En el periódico miro una foto de Christine Lagarde, la veo más como una diosa de la melanina que como gerente del FMI. Bronceada ella. Algunos leen sus declaraciones como campanadas de regocijo y otros como cañonazos. Yo que soy de los últimos, no puedo dejar de observar, cerrando el periódico, a las viejas que toman el sol entre la pared del Club Marítimo y las escolleras de la playita de Las Arenas. Siempre que sale un rayo de sol un poco terco en mantenerse filón entre las nubes, allí están ellas. Las he visto en invierno. Tienen el mismo color tostado que la que habla de Productos Interiores Brutos, turbulencias financieras y riesgos de estancamiento; pero claro, por los músculos escarolados de las mejillas de las viejitas salen otros soplos en voz. Mientras un hombre silba en la ducha y se quita la arena de los pies.
Y es que no solo la muerte nos uniforma, también el bronceado que nos tuesta a todos con la misma alegre igualdad de clase.
No puedo dejar de mirar a las viejitas con ternura, actitud restablecida gracias al buen tiempo que se adjetiva por la brisa que corre sobre mis ojos abiertos y mi boca cerrada. La ternura es un afecto de mayor volatilidad que las finanzas y las inversiones. Yo la elaboro con la cualidad dulce de una mañana, mientras las veo desplegar por sus cuerpos aceites protectores tan volátiles como la recuperación cíclica de la economía.
Entre tanto me temo que mi cara empieza a parecerse a un semillero de betacaroteno.
