El parque
Pasear por el parque es entrar en una luz de sugerencias visuales. El cielo de ojos azules parpadea constantemente a través de las membranas movibles de los árboles. Oscila la luminosidad sencillos parlamentos juguetones caminando por los suelos claroscuros. Los pájaros abrazan muchas artes, intervienen con su ciencia politécnica aprendida en la primavera en los asuntos de los paseantes, con sus opiniones peregrinas.
Un aburrido domingo por la tarde los niños chillaban como los propios ángeles, con voces claras y vibrantes. Yo no les veía, los grandes setos los ocultaban. Me acerqué al gran estanque y les vi tirar cosas que no distinguía a las aguas que el surtidor ondulaba: bultos de distinto tamaño. Al acercarme comprobé que eran partes cortadas de cuerpos las que arrojaban a los cisnes. Los padres sacaban de las bolsas de plástico, que habían traído de casa, manos y dedos cortados, brazos y piernas, que en trozos se los daban a los niños. Cuando los cisnes alargaban el cuello y cogían las cabezas que les lanzaban las criaturas, un silencio curioso y tenso se producía. El cuello flexible de los cisnes se hinchaba. Era el momento estrella. Todos aguantábamos la respiración mientras veíamos el bulto tragado descendiendo por sus largos y bellos cuellos.
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Esas moscas
Todas las mañanas, a eso de las ocho, oigo desde mi cuarto a un individua con su voz de pólipos calcáreos en su garganta ronca y fumadora. Lo escucho zumbando en la bocacalle donde empiezan a abrirse los bares. La calle donde vivo está llena de bares. Hay uno que se llama La mona. El individuo espera a que lo abran. Yo le veo dando vueltas a las pilastras de mesas y sillas rojas, rodeadas por cadenas brillantes. Le veo pisando las colillas, las servilletas de papel arrugadas, los restos de cerveza y vino marcados en el suelo por regueros secos. Desde mi ventana su larga barba parece la trompa de una mosca doméstica de verano, chupando restos de pinchos en el suelo. Es una mosca de bar, vestida de negro, de piernas largas y ojos salientes. Todas las mañanas la veo. Yo, otra mosca que revolotea sobre los cristales de la ventana.
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El cambio
Soy un perro detallista. Miro, observo. Minucioso y meticuloso registro los sonidos, la anatomía del hombre que está conmigo. No estoy en mi casa, estoy en la de quien me ha contratado para sacarle a pasear. Cinco euros la hora, eso es lo que cobro. Tres veces al día tengo que ponerle el arnés, coger unas servilletas azules plastificadas, y esperar a que haga sus deposiciones donde mejor le venga en gana.
Ahora está despatarrado. Es muy grande, sin pelo, con el rabo cortado. Sus ojos son como el suelo de madera de la sala, brillantes, de color marrón. Fuera se oye una podadora. Dentro, las voces de unos niños jugando en el piso de arriba. Más arriba el ruido de los motores de un avión.
Tengo que matar el tiempo. Todavía queda mucho para salir al anochecer, y como tengo la conciencia muy despierta me imagino cosas, me doy cuenta de todas las sensaciones que me suscita la quietud del hombre.
Ahora se mueve con la indiferencia de quien no se da cuenta que le miran. Sé que hay una jerarquía de niveles de conciencia, que él posee todas las características de los humanos, y que los de su raza pueden perderla concienzudamente. Sigue arrellanado en el sofá. En su boca hay una profunda respiración, algún que otro respingo. Tiene la cabeza recostada en el espaldar, una papada debajo de su barbilla hincha su cuello, inclinado un poco a la izquierda. Algo se eriza dentro de mí. Convenientemente voy preparando, como una pieza de mis colmillos, el instinto que la domesticación no ha logrado enterrar.
Quiero retrasar el momento en que me lance sobre él. Tiene la cara tan plácida y blanda. Además no me han contratado para verle dormir.
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Calor
En el parque las palomas picotean los pies de los paseantes. Las piernas que mueven sus cuerpos han seguido adelante como grandes muñones semovientes, hacia la sombra de los árboles que los esperan como tutores umbrosos. Al sentarse en los bancos o tumbarse en la hierba miran horrorizados sus piernas disminuidas.
En este momento unas palomas están picoteando unos talones, que el pavimento derretido de los caminos ha arrancado de tobillos y tibias.
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Quería jugar
Una paloma sube por la escalera del largo cuello del surtidor. Sube y sube, en su sencillez e inocencia por los peldaños hasta la copa del tilo. Cuando llega se lanza por el chorro de agua que surge del estanque. En el mismo momento que un niño resbala por un tobogán en el parque.
Hay un repentino cambio de aire. Las gotas pulverizadas se estrellan contra la piedra. La paloma tiene las alas mojadas. Quería jugar y sabe que va a perder la vida. Entonces entona desenfrenadas canciones y sueña con estupros. Ahora flota inerte entre las flores de los magnolios. Una mujer, que le echa migas de pan todas las tardes, llega con su bolsita de plástico. La ve. Y llora mientras la llama: ¡Ofelia! ¡Ofelia!
