
La prensa literaria liberal, véase la revista Letras Libres, tensa a veces la correa que la adorna a su cuello y que acaba llevándola al lado donde no preferiría ir. Letras Libres es el proyecto de liberalismo intelectual más serio y digno de los últimos decenios. Su ortodoxia escondida acaba coincidiendo con un silogismo tan populista como el de izquierdas de la que abomina. Su diletancia le permite ver las masacres contemporáneas, como la que ocurre en los guetos palestinos bajo tutela israelí, ni siquiera bajo el prisma escandaloso de lo numérico – más 200 muertos, cientos de heridos, 2.000 viviendas destruídas, ni un solo acusado, ni procesado -. El esfuerzo de este liberalismo intelectual se concentra en escandalizarse por el creciente antisemitismo en Occidente. Y se aviene a descifrar por qué la izquierda académica e institucional apoya el antisemitismo defendiendo irresponsablemente a regímenes islamistas, y en consecuencia adheriendose sorprendentemente con la causa palestina.
Es todo un ejercicio de virtuosismo cínico. En realidad es un despliegue retórico sazonado de la equidistancia más perversa: buscar deliberadamente modos de mirar hacia otro lado ante la barbarie, en este caso la que comete Israel con la población palestona. Y cae en una indiferencia terrorífica y atroz como la que la intelectualidad restaba importancia a los pogromos en los guetos que se llevaban a cabo en la Alemania del régimen nacional socialista o en la Rusia zarista y soviética. Esa misma mirada liviana y liberal observa sin el más mínimo espaviento el recuento por cientos de muertos bajo la artillería y la aviación israelí de la población palestina sitiada de Gaza.
Por supuesto, a los liberales de ambas fronteras les rechina la comparación del pueblo palestino a la de los judíos en los guetos de Varsovia o Praga bajo la ocupación alemana. Es para ellos más bien una prueba de la connivencia con el islamismo antisemita que recurre a la misma comparación.
La progresía liberal pro israelí y la élite política, militar y ultrareligiosa que gobierna ese país han recurrido a esa especie de prueba del diablo, según la cual la menor crítica a la ley del talión israelí se convierte en prueba de cargo recurrente: el antisemitismo larvado en Occidente.
La perversión del lenguaje hace tiempo que ha dado paso al descaro que justifica el genocidio. Un ejemplo de los muchos de las últimas horas. En uno de los bombardeos conjuntos de la aviación y artillería, una guardería fue reducida escombros bajo los que aparecieron los cadáveres de varios niños de no más de seis años. El ejército israelí acusó a Hamás de situar una sede cerca de la guardería y de ser la responsable de poner a las criaturas asesinadas en peligro.
Pero la perversión no se detiene ahí. Viene de una concomitancia arrastrada en las últimas décadas. Hoy está consolidada como un mantra tan creido como deleznable. Existe un motivo por el que las decenas, miles o miles de vidas de palestinos aplastadas no tienen importancia o muy poca es que no son personas en tanto que seres humanos que estaban allí en sus hogares y en su tierra. Son terroristas. Están, por tanto, provistas de una naturaleza inferior siquiera a la de los animales que se sacrifican.
Es por ello que los militares israelíes, con buen criterio, afirman que la operación en Gaza acabará con cientos de terroristas. Los cientos de palestinos masacrados por las bombas palestino quedan perfectamente marcados con la etiqueta en el pie de la morgue como asesinos terroristas por su propia naturaleza ad hoc.
Todo esto es de manualillo para quienes hayan estudiado aunque sea superficialmente a un tal Goebbels. Lo sorprendente es que Goebbels tuvo, tiene y tendrá razón en Israel.
El incipiente antisemitismo al que recurre la inteligentsia liberal en favor de la política israelí o para justificarla perniciosamente a posteriori, le hace un flaco favor al pueblo israelí. Este tiene el derecho a vivir en paz en ese lugar del mundo. Y aquí se abre el gran dilema moral. Si el pueblo de Israel tiene derecho a vivir en paz, tiene la obligación moral y política de hacer la paz y otorgarla al pueblo palestino.
No basta con que el pueblo palestino se halle confinado en guetos no solo en Palestina sino en todo el Oriente Próximo donde hubo de huir en una shoah de facto allá en 1948. No basta con que los descendientes de más de dos millones de personas deseen rescuperar las tierras que perdieron tras la ocupación militar israelí hace 73 años. No basta con que hallan cedido incluso esas tierras en aras de acuerdos de paz, como los formados en 1992 en Madrid, que israel dejó deliberadamente en papel mojado.
La prensa liberal que enarbola el derecho indivual sobre todas las cosas acepta la idea apriorística de que un palestino es un terrorista, si no de facto al menos potencial. Se trata de un racismo étnico posmoderno aromatizado por la mala conciencia occidental pero de una sorprendente iniquidad moral e intelectual.