Comenzar este comentario diciendo que la imagen, a través de la televisión, medios de comunicación e internet, lo domina todo, es una obviedad imperdonable.
Comparar esa omnipresencia en el ambiente urbano con los objetos más brillantes del universo, los caúsares, puede resultar poético.
Intentar reproducir las dimensiones de este universo, proponiendo un análisis crítico de nuestro entorno visual, produce vértigo. Y esto es lo que hace Antón Patiño, ensayista, poeta y artista visual que lleva años investigando acerca de una teoría de la mirada. Leyendo este libro nos apropiamos de su base de sustentación, para componer esa «resistencia creativa de la mirada» que hace saber el subtítulo.
«Todas las pantallas encendidas» es el acertado enunciado que distingue y separa, da a conocer los engranajes de la maquinaria audiovisual; entendiendo esta como uno de los dientes del poder o como el ojo del cíclope que arroja, desde cualquier ventana de cualquier ciudad, sus parpadeantes colores e imágenes a gran velocidad sobre los inmóviles espectadores. Ahí estamos, expectantes y distraídos, siguiendo el verde cesped de los campos de fútbol o los programas de entretenimiento, donde los sentimientos se hacen vendibles espectáculos. Inmenso es el poder gravitatorio de esas pantallas planas que se escupen materia acelerada.
«Vivimos inmersos en una excitada visualidad hegemónica (…) que postula un régimen de la mirada», escribe Patiño en la línea de la cita de Karl Kraus que abre el primer capítulo: ¡ Tienen la prensa, tienen la bolsa, y ahora tienen también el subconsciente!
Y es que en medio del ruido-ambiente, hoy estamos anegados de cantidades ingentes de palabras y de imágenes. La publicidad ha impregnado cada poro de nuestro mundo. Auténtico mantra del consumo. El cuerpo no tiene un segundo de descanso frente a la avalancha de señuelos y reclamos de todo tipo. Los medios de comunicación de masas y los debates en las redes sociales se han erigido en el espacio decisivo de lo político. El poder es hoy seducción y colonización del deseo. En el capitalismo tardío la sobreinformación lleva al embotamiento perceptivo.
El miedo también es el mensaje.
Anuncios comerciales, entretenimiento y miedo son las tres puntas del tridente. En la sociedd de alto riesgo, el miedo posee un carácter de «inseguridad fabricada», otros son los terrorismos, no el de la especulación financiera, el terrorismo económico no existe, nos dicen desde los chorros hiperluminosos de las cadenas de televisión.
Pero el caúsar que envía la luz alberga en su interior un agujero negro. Ofrece información espectáculo, entretenimiento, como una sopa caliente de partículas a gran velocidad que configuran conceptos polarizados en el mismo plato. El placer y el miedo se unen con la amalgama de la publicidad en los programas catódicos, En ellos pasamos de la más frenética felicidad cosificada, «Aunque usted no lo sepa está deseando un Mercedes», al principio de realidad convocada en las crónicas del telediario como permanente catástrofe espectacular.
Ante las pantallas encendidas y los espectadores cautivos, Anton Patiño nos propone espacios de libertad a nuestro alcance. Apagar la televisión y crear espacios de vacío y soledad a partir de los cuales podemos llegar a tener algo que decir, es uno de ellos.