
Manhattan Transfer parece, y es, una novela sobre Nueva York. Pero también sobre nuestro tiempo que utiliza seres humanos y, cuando ya no sirven, los tritura como escoria productiva. John Dos Passos narra al mismo tiempo una ciudad y un proceso. Y mucho más. Entrando sutilmente en la vida de sus personajes retrata la nuestra de hoy.
Una constante tensión palpita en la novela al leerla: la opulencia e incluso la simple prosperidad pueden significar la más miserable infelicidad; la pobreza es una forma de extinción a cuenta gotas.
Lo magnífico es que esta novela deslumbrante tiene cien años. Está escrita en 1925.
El personaje de Jimmy Herf, quizá alter ego del autor, encarna la conciencia herida del libro. Mira la ciudad con fascinación y náusea. Quiere integrarse y al mismo tiempo odia el precio que sospecha habrá de pagar. tiene una aspiración más humana. Periodista, observador, marginal, ve lo que hay detrás del decorado: el deseo estandarizado, la vulgaridad del éxito, la manera en que la ciudad disuelve las convicciones.
Ellen Thatcher simboliza la superficialidad de la vida social. George Baldwin, abogado trepador, representa la alianza entre el éxito profesional y el vacío interior. Bud Korpenning, recién llegado, deambulando por una ciudad que más que recibirle lo devora. Su extravío no es solo individual: es el destino del hombre desprovisto de función útil en una metrópoli que solo reconoce al que produce, vende o escala.
A través del mundo de oficinas, noticias, fiestas, negocios y conversaciones gastadas que describe Dos Passos, asistimos no solo a la alienación de un individuo, sino a descubrir que el sistema entero se alimenta de impedir una vida con forma. En esto Manhattan Transfer es ferozmente actual: anticipa una sociedad donde la sobreexcitación, la velocidad y el ruido funcionan como técnicas de sometimiento. El ciudadano ideal no es el que piensa, sino el que circula.
Dos Passos muestra que, en una civilización regida por el beneficio, el más adaptado suele ser al mismo tiempo el más lisiado.
Manhattan Transfer importa hoy porque muestra algo que nuestra sociedad industrial y comercial ha perfeccionado: la experiencia humana convertida en transacción y rendimiento. El trabajo, el amor, el matrimonio, la amistad e incluso la identidad son meras mercancías. Todo se intercambia. Todo cotiza.
Dos Passos lo plasma, en un modo parecido al El Quijote, mediante atmósferas: oficinas, bares, redacciones, hoteles, teatros, muelles, pisos de alquiler, calles donde el humo, la prisa y los neones publicitarios convierten la ciudad en todo un organismo.
Al igual que en la novela de Cervantes, en las escenas de Manhattan Transfer se desarrolla la lucidez moral de la novela.
La estructura fragmentaria de la novela no es un capricho modernista de Dos Passos: ese collage roto es la forma adecuada para una civilización fragmentada. Los cortes bruscos, los cambios de foco, los pequeños episodios que se interrumpen, la sensación de simultaneidad, reproducen la lógica misma de la ciudad comercial y alocada.
La grandeza del libro no reside solo en su denuncia. No hay sermones ni juicios. El aire moral entra por los ojos del lector sin filtros.
Por eso su importancia para la sociedad de hoy es tan nítida. Seguimos dejando que la ciudad, la empresa, el mercado o las redes definan el valor de la existencia.
Manhattan Transfer permanece ante nuestros ojos porque Dos Passos entendió antes que muchos que la modernidad urbana no era solo progreso técnico, sino una mutación antropológica.
La respuesta que ofrece Dos Passos es inquietante: seres veloces, ambiciosos, excitados, solitarios, intercambiables. Es decir, iguales a nosotros.