Chumy Chúmez fue un hombre con orejas de soplillo. Pero, oh paradoja, no ganó ningún concurso nacional. Solo por eso merecería estar en el pódium del humor de de la post post guerra. Pasó de ser una no persona más a una fuera de lo común. más. No por esa estoica actitud, sino por la que tuvo con la época que le tocó vivir. Porque hizo algo al respecto: delimitarla, riéndose apesadumbrada y incisivamente. Chúmez es uno de los mejores dibujantes y humoristas de la segunda mitad del siglo XX en España. De una finura dentellada y libertaria, sus viñetas sobreviven hoy el paso del tiempo. Lo reproducen con una lucidez pasmosa en nuestra época posmoderna. Por sus encuadres circulan el vodevil del desarrollismo, el señoritismo, la avidez de las jerarquías, el horterismo moral, el borreguismo colectivo, la verticalidad social… y esa nueva burguesía tan ella de nuevos ricos añejados. Pero hay un Chúmez paralelo, aún más artista, el compositor de esplendorosos collages que parecen grabados. Publica algunos en revistas como Triunfo y Hermano Lobo. La obra maestra será Una biografía, que ahora publica Pepitas de calabaza.
«Hay dos grandes familias de humor. En un extremo están los humoristas sin malevolencia, a quienes podemos llamar «gentilhombres de placer», y en otro extremo están los que tienen malevolencia y usan el sarcasmo y la sátira, que son seres medio hombres y medio cabríos (…). Les adelantamos que los primeros florecen en las dictaduras y los segundos en las democracias». En consecuencia, en la actual época, la escasez de humoristas malevolentes y sin bozal de partido, es un signo de docilidad bacteriana. Estamos en una dictadura de lo real frente a la necesidad de lo deseable. Es significativo que un contemporáneo de Chúmez sea hoy el gran referente del viñetismo crítico – Ops, hoy El Roto, Andrés Rábago García -. Tiene muchos significados esta realidad.
Chúmez se definía huérfano de padres estéticos. «Nuestros maestros habían sido ejecutados , o habían huido al extranjero , o vivían condenados al ostracismo». La caricatura, prohibida incluso para el elogio del poder imperante, era el reflejo de la realidad irreal que vivía España. «las cosas eran como debían ser no como eran».
Chúmez muestra en Una biografía su talento bicéfalo: el gráfico y el prosístico. Porque la prosa poética de Chúmez sobrepasa como olas en el dique la destreza de sus collages. Chúmez busca la pureza de líneas clásicas en cada viñeta y escena y tiende a sacarla de su propio marco. Como afirma Melquiades prieto en el prólogo a la antología publicada por Edaf en 2002, el encuadre, la estructura y la composición de cualquiera de los dibujos de Chúmez se ven sometidos a un balanceo entre el peso de las tintas, la perspectiva, el foco temático y la pureza pictórica. la técnica está al servicio de la idea. Todo para ganar contundencia, expresión y grito.

Los años 60 y 70 serán los decenios donde Chúmez alcanza un estilo propio, y al igual que en Valle-Inclán, lo chumyesco se impone sobre el asunto. La realidad aludida se va adelgazando, la genialidad personal se hace más patente. Con el nacimiento de la revista Hermano Lobo que Chúmez impulsa junto a personalidades de la valía de Ángel García Pintado, Manuel Summers o el editor José Ángel Ezcurra, nuestro protagonista hace de grumete la revista más ingeniosa, iconoclasta dentro de lo posible y heterodoxa en las postrimerías del franquismo. Desde esas páginas de alto gramaje se hizo oposición a la tramoya de la esperanza con la un régimen se iba a mutar en otro con piel moderna. Hoy, que España vive una segunda transición política igual de amnésica y posibilista, polarizada en una falsa alternancia, el humor de lo que fue la revista Hermano Lobo es tan actual como en aquellos años entre 1972 y 1976.
Es de celebrar que la editorial Pepitas de calabaza haya publicado Una biografía, una obra de arte rescatada del pernicioso olvido.
Una biografía. Chumy Chúmez. Pepitas de calabaza, 2023. 112 páginas. 27,90 euros.