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Pedro Lemebel: una poeta imparable

Iñigo Elortegi 22 julio, 2025     Comment Closed    

Pedro Lemebel.

Pedro Lemebel (Santiago, 1952-2015) fue una de las más brillantes cronistas del Chile dolido, ensangrentado, hambriento y desapareciente. Su prosa barroca y afilada, dialectal, se torna de la misma violencia de la que se envenenan sus ojos. Su sensualidad a contracorriente hace de vela mayor en la barca de sus temas. Lemebel no está en el canon del post boom latinoamericano, como si fue incluido su compatriota y admirador Roberto Bolaño. La recopilación de crónicas que la editorial Las afueras reunió de Lemebel en Poco hombre, publicada en 2022, es un templo de la literatura del siglo XXI.

Lemebel saca punta en la inagotable porfía que reflotaba – ¿Aún hoy? – el sueño libertario en los días de la negociada transición en Chile. De todo aquello, escribe, quedaron restos de fogatas y fantasmales ecos que todavía resuenan en las manifestaciones callejeras del descontento. En esos gritos, añade, en esas consignas amortiguadas por el apaleo de la “repre democrática” es en el único lugar donde la dignidad de la memoria anida inagotable. Lemebel mira en todas direcciones. Porque en Chile desaparecieron muchas cosas después de desaparecer muchas personas. “Por desgracia hoy esas figuras políticas, entonces de izquierda, en el traslado de estación se renovaron el pelaje. Las mismas que en el acomodo parlamentario se deshacen del ayer como si cambiaran de termo”.

Esta metamorfosis nacional de la democracia caricaturiza a esos líderes, intelectuales, los desinfla “en la blanda papada de la negociada reconciliación”.

Y si el pasado y el futuro son presente en el río arterial de los pueblos, la prosa de Lemebel es hematíe vivificante. Hay una viva sensualidad poética que más percibo cuanto más releo a Lemebel, que al fin he reconocido o asociado con Reinaldo Arenas. Qué mal le sentaban a la izquierda revolucionaria los márgenes donde transitaban Reinaldo y Pedro, y las locas clandestinas a las que Lemebel ofrece voz y memoria en sus crónicas del Santiago pre y post allendista. La ortodoxia varonil, el poder milico después, la tramoya reconciliadora y el sida más tarde, dejaron sus cuerpos en la cuneta de un tiempo que Lemebel se empeña no se escurra por el desagüe del cinismo nacional.

Lemebel escribe en La Mesa de diálogo (o el mantel blanco de una oscura negociación): la palabra impunidad, aunque no se diga, se asoma y juguetea en la boca irónica de los generales. Es más, la palabra impunidad, aunque no se diga, es la única que resuena en los ecos de este diálogo conciliador. Alguna mano nerviosa derrama una copa y mancha con unas gotas espesas el albo mantel. Otra mano de botamanga con galones alcanza un canapé y mordisquea su sabor a cadáver descompuesto. Y afuera, en la calle, frente al palacio presidencial, las caras de los desaparecidos en los carteles borrosos que los familiares sujetan en el corazón. Y son esas fotos lo único que de ellos quedó, lo único que los hace presentes al margen de ese vomitivo cenáculo. Tal vez en la calle, de cara al sol que ilumina sus extintos rostros, es en el único sitio donde pueden estar más vivos, tan frontales como una proclama ética que desvela el punto final buscado en este acuerdo».

“Podría escribir clarito, sin tantos recovecos ni remolinos. Podría escribir casi telegráfico para la globa y para la homologación simétrica de las lenguas arrodilladas al inglés. Podría escribir sin lengua, como un conductor de la CNN, sin aliento ni sal. Pero tengo la lengua salada y las vocales me cantan en vez de educar. Podría escribir con las piernas juntas, con las nalgas apretadas, con un pujo sufí y una economía oriental del idioma. Podría guardarme la ira y la rabia emplumada de mis imágenes, la violencia devuelta a la violencia y dormir tranquilo con mi novelería cursi. Pudiste ser otro, me dijeron los maestros con sus babas mojándoles los pelos de profetas. A pesar de todo aprendí, pero la tristeza caía sobre mí como un manto culto. No fui cantor, les repito, pero al música fue el único tecnicolor de mi biografía descompuesta.”

Pisagua en puntas de pie

Y recién hoy, cuando el país saltó del futuro con una mochila cargada de cadáveres que gotean la senda de su reconciliado desarrollo. Cuando los días de espanto parecieran haberse evaporado y queda en el ayer la aureola menstruada de aquel tiempo. Noches de allanamientos, mañanas con camiones verde olivo en la puerta, esperando pasajeros en viaje de relegación. Hacia el sur, hasta una isla perdida en el mapa. Hacia el norte, hasta alguna oficina salitrera implementada como campo de concentración. Y ahí, en ese momento de abandonar el pasado, la vida familiar y la casa, con los milicos urgiendo la partida, que histéricos no sabían qué echar en la maleta del destierro. Agarrando el abrigo, la bufanda y la parka por si hace frío. Que, José, no se te olviden los remedios. Que, Carmen, las jeringas de la insulina para la diabetes. Tampoco los calzoncillos, calcetines, toallas higiénicas para esa niña-mujer detenida en el colegio. Y en el apuro, sin saber destino ni futuro, era difícil adivinar qué llevar en el equipaje del destierro. Sobre todo, si solamente se disponía de unos momentos, presionado por los gritos y empujones de los soldados amontonando izquierdistas bajo la lona verde sin esperanzas del blindado camión.

La mañana cuando vinieron a buscar a Gastón, su casa era un revoltijo de ropas y bultos que armaban y desarmaban las manos colifloras del bailarín y coreógrafo. Fotografías, maquillajes, mallas strech y zapatillas de ballet regaban el piso, mientras él, un artista de la danza que había puesto su corazón en puntas de pie para apoyar el sueño allendista, cogía una manta, desechaba un pijama de seda, elegía un chaleco, dudaba tomando unas camisas sport, guardaba unas botas con taco, se le caía un cepillo, al tiempo que dos milicos impacientes lo apuraban con el dedo del gatillo. ¿Usted sabe dónde nos van a llevar?, preguntó Gastón, arqueando su ceja depilada. Es un secreto militar que no se lo puedo decir. Y apúrese que tenemos poco tiempo, murmuró el conscripto casi ladrando. Pero yo tengo que saber si es el norte o el sur; si hace frío o calor, para ver qué ropa llevo. Creo que usted va a al norte, le dijo cortante el soldado. ¿Pero a qué parte del norte?, ¿playa o cordillera? Parece que a Pisagua. Eso es playa, arena, mar y sol, pensó Gastón, agarrando a la pasada su traje de baño y una toalla.

Y en esas largas tardes de campo de concentración, frente al mar de Pisagua, mientras los compañeros se juntaban en largas reuniones políticas donde él no era invitado, mientras el resto de los prisioneros tallaban artesanías o escribían poemas de lucha y resistencia a escondidas de los guardias. Cuando el sol amarillo contrastaba con el azul turquesa de las olas, a la distancia, enmarcado por las alambradas de púas, la figura en zunga de Gastón tomando el sol en su toalla naranja era casi un comercial de bronceador en ese paisaje de aislamiento y muerte.

Sin duda era una rara contradicción la imagen somnolienta del bailarín doblemente renegado en su metro de arena, exilio, alambrada y torres de vigilancia, donde los guardias se burlaban de su frívolo veraneo en esa cárcel a cielo abierto. Pero en realidad era Gastón el que burlaba la depresión y la gravedad de aquel confinamiento. Era la única manera de huir de allí, aunque fuera bronceándose mariconamente en el mismo territorio que luego se trasformaría en las fosas del norte.

No podía ser tan maricón, Gastón. Aquí está en un campo de concentración, güevón, no en la paya de Río de Janeiro, le recriminaban con dureza sus compañeros de partido. ¿Y qué iba a hacer yo, si ellos se la pasaban en reuniones y más reuniones y había un sol tan lindo a la orilla del mar?

 A veces las minorías elaboran otras formas de desacato usando como arma la aparente superficialidad. Gastón, dorándose en su toalla playera, escapaba de ese patio de tormento, como si su loca irreverencia transformara la toalla en un tapiz volador, en una alfombra mágica que levitara sobre las rejas, flotando más allá de las armas de los guardias, elevándose imaginariamente sobre ese campo del horror.

Es posible que alguno de los prisioneros que lograron salir de allí con vida aún recuerden la mañana cuando a Gastón le llegó el salvoconducto para salir de ese encierro, y luego partir al exilio en algún país europeo. Gastón, con su sonrisa de par en par, dobló cuidadosamente la toalla, guardó el traje de baño y respiró hondo, tragándose todo el aire, como si quisiera borrar de un suspiro la atmósfera macabra de aquel sitio. Después se despidió de todos sus compañeros y caminando en puntas de pie, cruzó las púas de la entrada. Y con su bronceado tropical desapareció en la polvareda del camino sin mirar atrás.

Poco hombre. Pedro Lemebel. Las afueras editorial, 2022. 344 páginas. 21 euros.

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Autor: Iñigo Elortegi

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