
¿Mi reloj está parado? No. Pero las agujas no dan la sensación de girar. No mirarlas, pensar en otra cosa, en cualquier coa en este día detrás de mí, tranquilo y cotidiano, a pesar de la agitación de la espera.
Enternecimiento del despertar. André estaba acurrucado en la cama, los ojos cubiertos con una venda, la mano apoyada en la pared, con gesto infantil, como si en la confusión del sueño hubiera necesitado experimentar la solidez del mundo. Me he sentado al borde de la cama, he apoyado la mano sobre su hombro. Se ha arrancado la venda, una sonrisa se ha dibujado en su rostro atolondrado.
– Son las ocho.
He instalado en la biblioteca la bandeja del desayuno, he tomado un libro recibido la víspera y ya a medias hojeado. ¡Qué fastidio tomar esas cantinelas sobre la incomunicación! Si uno quiere comunicarse, generalmente se logra. No con todo el mundo, ciertamente, pero sí con dos o tres personas. A veces oculto a André caprichos, nostalgias, inquietudes menores, sin duda él también tiene sus pequeños secretos, pero a grandes rasgos no ignoramos nada el uno del otro. He servido en las tazas, té de China muy caliente, muy cargado. Lo hemos bebido revisando nuestro correo; el sol de julio entraba a raudales por el cuarto ¿Cuántas veces nos habíamos sentado frente a frente ante esta medita, delante de las tazas de té muy cargado, muy caliente? Y otra vez mañana, dentro de un año, dentro de diez años… este instante tenía la dulzura de un recuerdo y la alegría de su promesa. ¿Teníamos treinta años o sesenta? Los cabellos de André han encanecido prematuramente: en otra época, esa nieve que realza la frescura mate de su piel parecía una coquetería. Sigue siendo una coquetería. La piel se ha endurecido y agrietado, viejo cuero, pero la sonrisa de la boca y de los ojos ha conservado la luz. A pesar de los desmentidos del álbum de fotografías, su imagen juvenil concuerda con su rostro de hoy: mi mirada no le conoce edad. Una larga vida con risas, lágrimas, cóleras, abrazos, confesiones, silencios, impulsos, y a veces parece que el tiempo no hubiera pasado. El porvenir todavía se extiende hasta el infinito. Se ha levantado.
– Buena suerte con el trabajo – me ha dicho.
– Tú también: buen trabajo.
No ha contestado. En esa clase de búsqueda, forzosamente hay periodos en los cuales no se adelanta; se resigna a eso con menos facilidad que antes.
He abierto la ventana. París olía a asfalto y a tormenta, abrumado por el pesado calor del verano. He seguido a André con la mirada. Es quizá durante esos instantes, cuando lo veo alejarse, en los que para mi existe con la más trastornadora evidencia; la alta silueta se empequeñece, dibujando a cada paso el camino de su regreso; desaparece, la calle parece vacía, pero en realidad se trata de un campo de fuerzas que lo conducirá otra vez hacia mi como a su sitio natural; esta certidumbre me conmueve aún más que su presencia.
Simón de Beauvoir. La mujer rota. Traducción de Dolores Sierra y N. Sánchez.
En su relato La edad de la discreción, incluido en el libro La mujer rota, Simone de Beauvoir desremienda las costuras de lo cotidiano. El tiempo y sus descargas en la protagonista sin nombre y con casi sesenta años en su umbral; la rígida voz interior de la coherencia haciendo las veces de profundo comisario; el ser y la mujer cuya creación compartida, su hijo Philippe, abandona las coordenadas políticas durante años contempladas con gratificante benevolencia por la madre protagonista; la existencia y la gratitud anegadas por una tormenta de rechazos e incomunicación. Las certezas han apuntalado un frágil caparazón que tenía como fin un deliberado intento de no hacer frente a lo imprevisible de la vida. Se espera de una mujer de casi 60 años que su cuerpo esconda los derroteros que va tomando. Se espera lo otro y lo de más acá. Lo espera ella antes de que lo perciban los demás. Mientras que André, la pareja de la protagonista, parece haber adoptado una indulgente aceptación de su declive intelectual, la protagonista sublima el rechazo general a su último libro como la ventana oculta que no había abierto hacia sí misma. En los frentes recién abiertos en su vida – el rechazo de su hijo Philippe, la actitud pusilánime de André, las críticas recientes a su trabajo, las traiciones de André e hijo al no romper relaciones ellos como lo hace ella con Philippe – aparecen dibujados perfectamente los rayos de la tormenta, clichés autoimpuestos. Solo la comunicación, como prevé la protagonista al principio del relato, puede hacer de bisturí salvador. El sutilísimo salvoconducto que Simone de Beauvoir ofrece a su protagonista es toda una exposición de motivos acerca de la liberación de la mujer en tanto que ser existente. Este existencialismo puede que no sea más que un género literario. Pero puede que la filosofía en su conjunto también lo sea. No hay nada de malo en que así sea, sino todo lo contrario. Al contrario de lo que sucede en nuestros días y en los supermercados de ideas envasadas avant la lettre, sostenibles, de género y a buen precio, muchas de saldo.
El legado de Simone de Beauvoir no está, por supuesto, en los supermercados sino en los trasteros de los museos. Conviene que la releamos, y para quienes nunca lo han hecho, que se adentren en la sutileza y astringencia, como la del té chino caliente y muy cargado, de su sentido transigente. Leyendo nos hacemos.



