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Los niños que siguen corriendo

Iñigo Elortegi 19 junio, 2026     Comentarios cerrados    

Aquella mañana abrasadora del 8 de junio de 1972, el cielo tenía el color plomizo de los malos presagios. La aldea de Trảng Bàng, a cuarenta kilómetros al noroeste de Saigón, parecía suspendida en una calma engañosa. Entonces apareció un A-1 Skyraider survietnamita y soltó de su panza cuatro bombas de napalm sobre la aldea. En unos segundos, el duro mediodía se volvió noche y el aire sulfuroso se llenó de gritos.

Phan Thị Kim Phúc, de nueve años, tardó demasiado en desprenderse de la ropa que el fuego le había mordido. La piel de su espalda y de su brazo izquierdo estaba descamada. Corría al frente de sus hermanos y de sus primos con los brazos alzados, como si quisiera apartar de su cuerpo todo el cielo de la guerra. No mucho después comprendería que la nube negruzca que dejaba atrás era también la nube de todas las aldeas bombardeadas del mundo.

La fotografía de Phan Thị Kim Phúc, sus hermanos y sus primos detuvo aquel instante. Fue noticia en todo el mundo; después, un premio Pulitzer; más tarde, símbolo; por último, escándalo. La imagen arrebató a Phan Thị Kim Phúc su nombre. Durante años, el mundo solo la conoció como “la niña del napalm”. Sobrevivió a catorce meses de hospital y a diecisiete operaciones.

Más de medio siglo después, se discute quién apretó el disparador de la cámara Pentax que capturó la escena. Esa incertidumbre también forma parte del significado de la fotografía: la guerra destruye cuerpos y lugares, confunde los relatos, y desplaza los nombres.  

Dicen que la primera víctima de la guerra es la verdad. En realidad, las primeras víctimas son los cuerpos de los inocentes. Lo que aquella fotografía distribuida por Associated Press no dice es que en el bombardeo murieron dos primos de Phan Thị Kim Phúc y numerosos aldeanos de Trảng Bàng. El presente sigue encerrado en esa imagen. A esta mismísima hora, en tantos lugares bajo cielos igual de plomizos que el de aquel 8 de junio, hay niños corriendo por otras carreteras, gritando con una sordina pavorosa en medio de una realidad absurda.

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Autor:  Iñigo Elortegi

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