Apostaron los tres totems occidentales por el status quo y el barco en cuya cubierta saludaban los pasajeros del orden establecido se hundió la noche del 27 de septiembre. En La Moncloa, un señor presidente se ha convertido en un personaje de García Márquez con su soledad en un salón repleto de platos y vasos y cartillas de nacionalidad, repitiendo a su corifeo de ujieres una única y gastada palabra: España. Los consejeros reales y no reales ven a Cataluña como la Cuba del XIX, y en las tierras catalanas consideradas como poco menos que una colonia de la metrópoli cañí, crece un cambio que no se fundamenta en personajes como Mas o Menos, sino en un modo de sentir y en el que ha puesto sus ojos buena parte de Europa y el mundo.
Son numerosos los náufragos. Se puede afirmar que hubo un hundimiento múltiple de titanics esa misma noche del 27 de septiembre. Y el auxilio se antoja imposible para muchos de ellos. Porque el naufragio parece acabar de empezar. Los primeros en saltar a los botes salvavidas son los esmerados miembros de la casta política que llevan un tiempo ganándose el sueldo sudando las tierras catalanas para con igual dosis de esperpento, manipulación y amenaza de las plagas de Egipto, pretendieron que el miedo frenase la acción. No lo consiguieron, aunque lograron mitigar los datos de la hecatombe. Los progresistas partidarios de la integración catalana en España, PSOE y Podemos, hacen virtud de su escasez: mientras que el primero ya ni lo menciona, el segundo recurre al federalismo como una vía de escapar a la incomodidad de los tiempos. Porque en Cataluña se dirimen de aquí en adelante dos cuestiones: ¿se tiene que vivir en Cataluña con los mitos de una nación española que desata su caja de los truenos? ¿Se puede vivir diferente? El simplismo de los medios y el de los políticos convertidos en vedettes mediáticos escamoteó el debate. Aunque este se lleva dando desde hace mucho tiempo en Cataluña, y de manera tan evidente que hasta Artur Mas tuvo que sumarse a él. El hecho se resume en su misma complejidad: miles y miles de catalanes en absoluto nacionalistas abogan por una posible o deseable independencia.
En los términos campales en los que la metrópoli plantea las desavenencias con las provincias, sólo hay espacio para la obediencia o la rendición. Y parece ser esto mismo lo que viene rompiendo España con una creciente y competente eficacia. Hoy más que nunca, España se muestra no como un país, sino como un Estado. Y un Estado a veces tan fuera de lugar y época. Gran Bretaña, con sus conflictos territoriales, se aparece al lado de España como el paradigma de la modernidad y el entendimiento.
Arur Mas tendrá que bajarse de un caballo prestado, el de la movilización en urbes y pueblos, calles y barrios. Sin él, ese caballo tiene fuerza y camino para rato, o hasta la meta final, quizá. Porque tras los resultados del 27 de septiembre, parece que hay una cosa más clara: no era un plebiscito, sino un punto de reunión para seguir un camino.
