
Al comenzar había sacado del bolsillo la pantalla portátil. Había salido a pasear por el Campo Volantín con su hijo, pequeño como un hongo, que por alguna razón mágica se desplazaba a su lado muy formal, agarrado a la mano de su madre.
El Campo Volantín es largo y lleva parterres prorrogados, como si quisiera atenuar la combustión de los coches que circulan por el otro lado. Parterres con margaritas y prímulas y fila de plátanos. Los perros tienen más váteres públicos que los transeúntes. Los perros mean en la base de los árboles cada quince o veinte metros. La madre no ha levantado la cerviz de la pantalla móvil. Ahora el niño va unos pasos detrás de ella. Empieza a sollozar discretamente ¡snif, snif!, y pide agua. Las únicas que le hacen caso son las ratas con alas que picotean el suelo y levantan el cuello hacia él. ¡Buaaa, buaaa!, quiero agua, buaaa, buaaa, o me tiro al agua. El Campo Volantín está flanqueado por la ría, que sube la marea del mar hasta que la ciudad es arrabal. ¡ Quiero agua o me tiro al agua! Su lloriqueo es un vuelo vigoroso y sostenido . La madre no tiene a su niño de la mano. La mano de la madre posee una luz que hace su labor de costura para coser a ella la aplicación que mira y pespunta su atención.
El niño se tira al agua; primero flota como una bolsa de plástico, luego se hunde. La madre reacciona ante el griterío de la gente, ¡mi niño, mi niño! Le sale un grito acusativo y direccional. Murmura algo a la pantalla móvil y su lloro empapa todo su cuerpo. Llora desconsolada, lívida y pálida al fulgor del atardecer reflejado en el agua. No puede contener las lágrimas. La madre. Dos lanchas de bomberos van y vienen por el reflejo de plata.