No hace falta conocer la dirección del caserío donde vive Mateo Balbuena. Es difícil llegar con un plano; solo cabe preguntar. Todo el mundo en Amurrio conoce a Mateo Balbuena. En este Macondo rural de Alava, y a sus 103 años es todo un personaje para los lugareños. Me han dicho que podía encontrarlo segando el campo, o dando uno de sus paseos; que grite al llamar porque al poner la televisión muy alta pudiera no oirnos. Lúcido en un tiempo de pocas luces, Mateo «participó» en la revolución de 1934 en Asturias que en nombre de la república abortara a sangre y fuego Francisco Franco. El levantamiento del 36 lo llevó a las milicias comunistas en la defensa de Bilbao. La suya es la voz de un siglo, de un digno derrotado que tiene recién publicado el último de su docena de libros. Una revolución, dos guerras, una de ellas mundial, una dictadura, una democracia y un falso periodo actual de cambio desde la izquierda Podemita que Mateo con sonrisa de barricada rota dice no ver por lado alguno. Este mohicano comunista ha revisado ideas, apartado dogmas que dudo tuviera, y enarbola la necesidad de la emancipación de las personas que trabajan. En su heterodoxo lenguaje, la gente, o las masas como él las define, tiene que «pensar para sí, desde si misma», «tomar conciencia». Porque en el paso del siglo de Mateo a nuestro siglo, algo se ha perdido sin duda.
El aldabonazo insureccional de 1934 pilló a Mateo en una de las principales calles de Gijón. Se ve allí ahora mismo, recibiendo aquel 5 de octubre la noticia, esperada como la lluvia en época de siembra. Pronto le mandan organizar las juventudes marxistas unificadas, asegurar lugares estratégicos, vigilar el cuartel militar. A los comunistas les llegaba información proveniente de los militares; tenían un infiltrado
– Y los militares lo sabían
Dice sonriendo. La revuelta que nació con el repiqueteo en las cuencas mineras se extendió no con mucha pólvora a las ciudades asturianas, bastiones conservadores.
– Fue una demostración de Largo Caballero, un poco improvisada.
Entre sonrisas recuerda aquella improvisación que se convirtió en una mascarada que él tan joven sintió. Eran los socialistas y los comunistas los que pusieron el músculo de la insurección. Lo que pensaran los dirigentes en sus improvisadas teorías políticas a corto plazo, poco tenía que ver con lo que Mateo y los suyos, aún imbuidos de cierta disciplina, pensaran del fin de aquella insurrección. La afrenta subversiva era de magnitudes descomunales.Un david contra dos goliats: la vetusta oligarquía asturiana atrincherada en las urbes, y una república, con el ejército de su parte, que ya pensaba en la reforma sino en una forma de orden y paso lento, tan lento que iba a contratiempo de las imperiosas necesidades.
– Pues claro que la represión fue terrible. Terrible.
Fija su mirada en mi, sin extrañarle lo que a mí sí: la brutalidad de una república que ya había dado pruebas en la masacre de Casas Viejas un año antes. Mateo salvó el pellejo; otros perecieron en las cunetas cercanas a las minas donde se atrincheraron o en los cuartelillos abastecidos por las tropas de Francisco Franco. También sobreviviría Largo Caballero, que llegaría a ser presidente del gobierno de la República tres años más tarde.
El último libro escrito por Mateo es La sumisión de las masas. El título me recuerda a La rebelión de las masas de Ortega y Gasset. La diferencia de los dos conceptos ya indica por dónde va la lectura. Me sentí familiarizada cuando en la Introducción de su libro, Balbuena hace alusión a la obra de Ortega y su teoría de la vida humana, que es individual ante el hecho de la convivencia. Cuando el Ortega elitista menciona la sociedad, ésta no está tratada sobre una división de clases sociales sino de clases de hombres. Solo entiende la rebelión y el triunfo de las masas en el sentido de que estas han aumentado su nivel de consumo y por tanto su nivel social. Balbuena está más en la línea de Bergson: conocimiento y comprensión mediante una intuición inmediata y directa de las cosas, mediante una conciencia de ellas que afecta a su posición y le obliga a determinarse en actos puestos al servicio de una realidad que quiere construir y se la están arrebatando. Frente a esta dirección pone su empuje interno contra la representación intelectual de la inevitabilidad. Es el “darse cuenta” del que me habla en su salón lleno de libros.
Mateo luce una tez lechosa, pienso que de las horas en sus estudio escribiendo, una mirada azulada y crisitalina. Es joven al comparar su aspecto con el de un hombre que tiene 103 años. Apoyado en su bastón se muestra tan activo como me predijeron que era, y me lleva por los diferentes salones del caserío argumentando el final del ciclo del capitalismo.
Sostiene Mateo que la conciencia natural se dirige hacia una conciencia social que el capitalismo rompe, en contra de la evolución histórica de la sociedad. Irrumpe contra natura y en consecuencia nace el capitalismo como un sistema con fecha de caducidad.
Explica Mateo la historia del peso de los integrantes de los gremios, anterior a la deshumanización que provó la Revolución Industrial: se perdieron las relaciones entre los integrantes de los estamentos gremiales. A pesar de que las fuerzas del trabajo son casi el noventa por ciento de la población activa en Occidente, no obstante carecen de conciencia social «para sí». La rebeldía innata que los pensadores del siglo XIX endosaron al proletariado industrial ha sido un fiasco. Incluso al comienzo de los años veinte, Lenin hubo de reconocer la impotencia de las fuerzas sociales para reconstruir la sociedad en disolución sobre bases nuevas. Lenin quitó a los comités la representación colectiva de los obreros en las escuálidas empresas y dio la dirección a un enviado del poder político, que solo respondía ante las autoridades que lo nombraron.
– La individualidad podría desplegar potencialidades personales realizándose en el escenario social
Sentencia en ese su argot. Mateo reflexiona sobre lo que está pasando en la España post-electoral. No ve nada nuevo en el fenómeno de Podemos. Critica más la obsesión o su esencia emocional, tras la cual no ve una propuesta meridianamente coherente de cambio. Y vé más contrasentido, porque el estado del bienestar es ya un concepto vencido, y las referencias de Podemos a recuperarlo, le resultan a Mateo una ironía.
– Proclamarse anticapitalista sin definir cual será el sistema sustituto es de soñadores sin sentido.
Sentencia Mateo, con esa sonrisa siempre constante. Tiene claro cual es su sistema: el comunismo. Exento de papanatismo, es el último mohicano comunista.
