
¡Oh, sería maravilloso ver que pueden enfadarse!
Era 1926 cuando Hemingway escribió “Fiesta”, las mesas de las terrazas parisinas de los bares ocupaban toda la acera; ¡bueno!, me digo con la novela en la mano, ¡esto no es nuevo!, y contengo mi impulso de dar una patada a las sillas y un fuerte empujón a una mesa que impide el paso.
¡Oh, qué maravilloso es ver que uno puede enfadarse!, cuando la pasividad domina la actitud de la gente, esa que les pone cara de vacas rumiantes echando tragos del abrevadero.
Y como no quiero abreviar, otra cosa que me saca de quicio es cuando paso por una placita que tiene el encanto de las de antes: suelo empedrado, fuente de hierro forjado con adornos, un gran roble de sombrero de ala ancha y.… como no podía ser perfecta, un seto podado con una ridícula forma piramidal; además, seis bancos de tiras de madera necesitados de un barniz reparador. Pues todo ello está ocupado por las sillas y mesas de un bar. En uno de los parterres, hincado, un letrero indica que: El jardín es de todos, ¡respétalo! Al lado puse otro del mismo tamaño: La placita es de todos. ¡No dejes que se la apropien! Como al de pocos días desapareció, ahora me siento en alguno de los bancos deseando que el camarero me diga algo. Hasta el momento no ha ocurrido. Hoy me he sentado en un banco delante de una mesa, donde una joven tomaba un café y tenía un ordenador portátil cerrado; me ha mirado como si entendiera y comprendiera mi acción. Me ha gustado su mirada, sé apreciar las cosas bonitas, bellas e inteligentes. No dijo nada, pero yo la oí hablar tan claro que daba gusto.
Ayer escuché en la radio a unos pacientes de ambulatorio. Les pusieron el micrófono en la boca preguntándoles sobre la semana de huelga que los médicos efectúan desde hace meses.
– Yo tenía consulta con el oftalmólogo y no ha venido- dijo uno; así, serena y descriptivamente, sin ninguna indignación.
– A mí ayer me llamaron por teléfono para confirmar la cita, y hoy no había nadie en la consulta – dijo una señora resignada.
Cómo es posible que no aprovechen esa oportunidad para soltar un rosario de improperios. Estoy pensando en ponerme delante de la entrada de mi ambulatorio y regalar a la gente un diccionario soez de uso cotidiano.
En diciembre de 2010 los controladores aéreos hicieron huelga. El gobierno declaró el estado de alarma y fueron acusados de sedición y de abandono de cargo público, militarizando las torres de control. Servicio esencial, les declararon. La huelga duró 43 días.
Los médicos quieren un reglamento-marco propio que les saque del régimen general de la Seguridad Social. Amenazan con la huelga indefinida después del verano. Entre otras cosas afirman que están estresados, demasiada carga de trabajo. Según el sindicato médico colegiado, cerca del 40% compatibiliza su trabajo en la pública con la privada. En Osakidetza, solo son 6,5%.
Permitidme una declaración de intenciones: les declaro servicio esencial, incompatible con el derecho a la huelga. Lo dice uno que fue sindicalista militante.
Quizá tenga que mirármelo, cada vez me encuentro más rodeado de estímulos beligerantes. A ver si a mi especialista sanitario en sensibilidades patológicas le encuentro recibiéndome con uniforme militar. Le pincharé una medalla en su sufrido pecho en honor al código hipocrático.