora, narcisista y cruel madre, Matilde. Luego está, Clara, la criada, tierna y trabajadora, cómplice y contestataria pues es viuda roja de un marido que murió como republicano en la guerra civil. El amor temprano entre los hermanos crece con ellos y pasa de la pubertad a la vejez con un sinfín de heridas. Son dos niños que se fugan de la cárcel donde han nacido, su familia. No saben nada del exterior a excepción de los partes radiofónicos exaltadamente patrioteros que si cesar escucha el padre en su despacho.
El cordero carnívoro no es una novela gay. Transciende ese encasillamiento. Es un artefacto literario superlativo. Tan transgresora esta novela como triste y significativo el devenir de su autor. Gómez Arcos, escritor de teatro, vio denegadas por la censura franquista todas sus obras en los primeros años 60. Si esa España cerril le daba la puerta, la Francia de mediados de los 70 le reconoció lo que tenía que decir hasta el punto de permitirle vivir de la literatura.

Trabajando como camarero en un teatro donde se representaban obrillas compuestas por él, un editor pidió conocer al autor de aquellas. Era una representación sobre lo que sería después la novela Cordero carnívoro. El editor dio un adelanto cuantioso a Gómez Arcos con lo que pudo dedicarse entre mayo y noviembre de 1975 a viajar y escribir esta novela. El reconocimiento editorial fue inmediato. Después vendrían dos nominaciones al premio Goncourt, el nobel literario francés. Desde la publicación y el reconocimiento de El cordero carnívoro, Agustín Gómez Arcos pudo vivir de la literatura.
La paradoja de Gómez Arcos no acaba ahí. Escribiría toda su restante obra en francés. Y los lectores de la editorial Cabaret Voltaire que ahora comienzan a descubrir a este autor, lo hacen gracias a las soberbias traducciones de Elvira Rodríguez. Un escritor español teniendo que ser traducido en su propio país.
El reconocimiento en España no llegaría ni siquiera mucho más tarde. Y eso convierte especialmente a esta su quizá mejor novela en la verdadera radiografía de aquella España que ya presumía de haberse sacudido el paño rancio del pudor nacional católico y esta actual que parece tener el ombligo intelectual bastante lleno de empoderamiento caviar.
La actitud del autor es la de herir. Pues solo así puede verse cuán profunda y extensa es la herida. Esa herida por la que se consumió una sociedad, miembro a miembro, ganadores o perdedores.
El cordero carnívoro. Agustín Gómez Arcos. Cabaret Voltaire.Traducción de Elvira Rodríguez. 380 páginas. 21 euros.