Por un largo trance del encuentro, no hubo debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera. La diagnosis era por momentos excesivamente similar. Tan era así, porque dio la sensación que el excaso debate se ciñó a la preocupación de cómo generar más riqueza, sin reflexionar de dónde y por qué; en si complementar la miseria de sueldos en picado imitando la socialdemocracia o el asistencialismo liberal a la americana. Quedó en el tintero qué modelo de estado para un estado como el español en crisis de sacristía y credibilidad. El federalismo nunca descubierto por la izquierda española pero tan mentado, fue expuesto por Rivera con la coherencia neorancia que con tanta naturalidad ofrece: federalismo de una, entera y unida patria. De Iglesias no salió alternativa, evidenciando la fractura que la realidad catalana ha creado en el discurso de Podemos, muy fundamentado en la realidad bipolar política de la metrópoli.
Que el lenguaje de Pablo Iglesias se presentó muy académico responde a las fuentes de las que bebe su argumentario. Sobrevuela la figura de Vicenç Navarro en la propuesta dinamarquiana. Quedó impostada, como una salida de un metro en mitad de la nada. Al no entrar en la fractura social entre empleados y enriquecidos y optar por una «propuesta» a imitar, puso en bandeja rarificar el debate en términos de coste y beneficio: tal propuesta era más cara que la ofrecía Rivera. La vedette de Ciudadanos rompió la linea Maginot del discurso de Podemos y se puso en el espacio centro que ambos partidos piensan que habita la clase media y media casi acomodada.
Con la chasca de taberna, el debate tomó la forma de café sin leche y descafeinado. Los de «abajo» no recibieron mensaje alguno, y la clase media pudo recibir del globo cada vez más engordado Ciudadanos uno más accesible, de posibilidad, de «sí, nos representa». El de Rivera es un hurto de guante blanco: de todos roba algo en su mismo punto fuerte. Al progresismo le ha hurtado una nueva concepción de federalismo de bastón y unidad patria. Al pragmatismo político, una decidida ambigüedad de no prometer nada con la impostura de aparentar coherencia. Al Patrioterismo, le hurta la eficacia de haber luchado en el Flandes de Cataluña y una honestidad de bajo coste. Y del ala más inicuamente liberal que representa el PSOE le ha hurtado un miembro vital, como es el apoyo en Andalucía.
Parece que el nuevo Pablo es Rivera
masivo
